DIDASKALOS

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domingo, 24 de noviembre de 2013

La desgracia de ser griego


Nikos Dimou (Atenas 1935) es un polifacético escritor, periodista y publicista griego, autor de novelas, ensayos y libros de poesía, columnista habitual de diversos medios, y pionero en la televisión griega de los programas de debate y entrevistas. Una de sus obras más conocidas es La desgracia de ser griego (Η δυστυχία του να είσαι Έλληνας), libro compuesto en los últimos años de la dictadura de los coroneles y publicado en 1975. Pasados casi cuarenta años desde su primera edición, la obra de Dimou ha sido reeditada en 2012 y traducida a varias lenguas, coincidiendo con el momento más duro de la crisis griega. En España lo ha publicado la editorial Anagrama con traducción de Vicente Fernández González.

Portada de la primera edición griega.

La desgracia de ser griego es una colección de 193 aforismos, una serie de breves reflexiones encadenadas, con las que Dimou va desgranando su particular visión de las virtudes y, sobre todo, los defectos de los griegos. Personalmente siempre he desconfiado de los intentos de generalización a la hora de definir a un pueblo. Creo que es una simplificación afirmar que los gallegos, catalanes, madrileños, franceses, alemanes o griegos son de una determinada manera por el mero hecho de haber nacido dentro de unos límites geográficos. No obstante, el libro de Dimou contiene certeras afirmaciones, aunque a veces caiga en la exageración, uno de los defectos que el autor atribuye a sus compatriotas.

Nikos Dimou

Empieza Dimou definiendo la desgracia como la distancia entre deseo y realidad y continúa afirmando que el pueblo griego es especialmente desgraciado.
La tesis de este libro es que los griegos de hoy, por su historia, herencia y carácter, presentan mayor brecha entre deseo y realidad que el común de los mortales.
Sigue con el análisis de las causas de la desgracia del pueblo griego. La primera de ellas es su tendencia a la exageración.
La exageración no es sólo un defecto nacional. Es una manera de vivir de los griegos. Es la resultante de su carácter nacional. Es la causa fundamental de su desgracia, pero también su mayor gloria. Pues, en la autoconciencia, la exageración se llama pundonor. En el comportamiento, la exageración se llama gallardía.
La relación de los griegos con su pasado y con el resto de Europa constituye lo que Dimou llama C.N.I. (Complejo Nacional de Inferioridad).
En las raíces de la desgracia griega, se encuentran los dos Complejos Nacionales de Inferioridad. Uno en el tiempo, con respecto a los ancestros. El otro en el espacio, con respecto a los "europeos". Complejos probablemente injustificados, pero no por ello menos reales.
Según el autor la herencia de los antiguos griegos pesa como una losa sobre los griegos modernos.
Cualquier pueblo que descendiera de los antiguos griegos sería automáticamente desgraciado. A menos que pudiera olvidarlos, o superarlos.
Por otro lado, Europa es vista como una realidad ajena, en la que los griegos desean íntimamente verse incluidos.
Cuando los griegos hablan de "Europa", excluyen automáticamente a Grecia. Cuando los extranjeros hablan de Europa, no concebimos que puedan no incluir a Grecia.
Otro de los defectos del pueblo griego es que no ha sabido asimilar su singularidad y siempre ha querido desesperadamente pertenecer a algo, en lugar de ser él mismo.
Finalmente, ¿quiénes somos? ¿Los europeos de Oriente o los orientales de Europa? ¿Los desarrollados del Sur, o los subdesarrollados del Norte? ¿Los desdendientes (directos) de los aqueos, o la confusión de Babel?
El libro continúa con un muestrario de la realidad griega del momento -recordemos que fue escrito en los años 70-, en el que el autor no escatima sus dardos contra diversas instituciones sociales, como la educación,
La educación griega: mecanismo de transmisión masiva y forzada de conocimientos, manejado por profesores ignorantes, incultos y mal pagados.
la iglesia ortodoxa,
El último siglo la Iglesia griega ha servido -con fidelidad y devoción- a muchos señores. Excepto al Único.
la familia, 
La explotación de la mujer por el hombre tiene como consecuencia natural el engaño del hombre por parte de la mujer.
o los intelectuales.
Intelectual es la persona que intenta (por lo general en vano) llevar sus ideas a la práctica. Intelectual en Grecia es la persona que intenta encontrar ideas para para justificar sus prácticas.
También critica Dimou en sus aforismos el modelo de desarrollo y el deterioro del medio ambiente.
Mientras que la mitad de los griegos intentan transformar Grecia en un país extranjero, la otra mitad emigra.
En nuestro fuero interno estamos convencidos de que no somos dignos de vivir en una tierra tan hermosa. E intentamos reducirla a "nuestra medida". A nuestro nivel. Y acabamos cubriéndola de cemento y basura.
Termina el libro con un epílogo que destila pesimismo sobre la condición del pueblo griego. Pesimismo que no surge del rechazo, sino de la necesidad de comprender y de un profundo amor por Grecia.
Pongo a Dios por testigo: nada he amado más que a esta tierra.
Después de leer el libro puede que algunas afirmaciones de Dimou nos parezcan exageradas o discutibles, pero lo que no se le puede negar es su fuerza y originalidad a la hora de plantearlas. Hay que tener en cuenta que el autor no ha pretendido hacer un tratado o un estudio sociológico, sino reunir una serie de reflexiones surgidas al hilo de los acontecimientos de los últimos años de la dictadura. Cualquier parecido con la realidad actual de Grecia ¿es pura coincidencia?

