DIDASKALOS

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domingo, 18 de octubre de 2020

La Cólera, una nueva mirada sobre la Ilíada

Lo que define a una obra clásica es que siempre tiene algo que aportar a los lectores de épocas posteriores y es fuente permanente de inspiración para los creadores, que proyectan su mirada sobre ella y actualizan su mensaje. La Ilíada, el poema con el que arranca la literatura occidental, es un buen ejemplo de ello. En un arte tan joven como el cómic contamos con varias adaptaciones recientes de la obra de Homero y de la leyenda troyana. Las hay más fieles al texto original, otras más atentas a los datos arqueológicos, algunas siguen una estética determinada o cambian parte del argumento para crear una historia nueva. Hoy traemos a ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ La cólera, un nuevo y sorprendente cómic inspirado en la Ilíada, publicado por Astiberri con dibujos de Javier Olivares y guion de Santiago García.

Como es bien sabido μῆνιν (cólera) es la primera palabra de la Ilíada y la cólera de Aquiles es el tema principal de la obra de Homero. En el cómic de Javier Olivares y Santiago García aparecen los principales acontecimientos de la epopeya troyana, pero no se trata de una adaptación más, sino de una obra profundamente original, que propone una nueva mirada sobre la historia de Aquiles. 

La cólera se inicia con una larga secuencia de batalla entre griegos y troyanos, sin diálogos, con grandes composiciones a doble página, en un crescendo que culmina con Aquiles despojándose del casco al final del combate. Vemos entonces el rostro del héroe por primera vez, con los rasgos que le identificarán a lo largo de la obra: el pelo rojizo, los labios finos, la mirada penetrante y sombría.


La cólera es un cómic muy visual. Pasan más de treinta páginas hasta que aparece el primer diálogo, con la llegada de Ulises a la tienda de Aquiles. Hay un estilo muy reconocible en los pasajes dialogados, tanto en el dibujo, como en la disposición de las viñetas, pero en las grandes escenas a doble página Javier Olivares despliega sus dotes de ilustrador en composiciones en las que se perciben ecos del cubismo y del expresionismo. Los cambios en el estilo y en el ritmo de la narración son constantes a lo largo de la obra. Por ejemplo, cuando Aquiles, en esa primera conversación con Ulises, evoca su estancia en la isla de Esciros disfrazado de mujer.

Unas páginas más adelante, después de otra secuencia de batalla de tono épico, los autores introducen un nuevo cambio de registro con una divertida escena en la que los héroes que vuelven del combate son reducidos a caricaturas. En esta sucesión de viñetas alargadas con siluetas oscuras sobre fondo anaranjado es fácil ver un doble homenaje a la tira cómica y a la cerámica ática de figuras negras, precedente último de la historieta.

 

Justo después de este episodio, cuando ha transcurrido aproximadamente un tercio de la obra, tiene lugar la tercera escena dialogada del cómic: Fénix le comunica a un sorprendido Aquiles que Agamenón se ha llevado a Briseida. Los autores optan aquí por una versión nueva de la historia tradicional. No hay asamblea de los aqueos, ni enfrentamiento directo entre Agamenón y Aquiles, pero el resultado es el mismo. El héroe se vuelve literalmente rojo de cólera y decide retirarse con sus hombres del combate.

 

Quizá los lectores más puristas echen de menos algunos episodios y personajes de la obra original, o una mayor fidelidad al texto homérico. Les recomendamos que abran la Ilíada por el verso 478 del canto XVIII y al mismo tiempo observen con atención una larga secuencia de La cólera, compuesta por nueve grandes ilustraciones a doble página, que constituyen en realidad una única imagen, ya que cada una de ellas es continuación de la anterior. Verán que los dibujos se corresponden casi palabra por palabra con la descripción del escudo que Hefesto fabrica para Aquiles por encargo de Tetis. Una buena prueba de que los autores conocen en profundidad la epopeya de Homero, pero han escogido aquellos pasajes que mejor se ajustan a la historia que quieren contar.


