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miércoles, 3 de febrero de 2021

Ἄνδρα μοι ἔννεπε, Μοῦσα... Un padre, un hijo, una epopeya

La Odisea cuenta la historia de un hombre, de un varón. No es casualidad que ἄνδρα sea la primera palabra del poema. Tampoco lo es que la Ilíada se abra con la palabra μῆνιν (cólera), ni que Virgilio inicie su Eneida con otras dos palabras clave que condensan los temas principales de la obra, arma virumque. El ἄνδρα de la Odisea centra el poema, desde el primer verso, en su protagonista masculino, aunque el propio Odiseo no aparezca hasta el canto V. Esta primera palabra también nos advierte de que la Odisea es sobre todo una historia de hombres, de varones. Es cierto que hay personajes femeninos, como Penélope, Calipso, Circe, Euriclea o la misma Atenea, que juegan un papel relevante, pero la trama principal nos ofrece un recorrido por las edades del hombre: en las primeras páginas el foco se sitúa sobre un hombre joven, Telémaco; luego la obra se ocupa del varón adulto, Odiseo; y en el último canto aparece el hombre anciano, Laertes, en compañía de su hijo y su nieto. Como sugiere Cavafis en su poema Ítaca, la historia de Odiseo no es sino una alegoría de la trayectoria vital del hombre, aunque el poeta alejandrino piensa más en el ἄνθρωπος que en el ἀνήρ. Esta es una de las líneas de interpretación de la obra de Homero que propone Una Odisea, un emotivo libro de Daniel Mendelsohn, publicado en castellano por Seix Barral.

Daniel Mendelsohn (Nueva York, 1960) es filólogo clásico, crítico literario, escritor y profesor universitario. En el instituto Bard, donde ejerce su labor docente, impartió durante el semestre de primavera de 2011 un seminario sobre la Odisea. Su padre, un matemático retirado de ochenta y un años, le pidió asistir como oyente a las clases, a lo que el autor accedió. A lo largo de dieciséis semanas, entre enero y mayo, Jay Mendelsohn, acudió puntualmente al curso junto a jóvenes de diecisiete y dieciocho años. Posteriormente, en el mes de junio, padre e hijo se embarcaron en un crucero temático por el Mediterráneo que recorría los escenarios de la obra de Homero. Una Odisea, que lleva el subtítulo de Un padre, un hijo, una epopeya, es el fascinante resultado literario de las vivencias de esos meses de 2011. Un libro a medio camino entre el ensayo crítico y las vivencias personales, que se lee como una novela.

Daniel Mendelsohn junto a su padre en el crucero Sobre los pasos de la Odisea
 

A medida que avanza la lectura comentada de la Odisea, vamos conociendo la peculiar personalidad del padre del autor. Y el propio autor, al verlo desenvolverse en medio del grupo de sus jóvenes alumnos o entre los pasajeros del crucero, descubre facetas insospechadas de su progenitor. En paradójico contraste con Telémaco, que al principio del poema emprende un viaje iniciático en busca de un padre al que no conoce, Daniel Mendelsohn acabará comprendiendo mejor el carácter distante, retraído y exigente de un padre al que creía conocer muy bien. A lo largo de las páginas del libro el relato fluye con naturalidad entre la Odisea y la intrahistoria familiar de los Mendelsohn, con saltos hacia atrás y adelante, recurriendo a las mismas técnicas narrativas que se analizan en el seminario universitario. El autor, fecundo en ardides como Odiseo, nos enreda en una deliciosa maraña fabuladora en la que, al margen de artificios literarios, subyace una sentida, hermosa y sincera historia sobre las relaciones paternofiliales. No menos interesantes son sus comentarios acerca de la epopeya homérica, fruto de años de estudio, pero también de las aportaciones de su padre y sus alumnos. Personalmente le debo a este libro una gratitud especial, no solo por el disfrute que me ha deparado su lectura, sino por haberme empujado a releer, una vez más, la Odisea.



martes, 10 de marzo de 2020

Islas, ISLAS. Cuaderno de viaje por el Dodecaneso

                                        Toda isla es un proyecto de orden.
                                        El mar que las circunda,
                                        inevitable,
                                        los puntos cardinales marcando un horizonte
                                        sin matices visibles,
                                        la ausencia de salidas
                                        que no conduzcan todas
                                        a esa informe no-isla sin tiempo
                                        que es el mar.

Con estos versos abre Pedro Molina Temboury la crónica poética de su viaje por las islas del Dodecaneso, publicada por la editorial Pre-Textos y galardonada con el Premio de Poesía Javier Egea en 2011. Hace tan solo unos meses comentábamos otro libro más reciente de Verónica Aranda, que también recrea poéticamente un viaje por las islas griegas. No son los únicos poemarios inspirados por la estancia de sus autores en Grecia. Por las páginas de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ han pasado ya los Archivos griegos de Blanca Andreu, Atenas de Juan Vicente Piqueras y las Crónicas de Atenas de Manuel Jurado López.