"Es una gran suerte nacer griego y una gran suerte morir griego. Lo de en medio, sin embargo es una gran desgracia" Viñeta de Arcás.

viernes, 8 de noviembre de 2013

"Atenas" de Juan Vicente Piqueras


El poeta valenciano Juan Vicente Piqueras obtuvo con este libro el prestigioso Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe en su pasada edición. Como es habitual, las obras premiadas son publicadas por la editorial Visor en su colección de Poesía. Juan Vicente Piqueras trabaja como profesor para el Instituto Cervantes. Ha vivido en Francia, Italia y Grecia y actualmente reside en Argel.

Los poemas que componen este libro surgen de las vivencias del autor durante los años que pasó en Atenas. En los tres primeros poemas, Víspera, Travesía nocturna y Muda danza, el poeta nos habla de su partida desde Italia, el viaje en barco hasta Grecia y su instalación en un piso del barrio ateniense de Exarjia. Al final encontramos otros tres poemas, Metáforas, Adios Atenas y Gracias, que cierran el círculo con los preparativos de una nueva partida:

Habrá que irse de Atenas lo mismo que llegamos
de repente y sabiéndolo
metiendo todo en cajas destempladas
hacer otras metáforas    la música a otra parte
y cambiar de país    de paisaje    de piel 

Junto a estos poemas, que confieren a la obra su marco espacial y temporal, podemos distinguir en el libro varios temas o hilos argumentales. El primero de ellos es el poder evocador del paisaje griego, de los restos del pasado y de las obras conservadas en los museos. Una idea recurrente aparece formulada en el poema Delfos:

Los lugares son dioses anteriores
a los dioses

En poemas como Areópago, Perdices, El burro de Kea, Un instante o Prueba el autor nos transmite la magia del instante, el detalle marginal del paisaje y la fuerza que emana de los lugares del mito. Por momentos nos recuerda a Enrique Badosa, otro poeta que a finales de los 70 compuso Mapa de Grecia, una inolvidable guía poética del país heleno.


Otro de los temas que convergen en el libro de Juan Vicente Piqueras es la revisión de los mitos clásicos. Así, en Testimonio del gaviero, uno de los compañeros de Odiseo critica la presunción de su rey en el episodio de las Sirenas y le recrimina su tardanza en regresar a Ítaca. En Asterión agoniza, uno de los poemas más hermosos del libro, el Minotauro confiesa su amor por Ariadna antes de pronunciar sus últimas palabras:

Quién sabe qué me espera al despertar
de este sueño feliz que ahora me rinde.

También la realidad de la crisis griega, que el autor ve desplegarse en toda su crudeza durante sus años de estancia en Atenas, tiene cabida en el libro. La imagen de la ceniza (lo que queda de lo que ya no queda, / de lo ido y lo ardido) se repite como leitmotiv en poemas como Limosna y, por supuesto, Cenizas, dedicado a Luis Eduardo Aute y a su canción Atenas en llamas.


En algunos poemas se observa cierto tono sentencioso, con versos lapidarios que se acercan al aforismo. El autor parece evocar el estilo de las máximas de Heráclito, que le sirve de inspiración para Lágrimas distintas y al que menciona expresamente en Calles de Atenas:

Y aunque sé que nadie puede
cruzar dos veces la misma calle,
yo cruzaba dos veces cada día
la calle Heráclito.