                                  La otra ciudad, la cercaban al par dos tropas de gente
                                 fulgentes en armas; que se dividían en dos pareceres,
                                 o ya tomarla al asalto y partirse todos los bienes
                                 cuantos en sí la gentil ciudadela dentro tuviese,
                                 y otros aún que no, y que a emboscada estaban poniéndose;
                                 y al muro corrían esposas queridas, críos imberbes
                                 y hombres de harta vejez, a por las almenas ponerse;
                                 y aquellos ya en marcha, les iban Atena y Ares al frente,
                                 ambos en oro, y de oro vestían ropa y jaeces,
                                 hermosos y grandes en armas, como es para dioses decente,
                                 claros luciendo en mitad, y más chicos los combatientes.

(Ilíada XVIII, 509-519. Versión rítmica de Agustín García Calvo)

 

Tras la retirada de los mirmidones los troyanos hacen retroceder a los griegos hasta sus naves. Las escenas de batalla se intercalan con diálogos entre Aquiles y Patroclo, en los que este intenta infructuosamente convencer a su amigo y amante para que vuelva a la lucha. Después de una de esas conversaciones Aquiles se echa a dormir. Comienza entonces la parte más sorprendente y original de La cólera: el sueño de Aquiles. El héroe penetra en una cueva, se zambulle en unas aguas verdosas y el cómic experimenta un giro de 180 grados, tanto en sentido figurado como literal, ya que hay que dar la vuelta al volumen para proseguir con la lectura, ahora de derecha a izquierda. Aquiles emerge al otro lado con cuerpo de mujer. Allí le espera Tetis, su madre, para guiarle hasta Europa, el satélite de Júpiter, donde le muestra a sus hijos, no a los nacidos de su vientre, sino a los hijos de su cólera. A partir de aquí se desarrolla dentro de la obra una historia futurista totalmente original.

Los autores se sirven de este inesperado cambio de estilo y de registro para insertar su particular denuncia social. Esa Europa futurista, en la órbita de Júpiter, no es sino un trasunto de la Europa actual, hija de la cólera, donde el abuso de poder, la injusticia social y la invisibilidad del refugiado están a la orden del día. 

Antes de que termine el sueño Tetis le plantea a su hijo la conocida elección entre una vida larga, pero sin fama, o una vida corta, pero con fama inmortal.

Aquiles toma su decisión, se vuelve a sumergir en las aguas verdosas y, tras un nuevo giro del volumen, reparece al otro lado como varón. Despierta en su tienda de ese extraño sueño y descubre que, mientras dormía, Patroclo ha vuelto al combate y ha sucumbido en el campo de batalla a manos de Héctor.


Aquiles toma las armas para vengar a Patroclo y nos encontramos una variación más en el enfoque y en el ritmo narrativo. El final de la historia se presenta desde la perspectiva de Ulises, testigo de las últimas hazañas de Aquiles en Troya. El color y la disposición de la página cambian y, en una vertiginosa sucesión de viñetas sin diálogos, los autores ilustran el combate entre Aquiles y Héctor, los funerales de Patroclo, la muerte de Aquiles, la conquista de Troya e, incluso, la historia completa de la Odisea.

Un único episodio de los viajes de Ulises merece ser tratado con más extensión, cambiando de nuevo la paleta de colores, la composición de la página y volviendo a introducir los diálogos. Se trata de la Νέκυια, la evocación de los muertos del canto XI de la Odisea, donde se produce el reencuentro de Ulises con su compañero muerto Aquiles.

El episodio final de La Cólera se desarrolla en Ítaca, cuando Ulises es ya un anciano al borde de las muerte. Con él se cierra este cómic, sorprendentemente versátil y poliédrico, un magnífico ejemplo de cómo se pueden mezclar la tradición y la modernidad, la fidelidad a los clásicos y la libertad creativa. En este sentido nos recuerda a El héroe, de David Rubín, otro cómic impactante sobre la figura de Heracles, publicado en dos volúmenes también por Astiberri, y del que hablamos en su día en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ (libro uno y libro dos). 