Pedro Molina Temboury (Málaga, 1955) inició su carrera literaria en los años 80 con dos libros de poesía, para pasarse después a la novela y a la literatura de viajes. Tras un paréntesis de más de veinte años el autor ha retomado su producción poética. En Islas, ISLAS, segundo título de esta nueva etapa, evoca un viaje veraniego por las islas del Dodecaneso con una acompañante a la que interpela en varios de los poemas.

                                        Me dijiste una noche:
                                        Grecia es como una roca
                                        que un gigante arrojara,
                                        cada isla un guijarro
                                        fragmentado en el mar.

El recorrido se inicia en Rodas y desde allí, saltando de guijarro en guijarro, prosigue por Tilos, Nisiros, Kos, Kalimnos y Lipsi, para terminar en Patmos. Leros y Simi, aunque solo se divisan desde el barco, inspiran también un par de poemas. Como cabe esperar en un libro ambientado en Grecia no faltan las alusiones mitológicas, especialmente a Ulises, el viajero por antonomasia, pero también a Hefesto, recordado desde el volcán de Nisiros, o a una misteriosa ninfa que podemos identificar con la acompañante del poeta. En uno de los poemas Circe contempla cómo embarcan los turistas en el ferri de regreso. No tiene ya necesidad de convertirlos en animales. La desconexión de la rutina y la suspensión del tiempo que se opera en la isla son suficientes para transformarlos en seres diferentes.

                                        cuando les veo partir
                                        -bronceados y ahítos de bañarse y holgar-
                                        la mayoría aún arrastran su propia inconsistencia
                                        pero algunos también el no ser ya los mismos,
                                        haber saboreado un elixir divino
                                        de recuerdo perenne
                                        que al retomar sus vidas siempre echarán de menos:
                                        el deseo de ser isla
                                        y que nada te alcance,
                                        sin istmos ni penínsulas ni mareas vadeables,
                                        sin pasado ni nombre, sin internet, sin móvil,
                                        los vulgares hechizos
                                        de su mundo mortal.

Al autor le gusta contraponer el glosioso pasado clásico, la belleza del paisaje, o las pintorescas ermitas y monasterios con la presión del turismo y la vida moderna. Así, en los acantilados de Kalimnos / los argonautas hoy / saltan en parapente / con el i pod a tope. En el monasterio de Juan el Teólogo de Patmos hay popes de todo tipo: popes que cancerberos / te reclaman la entrada / o censuran la carne / que exhiben las turistas / ...y hasta alguno que lee / un libro de Stieg Larsson / las tapas camufladas / como un misal piadoso. Pero nos compadecemos especialmente de ese otro pope de un monasterio de Tilos que soñó con vivir retirado del mundo sin que nadie se acerque a su nido de águilas,

                                        Si acaso peregrinos o visitas piadosas,
                                        no turistas de trekking
                                        que le disparan fotos
                                        y confunden con sendas de interés ecológico
                                        los caminos de Dios
                                        -aún peores los hippies,
                                        que en verano se instalan en la playa desierta
                                        al pie del monasterio
                                        y se bañan desnudos y fuman marihuana-.

Monasterio de Agios Panteleimonas en Tilos

Otro tema recurrente son los barcos y las travesías. El poeta imagina a los veleros por la noche en el puerto como amantes que se mecen y buscan el contacto de sus cascos, o como confidentes que intercambian / secretos en voz baja. Las travesías entre islas tienen algo de mágico:

                                        En cubierta,
                                        viajeros que buscan un sentido
                                        a sus vidas en tierra.
                                        ...
                                        Y el barco que navega
                                        indiferente a todo,
                                        flotando como un sueño
                                        que no termina nunca.

Cada barco tiene su propia personalidad. Frente a los modernos ferris y catamaranes, puntuales y asépticos, el modesto buque familiar Panagίa Spilianί navega entre Rodas y Nisiros luciendo un encanto especial.

                                        Lento como el verano
                                        nunca llega a su hora,
                                        navega renqueante como chatarra aquea
                                        y al atracar se gritan en la lengua de Ulises
                                        el padre y los hermanos
                                        juramentos sonoros
                                        invocando a Atenea, a Poseidón, a Eolo
                                        o mejor al dios Euro
                                        que propicia turistas.

El Panagίa Spilianί saliendo de Nisiros

La placidez del viaje veraniego, el abandono al descanso y al lento fluir de las horas le traen al poeta recuerdos de otro tiempo y de otro mar, que sin embargo es el mismo, a pesar de la distancia.

                                         Qué extraño que me bañe
                                         en las islas de Grecia
                                         y me recuerde niño
                                         nadando en una playa
                                         de las costas de Málaga.

El viaje llega a su fin, pero en el avión de regreso los viajeros tienen ocasión de contemplar por última vez, desde una perspectiva nueva, esas islas en las que han pasado unos días inolvidables.