Otra característica del estilo de Juan Vicente Piqueras es el gusto por los juegos de palabras, en el que se muestra deudor de su maestro Carlos Edmundo de Ory. Así, la mudanza del autor a su piso de Exarjia es presentada como muda danza. El propio poeta, sentado bajo una higuera frente al mar, se convierte en higo pródigo. El adverbio ayer se conjuga como infinitivo del verbo ay. El poema Gracias de Grecia es el máximo exponente de estos juegos verbales, donde se mezclan los cretinos de Creta con los borrachos de Beocia y las arcas y los días de la Arcadia.

Juan Vicente Piqueras consigue con Atenas un libro redondo, en el que se entrelazan armoniosamente diversos tonos y motivos. Su poesía resulta accesible y llena de hondura y lirismo, sin necesidad de ser oscura. Es una escritura atenta a los detalles, en la que el aliento poético se eleva desde lo cotidiano. Con su lectura disfrutarán sin duda los degustadores de buena poesía y, especialmente, los amantes de Grecia. Para terminar ofrecemos como muestra el poema Un Instante:

Al lado de una ermita y un hotel, frente al mar,
frente al azul del mar que el viento limpia,
el meltemi que agita las hojas de la higuera,
la bandera, los pinos y las páginas
de este cuaderno, escribo este momento.

Y soy, lo sé, esta higuera, estoy en ella,
soy su fruto caído, un higo pródigo, 
soy su tronco que es ahora mi trono,
un molino de viento ya sin aspas ni techo,
un hotel, una ermita, una bandera
sin país, blanca, soy lo que no soy,
el viento que amenaza con llevarse
estas palabras de una sola ráfaga.

Soy sólo aquí y ahora
y lo que no me atrevo aquí y ahora
a decir. 

Juan Vicente Piqueras

lunes, 28 de octubre de 2013

Libro de maravillas para niñas y niños

Acabo de leer este delicioso libro de cuentos, inspirado en historias de la mitología clásica. Su autor es el escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y ha sido publicado en español por Acantilado. La traducción corre a cargo de Marcelo Cohen y el texto viene acompañado de algunas ilustraciones de Arthur Rackham. La que aparece en la portada representa a Pandora abriendo la caja de la que salen volando los males del mundo.


Hawthorne escoge seis episodios del amplio repertorio mitológico de la antigüedad y los recrea despojándolos de su ropaje clásico. Es un ejemplo más del valor intemporal y la enorme versatilidad de las leyendas grecolatinas, susceptibles de ser reescritas una y otra vez desde los más diversos estilos y puntos de vista. El autor, no obstante, considera necesario justificarse en el prefacio de la obra por presentar una nueva versión de estas viejas historias:
El autor no se declara culpable de sacrilegio si a veces ha modelado de nuevo unas formas santificadas por una antigüedad de dos o tres mil años. Ninguna época puede reclamar derechos de autor sobre estas fábulas inmortales. Parece que no tuvieran origen y, sin duda, mientras exista el hombre es imposible que perezcan, pero, por esa misma indestructibilidad, son legítimamente susceptibles de que cada época las vista con su propio atuendo de modos y sentimientos y les infunda su propia moral. En la versión presente quizá han perdido mucho de su aspecto clásico (o bien el autor no tuvo el cuidado de conservarlo), y tal vez han adoptado un aspecto gótico o romántico.

Nathaniel Hawthorne

 De las historias que selecciona Hawthorne para su Libro de maravillas tres responden al esquema del héroe que afronta desafíos aparentemente imposibles: Perseo enfrentándose a la Gorgona, Hércules buscando las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y Belerofonte luchando contra la Quimera a lomos de Pegaso. Los otros tres relatos dejan de lado la aventura para centrarse en el ejemplo moral. Son los episodios del ambicioso Midas, la curiosa Pandora y los hospitalarios Filemón y Baucis. Los dioses antiguos aparecen ocasionalmente en estos cuentos transformados en misteriosos personajes con poderes extraordinarios, aunque sin que se les mencione por su nombre. Hermes es el que interviene con más frecuencia en el libro, pero Hawthorne se inventa un nuevo nombre para él, Azogue.