Resulta admirable que historias que se gestaron hace casi tres mil años sigan manteniendo su fuerza inspiradora y renovando su vigencia en pleno siglo XXI. Y es que por mucho que la tecnología transforme nuestro mundo, y cada vez a mayor velocidad, las obras clásicas siguen apelando a las preocupaciones esenciales de la existencia humana, que apenas han cambiado desde que los griegos antiguos las convirtieron en los temas centrales de su literatura y su pensamiento.


viernes, 7 de agosto de 2020

El sonámbulo

Hace poco más de un año que comentábamos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ Casandra y el lobo, un inquietante libro de Margarita Karapanou (Atenas 1946-2008). Preparando aquella reseña descubrí que su segunda novela, El sonámbulo (Ο υπνοβάτης), también había sido publicada en español por la editorial Grupo Libro 88. La edición está agotada hace tiempo, pero es posible adquirir algún ejemplar de segunda mano a través del portal IberLibro.

El sonámbulo obtuvo en 1988 el premio al mejor libro extranjero en Francia. El tono y la ambientación son muy distintos a los de Casandra y el lobo, pero la autora vuelve a demostrar sus dotes narrativas y su actitud transgresora. La acción se desarrolla en una isla griega, trasunto de Hidra, en la que vive una peculiar colonia de extranjeros. Casi todos son artistas y escritores atraídos por cierta aura mágica que envuelve al lugar. Llegaron allí en busca de inspiración, pero en un proceso de degradación moral la mayoría se ha dejado arrastrar por el alcohol, el juego y otros placeres más o menos prohibidos.
Ella también formaba parte del grupo de extranjeros, con sus libros y sus pinturas, sus borracheras y su extraña complicidad. Engullían de inmediato a cualquier extranjero que llegara a la isla, se lo apropiaban. Habían llegado a parecerse todos entre sí como hermanos, como si hubiera ocupado la isla una familia innumerable, que obedeciendo una contraseña secreta, surgida de los confines del mundo, hubiera elegido este lugar como última etapa, igual que los elefantes enfermos se reúnen y esconden para morir en lugares secretos de la selva.
Portada de la edición griega
 
La autora traslada a su isla esa atmósfera especial propia del realismo mágico de la novela hispanoamericana. En algunos de sus personajes se percibe, por otro lado, el influjo de la literatura del absurdo. Parecen marionetas incapaces de realizar su destino, paralizados por alguna fuerza superior: una escritora que, por más que lo intenta, lleva meses sin escribir un solo párrafo, un pintor que deja sus cuadros inacabados, porque no consigue dotar de un rostro a sus figuras, o un periodista que intenta infructuosamente tomar un barco para salir de la isla.
Algunas veces siento que la isla entera es un sueño, en el que todos nosotros tenemos un lugar y un papel, intentamos comprender su significado, pero no podemos, porque formamos pate de él; es más quizá seamos sus protagonistas. Tal vez, incluso, como sonámbulos, estemos paseando por una isla inexistente, y tengamos todos, en el mismo momento, el mismo sueño.
Una serie de asesinatos vendrá a alterar la rutina de la comunidad. La isla mágica se convierte poco a poco en una isla maldita que debe purificarse. Se inicia entonces una intriga policíaca, en la que la crueldad de los crímenes y ciertos episodios irreverentes y provocadores contrastan con la ternura que inspiran algunos personajes. Margarita Karapanou da rienda suelta en El sonámbulo a su maestría fabuladora y se complace en incluir historias dentro de la historia, siguiendo esa estela cervantina que podríamos remontar hasta Heródoto. Una novela, en suma, plagada de ingredientes variados que no deja indiferente al lector.
Margarita Karapanou

Para aquellos que entiendan el griego moderno recomendamos esta entrevista concedida a la televisión pública griega, en la que la autora, dos años antes de su muerte, habla de su peculiar y traumática infancia, cuando conoció a personajes como Camus, Picasso o Sartre, de su lucha contra la enfermedad mental y de su actividad como escritora.

Μαργαρίτα Καραπάνου [2]

Μαργαρίτα Καραπάνου [3]

Μαργαρίτα Καραπάνου [4]

Μαργαρίτα Καραπάνου [5]

martes, 10 de marzo de 2020

Islas, ISLAS. Cuaderno de viaje por el Dodecaneso

                                        Toda isla es un proyecto de orden.
                                        El mar que las circunda,
                                        inevitable,
                                        los puntos cardinales marcando un horizonte
                                        sin matices visibles,
                                        la ausencia de salidas
                                        que no conduzcan todas
                                        a esa informe no-isla sin tiempo
                                        que es el mar.