                                         de pronto tan pequeñas
                                         que parece imposible
                                         haber cabido en ellas,
                                         que los días y las noches
                                         que nos dieron cobijo
                                         no fueran claustrofóbicos
                                         en lugar de felices.

La mayoría de los poemas están compuestos en heptasílabos con ocasionales rimas asonánticas, lo que confiere al libro un ritmo y una sonoridad muy reconocibles. La poesía de Molina Temboury es fluida y transparente. Sabe recrear escenas con fina ironía y sentido del humor, trazar conexiones entre pasado y presente, evocar los paisajes visitados y los momentos vividos, transmitiendo esa sensación de felicidad que proporcionan los placeres efímeros y sencillos. Consigue contagiarnos, en suma, ese deseo de ser isla / y que nada te alcance.

  
El autor habla de su libro

martes, 3 de septiembre de 2019

La Grecia eterna

Es normal poner etiquetas a las distintas etapas de la historia de un país y hablar, por ejemplo, de la España antigua, la España medieval o la España moderna. En el caso de Grecia, sin embargo, la distinción entre Grecia clásica y Grecia moderna no siempre es inocente y responde a una mera clasificación cronológica. Quizás porque el período más valorado e influyente de su historia se remonta a la Antigüedad, muchos estudiosos se han empeñado en trazar una frontera infranqueable que niega cualquier tipo de continuidad cultural y étnica entre los griegos antiguos y los modernos. Como si estos últimos fueran una especie de indignos sucesores, que habitan el mismo territorio que sus gloriosos antepasados y hablan una forma evolucionada de su prestigiosa lengua, contaminada con elementos extraños. Para superar esa tendenciosa dicotomía entre Grecia clásica y Grecia moderna a mí me gusta utilizar la expresión Grecia eterna. Ese es precisamente el título del libro que hoy comentamos.


La Grecia eterna no es un libro reciente. Fue publicado en 1908 y la editorial Renacimiento lo reedita ahora en su colección Los Viajeros con presentación de Aurora Luque. Su autor, Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), fue un personaje peculiar. Nacido en Guatemala, emigró a Europa donde entró en contacto con los círculos literarios de París y Madrid. Fue nombrado cónsul de su país en Francia y llegaría a ser condecorado con la Legión de Honor por su promoción de la cultura francesa y su labor como corresponsal durante la Primera Guerra Mundial. Escritor prolífico, cultivó la ficción, la crítica literaria y, sobre todo, el periodismo. Sus crónicas internacionales, que cubren lugares tan variados como Rusia, Japón, Egipto, China o Palestina le valieron el título de príncipe de los cronistas. Buena prueba del prestigio de Gómez Carrillo es el hecho de que su libro sobre Grecia fuera traducido un año después al francés con prólogo de Jean Moréas, autor del que ya hablamos en otra ocasión en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ. Fue conocido también por su vida bohemia y mujeriega. Estuvo casado, entre otras, con la célebre actriz y cantante Raquel Meller y se le llegó a relacionar con la entrega a las autoridades francesas de la espía Mata-Hari.

Enrique Gómez Carrillo

Cuando Gómez Carrillo viaja a Grecia, en los albores del siglo XX, se encuentra un país que ha experimentado una intensa transformación desde su independencia del dominio turco, apenas setenta años antes, y que todavía no ha alcanzado las fronteras que hoy conocemos. La crónica se inicia cuando el barco en el que navega el autor atraviesa el estrecho de Mesina y se adentra en lo que él llama el mar de la Odisea. Pasa de noche junto a las Islas Jónicas, que apenas se distinguen en la oscuridad, pero le sirven de pretexto para lanzar una primera andanada contra la ciencia alemana, la geografía y la filología, que ponen en duda que la Ítaca actual pueda ser la patria de Ulises.
La geografía es una demoledora de leyendas, casi tan absurda como la filología. Para probar lo que se propone, no sólo ha cambiado el sitio de las islas, de los puertos, de los mares, sino que ha llegado a decir que Ulises, el divino Ulises, encarnación del alma helénica, fue, no un griego, sino un fenicio.
Gómez  Carrillo no viaja solo, lo hace en compañía de un tal Mauricio, que será su interlocutor a lo largo del recorrido y con el que intercambiará opiniones y puntos de vista sobre diversos temas. Una vez en tierra, el trayecto entre el Pireo y Atenas les sirve para descubrir la luz, el cielo y el paisaje del Ática y establecer semejanzas con el de España. Ya en Atenas el autor se sorprende por encontrarse con una ciudad moderna, con un pequeño París, de amplias avenidas y edificios neoclásicos.
¡Atenas, la nueva Atenas que ha resucitado de una muerte milenaria, la Atenas libre, fuerte y docta soñada por Byron, hela aquí! En verdad, yo nunca me la figuré tal cual hoy aparece en mis primeras peregrinaciones callejeras. A fuerza de oír hablar de su esclavitud, la creí vestida a la oriental, con trapos violentos y joyas vistosas.
Es una ciudad elegante, animada, lujosa, limpia, rica y digna. Por ninguna parte un mendigo, ni una tienda sórdida, ni un grupo andrajoso. En este sentido, Roma es más oriental que Atenas.
Atenas es occidental, como una ciudad de Francia, como una ciudad de España.
-Parece -me dice Mauricio- una capital de provincia francesa, poblada por españoles.
La avenida Panepistimíu y la Academia Nacional a principios del siglo XX