Belerofonte luchando contra la Quimera. Ilustración de Arthur Rackham
Como es habitual en muchas colecciones de relatos -pensemos en el Decamerón de Bocaccio o en Las mil y una noches- también en este libro hay un marco externo a los propios cuentos que da unidad a la obra. Un grupo de unos doce niños se reúne en una casa, en un pequeño pueblo estadounidense. El heterogéneo grupo lo componen hermanos, primos y amigos de diferentes edades. Están acompañados por un joven universitario, Eustace Bright, miembro también de la familia, que pasa allí unos días de vacaciones. Será el joven Eustace el que, para entretener a los niños, relatará sus originales versiones de algunas de las historias más conocidas de la mitología clásica. Los niños escuchan con deleite sus narraciones, unas veces en el porche de la casa, otras en una frondosa hondonada a orillas de un arroyo, o en el cuarto de los juguetes, mientras la nieve cubre de blanco el paisaje, o en  la cima de una colina desde la que se divisa la campiña circundante. Se nota que el autor disfruta componiendo estas deliciosas escenas que preceden y siguen a los relatos del primo Eustace y crean un ambiente muy especial que domina toda la obra.

Aunque el libro, ya desde el título, se muestra destinado a un público infantil, su lectura resulta igual de placentera para los adultos. Como muestra de ello e invitación para seguir leyendo, ofrecemos el comienzo de una de las historias, la que lleva por título El paraíso de los niños:
Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo estaba en su tierna infancia, hubo un niño llamado Epimeteo que no tenía padre ni madre, y para que no estuviera solo, desde un país lejano le enviaron una niña, también huérfana de padre y madre, que viviría con él y sería su compañera de juegos y amiga. Se llamaba Pandora.
Cuando entró en la cabaña donde vivía Epimeteo, lo primero que vio Pandora fue una gran caja. Y casi la primera pregunta que le hizo tras haber cruzado el umbral fue:
-Epimeteo, ¿qué guardas en esa caja?
-Eso es un secreto, querida Pandora -respondió Epimeteo- y te pido que tengas la bondad de no hacer más preguntas sobre el asunto. La dejaron aquí para que esté a salvo y ni siquiera yo sé qué contiene.
-Pero ¿quién te la dio? -preguntó Pandora- ¿Y de dónde vino?
-También es un secreto -replicó Epimeteo.
-¡Qué fastidio! -exclamó Pandora con un mohín-. Maldita caja, ¡ojalá no estuviese ahí!

Epimeteo, Pandora y la Esperanza. Ilustración de Arthur Rackham.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El latín ha muerto, ¡viva el latín!

Este es el título de un ameno e interesante ensayo del latinista germano Wilfried Stroh, profesor emérito de la Universidad de Munich. El libro obtuvo un notable éxito en su edición original alemana y ha sido publicado en español por Ediciones del Subsuelo, con traducción de Fruela Fernández.


Como reza el subtítulo del libro, Breve historia de una gran lengua, el profesor Stroh se propone recorrer la historia del latín desde sus orígenes hasta nuestros días, admirándose de la resistencia a desparecer de esta lengua, a la que el autor le gusta llamar regina linguarum (reina de las lenguas). Lejos de ser un sesudo manual académico, el libro de Stroh, sin renunciar al rigor científico, avanza por la historia de la lengua latina recreándose en sabrosas anécdotas y dando muestras de fina ironía y sentido del humor. Basta con ver la imagen del autor que aparece en su página de Internet para hacerse una idea de su carácter desinhibido.