Con estos versos abre Pedro Molina Temboury la crónica poética de su viaje por las islas del Dodecaneso, publicada por la editorial Pre-Textos y galardonada con el Premio de Poesía Javier Egea en 2011. Hace tan solo unos meses comentábamos otro libro más reciente de Verónica Aranda, que también recrea poéticamente un viaje por las islas griegas. No son los únicos poemarios inspirados por la estancia de sus autores en Grecia. Por las páginas de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ han pasado ya los Archivos griegos de Blanca Andreu, Atenas de Juan Vicente Piqueras y las Crónicas de Atenas de Manuel Jurado López.


Pedro Molina Temboury (Málaga, 1955) inició su carrera literaria en los años 80 con dos libros de poesía, para pasarse después a la novela y a la literatura de viajes. Tras un paréntesis de más de veinte años el autor ha retomado su producción poética. En Islas, ISLAS, segundo título de esta nueva etapa, evoca un viaje veraniego por las islas del Dodecaneso con una acompañante a la que interpela en varios de los poemas.

                                        Me dijiste una noche:
                                        Grecia es como una roca
                                        que un gigante arrojara,
                                        cada isla un guijarro
                                        fragmentado en el mar.

El recorrido se inicia en Rodas y desde allí, saltando de guijarro en guijarro, prosigue por Tilos, Nisiros, Kos, Kalimnos y Lipsi, para terminar en Patmos. Leros y Simi, aunque solo se divisan desde el barco, inspiran también un par de poemas. Como cabe esperar en un libro ambientado en Grecia no faltan las alusiones mitológicas, especialmente a Ulises, el viajero por antonomasia, pero también a Hefesto, recordado desde el volcán de Nisiros, o a una misteriosa ninfa que podemos identificar con la acompañante del poeta. En uno de los poemas Circe contempla cómo embarcan los turistas en el ferri de regreso. No tiene ya necesidad de convertirlos en animales. La desconexión de la rutina y la suspensión del tiempo que se opera en la isla son suficientes para transformarlos en seres diferentes.

                                        cuando les veo partir
                                        -bronceados y ahítos de bañarse y holgar-
                                        la mayoría aún arrastran su propia inconsistencia
                                        pero algunos también el no ser ya los mismos,
                                        haber saboreado un elixir divino
                                        de recuerdo perenne
                                        que al retomar sus vidas siempre echarán de menos:
                                        el deseo de ser isla
                                        y que nada te alcance,
                                        sin istmos ni penínsulas ni mareas vadeables,
                                        sin pasado ni nombre, sin internet, sin móvil,
                                        los vulgares hechizos
                                        de su mundo mortal.

Al autor le gusta contraponer el glosioso pasado clásico, la belleza del paisaje, o las pintorescas ermitas y monasterios con la presión del turismo y la vida moderna. Así, en los acantilados de Kalimnos / los argonautas hoy / saltan en parapente / con el i pod a tope. En el monasterio de Juan el Teólogo de Patmos hay popes de todo tipo: popes que cancerberos / te reclaman la entrada / o censuran la carne / que exhiben las turistas / ...y hasta alguno que lee / un libro de Stieg Larsson / las tapas camufladas / como un misal piadoso. Pero nos compadecemos especialmente de ese otro pope de un monasterio de Tilos que soñó con vivir retirado del mundo sin que nadie se acerque a su nido de águilas,

                                        Si acaso peregrinos o visitas piadosas,
                                        no turistas de trekking
                                        que le disparan fotos
                                        y confunden con sendas de interés ecológico
                                        los caminos de Dios
                                        -aún peores los hippies,
                                        que en verano se instalan en la playa desierta
                                        al pie del monasterio
                                        y se bañan desnudos y fuman marihuana-.

Monasterio de Agios Panteleimonas en Tilos

Otro tema recurrente son los barcos y las travesías. El poeta imagina a los veleros por la noche en el puerto como amantes que se mecen y buscan el contacto de sus cascos, o como confidentes que intercambian / secretos en voz baja. Las travesías entre islas tienen algo de mágico:

                                        En cubierta,
                                        viajeros que buscan un sentido
                                        a sus vidas en tierra.
                                        ...
                                        Y el barco que navega
                                        indiferente a todo,
                                        flotando como un sueño
                                        que no termina nunca.