La plaza Sίntagma en 1901

Siguen un par de capítulos sobre la raza eterna y el alma nacional, conceptos que nos resultan un tanto trasnochados, pero en los que se apoya el autor para defender la continuidad cultural entre la Grecia antigua y la moderna. Su mente traza fácilmente similitudes entre los griegos actuales y los estereotipos clásicos. El heroísmo demostrado durante la Guerra de Independencia contra los turcos es parangonable a las hazañas de la Antigüedad. En otro capítulo, titulado El alma pagana, insiste en la supervivencia del paganismo en algunos aspectos de la religiosidad moderna: los dioses griegos han traspasado sus poderes e intercambiado su figura con los santos cristianos; Asclepio ha sido sustituido por la Virgen de Tinos.

Como todo viajero occidental Gómez Carrillo se siente atraído por los restos del pasado clásico, pero se acerca a ellos con una mirada distinta a la del arqueólogo, el filólogo o el académico, ante cuyas teorías ya hemos visto que experimenta cierta prevención. La Antigüedad se despoja del frío academicismo universitario y se vuelve más humana y cercana, cuando uno contempla los escenarios donde se desarrolló.
Toda antigüedad, vista desde aquí, se trueca en una época palpitante que nos interesa, no por su impasible y olímpica lejanía, no por su armoniosa blancura de mármol, no por su carácter majestuoso, sino, al contrario, por su vigor, por su intensidad, por su vida. Lo que nuestros doctos profesores nos presentan cual una era sobrehumana, fue la más humana de las eras. Por eso fue la más grande. Por eso sus vestigios, convertidos en reliquias de mármol o en recuerdos de poesía y de aventuras, están más presentes que los vestigios aún no enterrados de siglos cercanos.
En cualquier caso el autor es buen conocedor de la cultura clásica. Sus visitas al Cerámico, Eleusis, Micenas, Epidauro o Corinto, más que minuciosas descripciones de los restos arqueológicos, le suscitan reflexiones diversas sobre las costumbres del pasado, en las que se muestra deudor de ese academicismo que tanto critica. A diferencia de otros viajeros contemporáneos el esplendor de los restos y las leyendas antiguas no eclipsa su curiosidad por otros períodos de la historia de Grecia. Un par de capítulos se ocupan de la literatura medieval, el ciclo de Diyenís, las canciones de los kleftes y las leyendas populares.

Portada de la edición original

Teniendo en cuenta la personalidad de Gómez Carrillo no podían faltar en el libro unas páginas dedicadas a la vida mundana de la capital griega y a las mujeres atenienses, cuya elegancia es equiparable a la de las parisinas. Se siente fascinado por las antiguas figurillas de terracota, las famosas tanagras, en las que encuentra un precedente de la moda femenina de su tiempo. Le llama la atención la bulliciosa vida de los cafés, toda una institución social donde los griegos se reúnen para hablar y discutir desde la mañana a la noche sin apenas consumir.
Venid todos a Atenas si queréis saber lo que es el amor perpetuo del café... Porque aquí no hay horas determinadas para reunirse alrededor de las mesitas de mármol. Desde el amanecer los lugares donde se bebe están llenos de gente. Pero cuando digo se "bebe" me expreso mal. En los cafés griegos no se bebe. Se habla, se discute, se perora. Yo no sé cómo los cafeteros no se arruinan. Cada velador pertenece a un grupo, y en cada grupo hay una persona que pide una copa de raki o una taza de moka. Los demás toman agua clara y pronuncian claros discursos. El interior de los establecimientos, por grande que sea, resulta estrecho para la concurrencia desde las diez o las once de la mañana. Después del almuerzo, las aceras se pueblan de mesitas. El café invade la calle. La charla llena la ciudad.
Café Licurgo de la plaza Mitropóleos en 1907