Wilfred Stroh (Valahfridus), caracterizado como Horacio.
El panorama que abarca el estudio de Stroh no se detiene con la caída del Imperio Romano de Occidente y el fin de la Antigüedad. De hecho, la mayor parte del libro se ocupa del cultivo y la pervivencia del latín en épocas posteriores, con capítulos dedicados a la Edad Media, el Renacimiento, La Reforma y la Contrarreforma, la Ilustración, la revolución industrial, hasta llegar al mundo de hoy. Después del Renacimiento el autor presta una atención preferente a la situación del latín en el mundo germánico, que es el ámbito que mejor conoce.
Es un lugar común hablar del latín, y también del griego clásico, como lenguas muertas. Yo prefiero decir a mis alumnos que son más bien lenguas inmortales, ya que, a pesar de que hace mucho tiempo que dejaron de ser la lengua materna de nadie, siguen ejerciendo su influencia en el vocabulario culto de la mayoría de las lenguas de Europa. En la misma opinión insiste el profesor Stroh cuando habla de la mors immortalis del latín. 
Una de las ideas más llamativas y sugerentes recogidas en el libro es que la primera muerte del latín, al menos en su variedad culta y literaria, se produjo precisamente en su época de mayor esplendor, en el siglo I de nuestra era. Después de las obras cumbre de Cicerón en prosa y de Virgilio en poesía parece que se tuvo conciencia de que el latín literario había alcanzado sus más altas cotas expresivas. A partir de entonces sufrió una especie de petrificación y dejó de evolucionar. Tan sólo se ampliará el vocabulario para designar las nuevas realidades y conceptos surgidos en los siglos siguientes, pero la estructura de la lengua permanecerá inmutable. Así lo expresa el profesor Stroh:
Nuestras expresiones de "lengua viva" y "lengua muerta" se basan en una metáfora biológica: igual que el organismo de un ser vivo (sea planta o animal) crece y se transforma hasta que la muerte pone fin a esas transformaciones, las lenguas están vivas en la medida en que se transforman y se desarrollan. La lengua de Goethe o la lengua de Cervantes, como observará cualquier estudiante de secundaria, no es ya la lengua que se habla actualmente en sus países. Más lejos aún se encuentra la lengua de un poeta barroco, y más aún la lengua medieval con sus primeros testimonios casi incomprensibles para el lego. El alemán, el español o el francés, como el resto de las lenguas vivas, han avanzado y se han modificado durante los últimos ocho siglos y es previsible que sigan haciéndolo.
Por el contrario, existen otros idiomas, como el sánscrito de la India o el árabe clásico, que no experimentan ya esa evolución. Y entre ellos se encuentra el latín: no a lo largo de su historia, desde luego, pero sí aproximadamente desde la época de Augusto. A la vez que su expansión global, se produjo la "muerte" del latín, al menos del literario; es decir, que ya en esa época se consolidó y adquirió la forma inalterada que presenta hoy en día.
Inscripción de una taberna de Pompeya

El capítulo que cierra el libro se ocupa del latín vivo, del que el autor es un ferviente cultivador. Hablar y escribir hoy día en latín no es una extravagancia de un grupo de chiflados, sino la mejor manera de acercarse a esta lengua. Porque no hay que olvidar que el latín es precisamente eso, una lengua, y como tal, para poder dominarla, es preciso servirse de ella como instrumento de comunicación. Así lo entendieron los humanistas y todos cuantos siguieron expresándose en latín en los siglos posteriores. Seguro que ninguno de ellos alcanzó tan alto nivel de competencia a base de hacer análisis sintácticos. Pero oigamos de nuevo al profesor Stroh:
Es evidente que pocas personas querrán aprender latín según el método habitual de muchas instituciones, que lo convierte en una especie de álgebra superior o tal vez de química. Se busca el núcleo del predicado -osculatur (él besa)- y se pregunta entonces por la totalidad de la frase a través de los complementos necesarios (¿Quién besa? Catullus ¿A quién besa? Lesbiam) y de otros detalles (¿Dónde besa? ¿Por qué besa? ¿Con qué frecuencia besa?). De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, se va montando una frase hasta que finalmente tiene sentido. Nunca habría logrado Catulo besar a Lesbia o leerle sus poemas si ella hubiese tenido que esforzarse tanto para entenderlo. ¿No deberíamos, por lo tanto, intentar que el latín se aprenda por el camino natural de la escucha, la comprensión y el habla?

El libro termina con un epílogo en el que se recogen las conclusiones y se pregunta por el futuro de la lengua latina. Después de más de trescientas páginas el autor ha logrado transmitirnos su entusiasmo y fascinación por el latín, al que le gusta presentar como un auténtico héroe de novela, capaz de resistir todo tipo de adversidades gracias a una fuerza misteriosa que lo protege:
Sea como sea, la historia muestra algo con claridad: los incomparables éxitos del latín durante los dos milenios posteriores a Cicerón, Virgilio y al emperador Augusto no se explican por meras razones de utilidad. Hay una fuerza inexplicable que le permite sobrevivir una y otra vez a su muerte. A falta de un nombre mejor, lo llamo la magia del latín.