Cada barco tiene su propia personalidad. Frente a los modernos ferris y catamaranes, puntuales y asépticos, el modesto buque familiar Panagίa Spilianί navega entre Rodas y Nisiros luciendo un encanto especial.

                                        Lento como el verano
                                        nunca llega a su hora,
                                        navega renqueante como chatarra aquea
                                        y al atracar se gritan en la lengua de Ulises
                                        el padre y los hermanos
                                        juramentos sonoros
                                        invocando a Atenea, a Poseidón, a Eolo
                                        o mejor al dios Euro
                                        que propicia turistas.

El Panagίa Spilianί saliendo de Nisiros

La placidez del viaje veraniego, el abandono al descanso y al lento fluir de las horas le traen al poeta recuerdos de otro tiempo y de otro mar, que sin embargo es el mismo, a pesar de la distancia.

                                         Qué extraño que me bañe
                                         en las islas de Grecia
                                         y me recuerde niño
                                         nadando en una playa
                                         de las costas de Málaga.

El viaje llega a su fin, pero en el avión de regreso los viajeros tienen ocasión de contemplar por última vez, desde una perspectiva nueva, esas islas en las que han pasado unos días inolvidables.

                                         de pronto tan pequeñas
                                         que parece imposible
                                         haber cabido en ellas,
                                         que los días y las noches
                                         que nos dieron cobijo
                                         no fueran claustrofóbicos
                                         en lugar de felices.

La mayoría de los poemas están compuestos en heptasílabos con ocasionales rimas asonánticas, lo que confiere al libro un ritmo y una sonoridad muy reconocibles. La poesía de Molina Temboury es fluida y transparente. Sabe recrear escenas con fina ironía y sentido del humor, trazar conexiones entre pasado y presente, evocar los paisajes visitados y los momentos vividos, transmitiendo esa sensación de felicidad que proporcionan los placeres efímeros y sencillos. Consigue contagiarnos, en suma, ese deseo de ser isla / y que nada te alcance.

  
El autor habla de su libro

miércoles, 26 de febrero de 2020

In memoriam Kikí Dimulá


Κική Δημουλά (Atenas, 6 de junio de 1931 - 22 de febrero de 2020)

HE PASADO

Camino y cae la noche.
Decido y cae la noche.
No, no estoy triste.

He sido curiosa y he estudiado mucho.
Sé de todo. Un poco de todo.
Conozco los nombres de las flores cuando se marchitan,
sé cuando reverdecen las palabras y cuándo sentimos frío.
Sé con qué facilidad se abre la cerradura de los sentimientos
con cualquier llave del olvido.
No, no estoy triste.

Hubo días de lluvia,
me instalé detrás de este
alambrado acuático
con paciencia y discreción,
como el dolor de los árboles
cuando cae su última hoja,
y como el miedo de los valientes.
No, no estoy triste.

He pasado por jardines, frente a fuentes
y he visto muchas estatuas que se reían joviales
sin saber por qué.
Y pequeños cupidos, presumidos.
Sus arcos tensos
parecían lunas menguantes en mis noches de ensueño.
He soñado muchos y hermosos sueños
y estuve a punto de perderme.
No, no estoy triste.

He pensado en los sentimientos,
de los míos y de los demás,
y hubo siempre espacio entre ellos
para que pasara el dilatado tiempo.
He pasado y he vuelto a pasar por Correos.
He escrito cartas y las he vuelto a escribir;
he invocado sin tregua al dios de la respuesta.
He recibido breves postales:
una cordial despedida desde Patras
y ciertos saludos
desde la Torre de Pisa que se inclina.
No, no estoy triste porque el día se inclina.

He hablado mucho. A la gente,
a los faroles, a las fotografías.
Y mucho a las cadenas.
He aprendido a leer manos,
y a perder manos.
No, no estoy triste.

He viajado, es verdad. He ido aquí, he ido allá...
El mundo siempre a punto de envejecer.
He perdido aquí, he perdido allá.
He perdido por ser observadora
y también por ser distraída.
He ido al mar.
Tenía derecho a un espacio. Supongamos que lo conseguí.
Tuve miedo de la soledad e imaginé a la gente;
a unos los vi caer junto a un polvo tranquilo,
traspasado por un rayo solar;
a otros junto al sonido de una campana mínima.
Y me llegó el sonido del toque de la campana
de la soledad ortodoxa.
No, no estoy triste.