El libro se cierra con una curiosa reflexión final sobre los motivos por los que algunos viajeros experimentan cierta desilusión al contemplar la Acrópolis y el Partenón. Es el caso de Chateaubriand, Lamartine, Gautier y el propio Gómez Carrillo.
Si existe en el mundo un santuario que no impresiona con la brusca exaltación, es la Acrópolis. [...] La roca del santuario sólo nos inquieta, obligándonos a recogernos para interrogarnos mentalmente y para examinar los motivos de nuestra desilusión momentánea. Porque aunque no siempre queremos confesárnoslo a nosotros mismos, la desilusión existe, la desilusión es una realidad dolorosa.
La Acrópolis es el santuario de Atenea, la diosa de la razón, perfecta y distante. En contra de lo esperado su visión no provoca una emoción inmediata. Por eso el viajero siente esa frialdad cuando se halla frente a su templo y necesita un tiempo para interiorizar su grandeza.
Más tarde, contemplando desde este mi balconcillo lejano la apoteosis del templo en la claridad de la aurora, he llegado poco a poco a comprender la grandeza divina de la pobre columnata en ruinas. Y lo mismo que el gran Renan, he dicho en voz baja, sin exaltarme, mi oración ante la Acrópolis:
"¡Diosa de los ojos verdes, bendita seas!..."
Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico

El libro de Enrique Gómez Carrillo puede parecer anticuado en ciertos aspectos y alejado de nuestra sensibilidad, pero es un testimonio valioso sobre la sociedad griega de la época y los intereses de quienes recorrían Grecia a principios del siglo XX, muy diferentes a los de los visitantes actuales, que rehúyen el bullicio de la capital en busca de pintorescos destinos de sol y playa. Sea como fuere, siempre ha habido, hay y habrá viajeros que acudan a la irresistible llamada de la Grecia eterna.

Otros testimonios interesantes sobre la Grecia de finales del XIX y principios del XX:

domingo, 30 de junio de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (y V): La montaña de los centauros

 τὸν ὀνύμαξε τράφοισα Κένταυρον, ὃς
ἵπποισι Μαγνητίδεσσι ἐμίγνυτ' ἐν Παλίου
σφυροῖς, ἐκ δ' ἐγένοντο στρατός
θαυμαστός, ἀμφοτέροις
ὁμοῖοι τοκεῦσι, τὰ ματρόθεν μὲν κάτω, τὰ δ' ὕπερθε πατρός.

Lo crió y lo llamó Centauro, y él
se unió a las yeguas de Magnesia en las faldas
del Pelión, y surgió un pueblo
admirable, a ambos
progenitores semejante, a la madre por abajo, por arriba al padre.

 Píndaro, Pítica II, 44-48

Es nuestra última mañana en Vergina y bajamos a desayunar, esta vez sí, bien abrigados. La κυρία Anguelikí nos colma de atenciones. Prepara una bolsa llena de provisiones, como si fuéramos a emprender un largo y peligroso viaje. Nos hace un regalo muy especial, una canción tradicional de buenos días, que debemos entonar varias veces hasta que la aprendemos. Nos pide que le escribamos y sale a la calle para despedirse mientras nuestro coche emprende la marcha. En realidad vamos a hacer un recorrido de poco más de 200 kilómetros, desandando parte del trayecto que nos ha traído hasta aquí. Volvemos a pasar a los pies del Olimpo, que sigue mostrándose esquivo, con sus cumbres cubiertas de nubes, y atravesamos de nuevo el valle de Tempe, labrado por las aguas del río Peneo. Penetramos en la llanura de Tesalia para desviarnos poco después hacia la izquierda, en dirección al monte Pelión, esa larga y escarpada lengua de tierra que separa el profundo golfo Pagasético del mar Egeo.

La montaña está salpicada de encantadores pueblecitos, encaramados en la ladera, con su arquitectura característica de casas cúbicas, gruesos muros y tejados a cuatro aguas. Nuestro primer destino son los pueblos de Portariá y Makrinitsa, los más turísticos de la zona, con muchas de sus casonas convertidas en hoteles y abundancia de tiendas, bares y restaurantes en las calles principales. Aprovechando el único terreno llano, la plaza principal se abre al horizonte. Un par de árboles de gigantescas copas sirven para darle sombra. Desde Makrinitsa las vistas del golfo de Pagasas son magníficas. A nuestros pies se extiende la ciudad de Volos, en la que nos vamos a alojar los últimos días de nuestro viaje.

Vista de Volos y el golfo Pagasético

Plaza de Makrinitsa

Seguimos ascendiendo por la carretera hacia las alturas del Pelión. Según la mitología fue en esta montaña donde el impío Ixión se unió a una nube con la apariencia de Hera. Había sido enviada por Zeus para comprobar si se atrevía a consumar su sacrílega pasión. El fruto de esos amores fue Centauro, quien se apareó con las yeguas del Pelión y dio lugar a la estirpe de los seres mitad hombre, mitad caballo. En la más alta de las cumbres se alza hoy un repetidor y en otra se distinguen unas pistas de esquí, cubiertas todavía de nieve.