Wilfried Stroh

viernes, 4 de octubre de 2013

Π pas


Hace apenas unas semanas que se inició el curso y, como siempre, a pesar de que las condiciones son peores cada año, vuelve la ilusión por enseñar a nuestros alumnos de griego las letras del alfabeto. Por otro lado, a la vuelta de la esquina tenemos una nueva huelga de profesores, en contra de los recortes y de una ley concebida de espaldas a la comunidad educativa. Todo ello me ha hecho recordar un cortometraje que vi hace unos meses, en el que, a partir de una letra griega, se reflexiona sobre el valor que le damos a la educación y a la cultura.



Por si a alguien le interesa participar dejo también el enlace a una consulta ciudadana por la educación, que ha organizado la Plataforma Estatal por la Escuela Pública.


sábado, 21 de septiembre de 2013

"La Edad de Bronce". Más comics sobre la guerra de Troya.

Este verano he tenido ocasión de leer una colección de comics que conocí gracias al blog DIVES GALLAECIA y que lleva por título La Edad de Bronce. Se trata de un ambicioso proyecto que pretende abarcar, en palabras de su autor, el guionista y dibujante americano Eric Shanower, la historia completa de la guerra de Troya, desde los días de Paris como pastor de ganado en las laderas del monte Ida, hasta el desenlace del conflicto, cuando los héroes regresan a casa.


No estamos, por tanto, ante una adaptación más al cómic de las obras de Homero, como las publicadas por Clásicos Ilustrados Marvel (La Ilíada y La Odisea) o la versión de los viajes de Ulises realizada por Sébastien Ferran. La obra de Shanower está más próxima al tercero de los volúmenes publicados por Marvel, La guerra de Troya. Ambos comics recogen los episodios del ciclo troyano que no aparecen en la Ilíada y la Odisea, si bien La Edad del Bronce difiere notablemente de la versión de Marvel en el enfoque, en el estilo y, sobre todo, en la extensión.


El plan inicial de la obra, que empezó a publicarse en 1998, consta de siete volúmenes, divididos a su vez en varios números. Hasta ahora se han publicado los tres primeros volúmenes, Mil naves, Sacrificio y Traición, que abarcan 32 números. La editorial española Azake Ediciones ha traducido los dos primeros volúmenes y buena parte del tercero. De momento los números 28 a 32 de Traición sólo están disponibles en inglés. Más información sobre el progreso en la publicación de la obra se puede encontrar en age-of-bronze.com. A continuación se pueden ver las portadas de la edición española.
 

El título de La Edad del Bronce no es casual, ya que Eric Shanower ha buscado en sus comics una reproducción lo más fiel posible de esa época histórica en la que el imaginario griego situó las leyendas del ciclo troyano. Así lo manifiesta el autor en el prólogo que precede al primer volumen de la edición española:
Quería que mi versión de la historia fuera diferente a la representación estereotipada de los mitos griegos. No quería que mis personajes fueran desfilando por ahí, como se les ha representado una y otra vez, con versiones románticas de las armaduras griegas clásicas y languideciendo entre columnas de capiteles corintios dentro de templos griegos clásicos. Mi versión de los personajes sería más realista; lucirían el atuendo y vivirían en el entorno real de la Edad de Bronce Tardía del Egeo. Hablamos de algo mucho menos popular que el estereotipo anacrónico, pero que, espero, sea mucho más interesante en general.

La arqueología le ha servido a Shanower para documentar de manera rigurosa su recreación de la guerra de Troya, pero también para caracterizar a sus personajes. El ejemplo más llamativo son los rasgos físicos de Agamenón, inspirados en la célebre máscara de oro descubierta por Schliemann en el círculo de tumbas de Micenas.



Los vestidos y peinados de los personajes femeninos reproducen, a su vez, los modelos de conocidos frescos cretenses, como la parisina o las damas de azul.





Otros objetos encontrados en los yacimientos arqueológicos micénicos aparecen en las páginas del cómic: ídolos de terracota, armaduras, o los característicos cascos de colmillos de jabalí.



La cerámica griega de época clásica, en cierto modo precedente lejano del cómic, ha sido otro motivo de inspiración para Shanower. Así, una conocida escena de figuras rojas, en la que Aquiles cura una herida en el brazo de Patroclo, le sirve para componer una viñeta.