Iniciamos el descenso por la vertiente que mira al Egeo. La carretera serpentea y va perdiendo altura en una sucesión interminable de curvas. A los bosques de hoja caduca les suceden pequeñas parcelas con frutales, olivos, viñedos y huertos. El mar se divisa más abajo. Llegamos al pueblo de Zagorá, un caserío diseminado en varios barrios, cada uno con su plaza y su iglesia. Nos detenemos en la de Agios Georgios y damos un paseo para recobrarnos del mareo después de tantas curvas. Nos gustaría seguir bajando para explorar los pueblos de la costa, pero todavía queda un trecho de carretera sinuosa. Decidimos dar la vuelta hacia Volos. Mañana tendremos ocasión de descubrir otros rincones de esta hermosa montaña.

Plaza de Agios Georgios en Zagorá

Volos es una ciudad moderna y cosmopolita, de amplias avenidas. La más concurrida es Αργοναυτών, el Paseo de los Argonautas, que discurre en paralelo al mar. La arteria principal por la que circula el tráfico rodado lleva el nombre de Ιάσονος, Jasón. Los nombres no son casuales, ya que Volos es la antigua Pagasas, el puerto desde el que zarparon los Argonautas, al mando de Jasón, en busca del vellocino de oro. La nave Argo se ha convertido en símbolo de la ciudad: decora una fuente en la entrada principal al centro urbano y su silueta está presente en todas las papeleras del municipio.



Nos alojamos en un luminoso y amplio apartamento con vistas a la montaña. El propietario es un agradable profesor de instituto jubilado que nos recibe con una hospitalidad menos bulliciosa que la de nuestra anfitriona de Vergina, pero igual de sincera. Pasamos un buen rato conversando sobre el pasado y el presente de Volos. Para cuando se marcha los rayos del sol han empezado a declinar. Desde la terraza tenemos una buena panorámica de las cumbres del Pelión.


El día siguiente está marcado en el calendario como uno de los más especiales de nuestras vacaciones. Vamos a viajar en el τρενάκι, el viejo ferrocarril de vía estrecha que unía Volos con los pueblos del Pelión. La línea, proyectada a finales del XIX, tenía previsto rodear la montaña y llegar a Zagorá, pero el trazado solo se completó hasta Miliés. Entre 1903 y 1971 el Μουτζούρης, el tiznado de hollín, como lo bautizaron cariñosamente los lugareños, cubrió puntualmente su recorrido. Con la llegada de las carreteras y el automóvil dejaría de funcionar hasta que se volvió a abrir con fines turísticos en 1996. Tan solo circula algunos fines de semana de primavera, así que hemos planificado el viaje para hacer coincidir nuestra estancia en Volos con este sábado de abril. En varios lugares de la ciudad se pueden observar tramos de la antigua vía con dos anchos diferentes: uno para los trenes regionales y otro más estrecho para el τρενάκι. Pero el Μουτζούρης ya no parte desde Volos, sino desde la estación de Ano Lechonia, un pueblo a poco más de diez kilómetros. Cuando llegamos el tren ya espera en el andén con la jefa de estación dispuesta para dar la salida.




Tomamos asiento en uno de los vagones de madera con bancos corridos. Varios grupos de jóvenes en viaje de estudios realizan hoy también la excursión. El tren emprende la marcha y lentamente empieza a ganar altura y a alejarse de la costa. Quizás sea por el traqueteo un tanto hipnótico de los vagones, o por el cielo plomizo que confiere al día una luz especial, o por las laderas cubiertas de olivos y punteadas de cipreses. El caso es que sentimos una emoción especial al ver cómo se va desplegando ante nosotros uno de los paisajes más amables y seductores que hayamos visto nunca en Grecia.



Después de cruzar varios viaductos de piedra el tren hace una parada de veinte minutos en la estación de Ano Gatzea, un pueblecito a medio camino de Miliés.





El trayecto continúa ofreciéndonos magníficas vistas del Pelión y del golfo. Finalmente se divisa el caserío de Miliés, pero antes de llegar hay que atravesar uno de los viaductos más singulares del recorrido, diseñado, como el resto de la línea, por el ingeniero italiano Evaristo de Chirico. Se trata de una estructura de hierro que salva el barranco en línea recta, aunque el tren traza sobre ella una ligera curva.





Desde la estación un sendero desciende hacia la cueva de Quirón. Aunque los centauros se caracterizaban por sus costumbres brutales, Quirón tenía un origen y un talante diferentes. Sus padres fueron Fílira, una hija de Océano, y Cronos, que había adoptado la forma de un caballo para unirse a ella. Quirón destacó por su prudencia, sabiduría y conocimientos médicos. Fue maestro de Aquiles, Asclepio y Jasón, que recibieron sus enseñanzas en estos parajes. Cerca de la cueva donde vivía el centauro se celebraron las bodas de Tetis y Peleo, a las que fueron invitados todos los dioses, excepto Eris, la Discordia. La diosa se presentó en mitad del banquete con una manzana de oro para la más hermosa, desencadenando así el ciclo de leyendas más productivo de la mitología griega.

Entorno de la cueva de Quirón
 


Volvemos sobre nuestros pasos y en veinte minutos de caminata llegamos al centro del pueblo, que nos depara un par de descubrimientos inesperados. Cegados por los encantos naturales de la montaña, sus referencias mitológicas y su pintoresco τρενάκι, se nos habían pasado por alto, a la hora de preparar el viaje, dos tesoros que custodia Miliés. El primero es la iglesia de los Taxiarcas, o de los Arcángeles, que preside la plaza. Su interior está decorado con preciosas pinturas al fresco del siglo XVIII, entre las que destacan las escenas del nártex que representan el juicio final. Cerca de la iglesia está la biblioteca pública, un sencillo edificio que nos han recomendado que visitemos. Subimos unas empinadas escaleras hasta la puerta. En lo alto de la fachada se distingue en letras mayúsculas el lema ΨΥΧΗΣ ΑΚΟΣ, remedio del espíritu. La planta baja es una biblioteca convencional, que ofrece préstamo y consulta de libros. Seguimos por la escalera interior las indicaciones de Ιστορικό Τμήμα, Sección Histórica, y entramos en una amplia sala en forma de U con anaqueles acristalados hasta el techo y algunas vitrinas con libros antiguos expuestos. Le preguntamos a la bibliotecaria sobre el origen de estos fondos y nos explica la fascinante historia de la escuela de Miliés y de su biblioteca ψυχής ἄκος.


A finales del siglo XVIII la población griega de la zona se concentraba en los pueblos del interior, mientras que en las localidades costeras y en la ciudad de Volos se asentaban las guarniciones turcas que ejercían el control del territorio. De Miliés eran originarios Antimos Gazís, Gregorios Kostandás y Demetrios Filipidis, tres figuras destacadas de la renovación cultural griega que siguieron trayectorias paralelas. En metrópolis como Viena, París, Bucarest o Constantinopla se impregnaron de las ideas de la Ilustración y se empeñaron en llevarlas a Grecia para elevar el nivel cultural de sus compatriotas. En 1814 Gazís y Kostandás comprometieron su esfuerzo y su patrimonio personal en la fundación de una escuela en su pueblo natal, que ofreciera un programa educativo superior, basado no sólo en las disciplinas humanísticas, sino también en las ciencias experimentales. Aportaron libros de su propiedad, adquirieron otros nuevos e instrumentos de observación científica, construyeron un edificio como sede de la escuela y convirtieron así a Miliés en el centro de difusión de las ideas ilustradas en Grecia. En 1821 Antimos Gazís izó la bandera de la revolución en la plaza del pueblo, sumándose al levantamiento contra los turcos. Meses más tarde los otomanos retomaron el control de Miliés, se perdieron parte de los fondos de la biblioteca y la escuela se cerró. En 1830 Kostandás regresó y la escuela volvió a funcionar hasta su muerte, acaecida en 1844. En la Segunda Guerra Mundial los alemanes incendiaron el pueblo y el edificio de la escuela quedó destruido. A pesar de tan azarosa historia todavía se conservan en el edificio actual, financiado por una benefactora local, auténticas joyas bibliográficas, como las editiones principes de Aristóteles y Aristófanes, impresas en Venecia por Aldo Manucio en 1497 y 1498 respectivamente, o un ejemplar de la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert. La bibliotecaria nos habla con pasión de todos estos tesoros, despliega ante nosotros mapas de Grecia del XVIII y del XIX y nos muestra con orgullo la bandera que ondeó en la plaza de Miliés en 1821.

Todavía conmovidos por la proeza ejemplar de este grupo de hombres y mujeres, empeñados en difundir y custodiar la luz del conocimiento, reponemos fuerzas en un restaurante de la plaza. Después de elevar el espíritu hay que dar también satisfacción al cuerpo. Cuando se acerca la hora de partir tomamos el camino que conduce a la estación, indicado por unos pequeños carteles de madera que no precisan explicación.


El viaje de vuelta en el Μουτζούρης nos permite gozar de nuevo del cautivador paisaje. Realizo parte del trayecto de pie en la plataforma entre dos vagones, para disfrutar del aire de la montaña y dejarme llevar por el acompasado vaivén del tren. Son ya muchos los rincones que he visitado y las experiencias que he vivido en Grecia, pero esta jornada en el Pelión ocupará sin duda un lugar destacado entre mis recuerdos.


Amanece nuestro último día en Grecia. Nos queda un largo trayecto hasta el  aeropuerto de Atenas, pero el vuelo no sale hasta las diez de la noche, así que aún disponemos de tiempo para visitar algunos lugares. Hemos visto muchas ruinas antiguas durante el recorrido, pero hoy vamos a retroceder más en el tiempo. A poca distancia de Volos están las localidades de Sesklo y Dímini, dos de los asentamientos neolíticos más antiguos de Europa. Sesklo estuvo habitado desde mediados del séptimo milenio a. C. Somos los únicos visitantes en esta mañana de domingo y el vigilante nos acompaña amablemente a través de un pinar hasta la parte principal del yacimiento, mientras nos cuenta que un arqueólogo español estuvo aquí hace poco. Los bordes de la colina donde se asentaba la población han sido socavados por el torrente que corre a sus pies. En lo alto se conservan los restos de la llamada casa del ceramista.