El rigor y la exhaustividad de Shanower no se limitan a la documentación arqueológica, sino que se aplican también al tratamiento de las numerosas fuentes literarias y mitográficas sobre la guerra de Troya, muchas de ellas contradictorias entre sí. Todos los episodios relacionados directa o indirectamente con la historia de Troya tienen cabida en La Edad del Bronce: el rapto de Hesíone, la hermana de Príamo; la vida de Aquiles en Esciros junto a las hijas de Licomedes; la sucesión de crímenes familiares de la casa de Atreo; el reclutamiento de los principales caudillos aqueos; la desgracia de Télefo, rey de Misia; el sacrificio de Ifigenia; el abandono de Filoctetes y un largo etcétera. Cuando los personajes de la historia rememoran episodios del pasado Shanower se toma la licencia de abandonar el estilo realista que preside la obra para adoptar un trazo más fantástico o incluso caricaturesco.


Otra decisión personal de Shanower, a la hora de enfrentarse al guión, ha sido la supresión de los dioses griegos de la historia. Según sus palabras era una decisión muy importante en relación a este mundo del siglo XXI, en el que muchos buscan rápidamente respuestas o responsabilidades fuera de sí mismos. Por ello decidió reducir la importancia del elemento sobrenatural para enfatizar más el elemento humano. Efectivamente, los dioses no aparecen más que mencionados o invocados por los personajes. Episodios clave, como el juicio de Paris, son reinterpretados en forma de sueño. Tetis, la madre de Aquiles, es la única divinidad que aparece en el cómic, pero está caracterizada como una simple sacerdotisa y no como la Nereida que tiene trato con el mismísimo Zeus. Personalmente, y aunque pueda resultar paradójico, creo que las versiones de las leyendas heroicas que prescinden de los dioses resultan menos verosímiles, ya que hurtan a la historia un elemento fundamental. Pueden ser históricamente más creíbles, pero literariamente menos poderosas. En cualquier caso La Edad del Bronce es un magnífico cómic, tanto desde el punto de vista gráfico como argumental, que le ha valido a su autor premios muy prestigiosos. Esperamos que Eric Shanower pueda llevar a buen puerto este ambicioso proyecto, que se va alargando ya en el tiempo casi tanto como la guerra de Troya, y que podamos verlo publicado íntegramente en español.
Para terminar ofrecemos dos fragmentos relativamente extensos de Mil naves, la primera parte de la obra. El primero corresponde al juicio de Paris y al rapto de Helena, y el segundo al ardid empleado por Palamedes para conseguir que Odiseo se una a la expedición contra Troya.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Todo se lo llevó el verano (Όλα τα πήρε το καλοκαίρι)


Después del paréntesis veraniego vuelve la actividad a ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ. Y para empezar nada mejor que un precioso poema de Odiseas Elitis, al que puso voz Elefcería Arvanitaki y música Dimitris Papadimitríu. El verano es un tiempo intenso, lleno de vivencias y recuerdos, que parecen desvanecerse cuando nos incorporamos a la dura rutina. Más o menos de eso habla esta canción que pertenece al disco Τραγούδια για τους μήνες (Canciones para los meses) del año 1996.


Όλα τα πήρε το καλοκαίρι

Όλα τα πήρε το καλοκαίρι
τ᾽ άγριο μαλλί σου στην τρικυμία
το ραντεβού μας η ώρα μία.
Όλα τα πήρε το καλοκαίρι
τα μαύρα μάτια σου το μαντίλι
την εκκλησούλα με το καντήλι.
 Όλα τα πήρε το καλοκαίρι
κι εμάς τους δύο χέρι με χέρι.

 Όλα τα πήρε το καλοκαίρι
με τα μισόλογα τα σβησμένα
τα καραβόπανα τα σχισμένα.
Μες τις αφρόσκονες και τα φύκια
όλα τα πήρε τα πήγε πέρα 
τους όρκους που έτρεμαν στον αέρα.
 Όλα τα πήρε το καλοκαίρι
 κι εμάς τους δύο χέρι με χέρι.


 Todo se lo llevó el verano

Todo se lo llevó el verano,
tu pelo suelto en la tormenta,
nuestra cita a la una.
Todo se lo llevó el verano,
tus ojos negros, el pañuelo, 
la iglesita con el candil.
Todo se lo llevó el verano,
también a nosotros dos cogidos de la mano.

Todo se lo llevó el verano
con las medias palabras borradas,
las velas desgarradas.
En medio de la espuma y las algas
se lo llevó todo, lo llevó más allá,
los juramentos que temblaban en el aire.
Todo se lo llevó el verano,
también a nosotros dos cogidos de la mano.