Casa del ceramista
Vista del entorno de Sesklo

El poblado neolítico de Dímini, más reciente, data del quinto milenio a. C. Se distingue claramente una estructura urbana de seis muros concéntricos que delimitaban una serie de corredores y patios entre los que se levantaban las casas. Al pie de la colina se ha excavado un asentamiento de época micénica que se ha identificado con la antigua Yolcos, la patria de Jasón, el lugar donde el usurpador Pelias encontró la muerte a manos de sus propias hijas por instigación de Medea. Hoy domingo solo hay un vigilante en las ruinas, por lo que tenemos que conformarnos con contemplar los restos micénicos desde lejos, a través de la valla. Al menos son accesibles dos tumbas de esta época. Una de ellas ha perdido la cubierta, pero la otra conserva el triángulo de descarga sobre la puerta.

Poblado neolítico de Dímini
 



Las horas van pasando, pero nos resistimos a poner fin a nuestro viaje. Todavía tenemos un lugar señalado en el itinerario, el antiguo emplazamiento de Ptía, la patria de Aquiles y sus mirmidones. Hemos buscado su ubicación en el Atlas Mitológico de Grecia de Pedro Olalla y en el portal ΟΔΥΣΣΕΥΣ del Ministerio de Cultura griego. Sabemos que apenas se conservan ruinas de interés, pero el poder evocador del lugar justifica nuestro desvío. La carretera que bordea el norte del golfo desde Volos empieza a alejarse de la costa. A pesar de que no hay ninguna señalización del sitio arqueológico, el navegador, sin cuya ayuda nos habríamos perdido en más de una ocasión, nos indica que debemos girar a la izquierda por una pista asfaltada. Un poco más adelante tomamos un camino que asciende por la ladera de una colina. Apenas se reconocen las rodadas, cubiertas por hierbas cada vez más altas. Encontramos a un pastor con su rebaño de ovejas y cabras, sentado a cierta distancia. Le preguntamos por las ruinas, pero no parece entender de qué le hablamos. Finalmente aparcamos en una pequeña explanada. Dirigimos la mirada hacia abajo y distinguimos los restos de un teatro, más allá la llanura y al fondo el mar. Ascendemos por la colina y descubrimos, semiocultos por las flores y la vegetación, los muros de la ciudad de Aquiles, el héroe que intercedió por Ifigenia allá en Áulide, donde estuvimos hace unos días, al que educó el centauro Quirón en la cueva que visitamos ayer mismo. La mañana es luminosa. Parece un buen lugar para poner punto y final a este intenso viaje en el que hemos seguido las huellas del mito y la historia.



De camino al aeropuerto volvemos a rodear el monte Otris, a pasar por las Termópilas, a contemplar la costa de Eubea, que acompañó la primera parte de nuestro itinerario. Los recuerdos recientes se agolpan en la memoria, mezclados con cierta amargura por el viaje que termina. Al acercarnos al extrarradio de Atenas nos damos cuenta de que todavía queda bastante tiempo para que salga nuestro avión. Una idea empieza a cobrar forma. Sería una lástima estar tan cerca y no rendir una visita a la ciudad de Atenea. No hace falta pensárselo mucho. La amargura se diluye y deja paso al entusiasmo. Nos metemos de lleno en la vorágine del tráfico de Atenas. Dejamos el coche, por una buena suma de dinero, en un garaje regentado por paquistaníes. El precio bien merece la pena. En unos instantes nos plantamos en uno de los lugares más bellos de Atenas. Caminamos por la colina de las Musas para llegar a la Pnix, la explanada donde se reunía la asamblea, el corazón de la democracia ateniense, donde cualquier ciudadano tenía el derecho de hablar o callar. Para nosotros ha llegado el momento de callar y contemplar en silencio cómo el sol de la tarde hace resplandecer la roca sagrada de la Acrópolis.




 τοὐλεύθερον δ' ἐκεῖνο· τίς θέλει πόλει
χρηστόν τι βούλευμ' ἐς μέσον φέρειν ἔχων;
καὶ ταῦθ' ὁ χρῄζων λαμπρός ἐσθ', ὁ μὴ θέλων
σιγᾷ. τί τούτων ἔστ' ἰσαίτερον πόλει;

  La libertad es eso. ¿Quién quiere a la ciudad
algún consejo útil exponer públicamente?
Y quien eso decide es ilustre, y el que no quiere
calla. ¿Qué mayor igualdad que esta en una ciudad?

Eurípides, Suplicantes 438-441