Jugué con el fuego y me quemé lentamente.
Tampoco me faltó la experiencia de las lunas.
Sus fases menguantes, sombrías, sobre mares y ojos,
me han nutrido.
No, no estoy triste.

He resistido tanto como pude a este río
cuando estaba crecido, para que no me llevase,
y cuando fue posible he imaginado los ríos secos
que tenían agua, pero me arrastraron.

No, no estoy triste.
A la hora precisa cae la noche.

(Traducción de Nina Anghelidis)


ΠΕΡΑΣΑ

Περπατώ και νυχτώνει.
Αποφασίζω και νυχτώνει.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Υπήρξα περίεργη και μελετηρή.
Ξέρω απ’ όλα. Λίγο απ’ όλα.
Τα ονόματα των λουλουδιών όταν μαραίνονται,
πότε πρασινίζουν οι λέξεις και πότε κρυώνουμε.
Πόσο εύκολα γυρίζει η κλειδαριά των αισθημάτων
μ’ ένα οποιοδήποτε κλειδί της λησμονιάς.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Πέρασα μέρες με βροχή,
εντάθηκα πίσω απ’ αυτό
το συρματόπλεγμα το υδάτινο
υπομονετικά κι απαρατήρητα,
όπως ο πόνος των δέντρων
όταν το ύστατο φύλλο τους φεύγει
κι όπως ο φόβος των γενναίων.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Πέρασα από κήπους, στάθηκα σε συντριβάνια
και είδα πολλά αγαλματίδια να γελούν
σε αθέατα αίτια χαράς.
Και μικρούς ερωτιδείς, καυχησιάρηδες.
Τα τεντωμένα τόξα τους
βγήκανε μισοφέγγαρο σε νύχτες μου και ρέμβασα.
Είδα πολλά και ωραία όνειρα
και είδα να ξεχνιέμαι.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Περπάτησα πολύ στα αισθήματα,
τα δικά μου και των άλλων,
κι έμενε πάντα χώρος ανάμεσά τους
να περάσει πλατύς ο χρόνος.
Πέρασα από ταχυδρομεία και ξαναπέρασα.
Έγραψα γράμματα και ξαναέγραψα
και στο θεό της απαντήσεως προσευχήθηκα άκοπα.
Έλαβα κάρτες σύντομες:
εγκάρδιο αποχαιρετιστήριο από την Πάτρα
και κάτι χαιρετίσματα
από τον Πύργο της Πίζας που γέρνει.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη που γέρνει η μέρα.

Μίλησα πολύ. Στους ανθρώπους,
στους φανοστάτες, στις φωτογραφίες.
Και πολύ στις αλυσίδες.
Έμαθα να διαβάζω χέρια
και να χάνω χέρια.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Ταξίδεψα μάλιστα.
Πήγα κι από δω, πήγα κι από κει…
Παντού έτοιμος να γεράσει ο κόσμος.
Έχασα κι από δω, έχασα κι από κει.
Κι από την προσοχή μου μέσα έχασα
κι από την απροσεξία μου.
Πήγα και στη θάλασσα.
Μου οφειλόταν ένα πλάτος. Πες πως το πήρα.
Φοβήθηκα τη μοναξιά
και φαντάστηκα ανθρώπους.
Τους είδα να πέφτουν
απ’ το χέρι μιας ήσυχης σκόνης,
που διέτρεχε μιαν ηλιαχτίδα
κι άλλους από τον ήχο μιας καμπάνας ελάχιστης.
Και ηχήθηκα σε κωδωνοκρουσίες
ορθόδοξης ερημίας.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Έπιασα και φωτιά και σιγοκάηκα.
Και δεν μου ‘λειψε ούτε των φεγγαριών η πείρα.
Η χάση τους πάνω από θάλασσες κι από μάτια,
σκοτεινή με ακόνισε.
Όχι, δεν είμαι λυπημένη.

Όσο μπόρεσα έφερ’ αντίσταση σ’ αυτό το ποτάμι
όταν είχε νερό πολύ, να μη με πάρει,
κι όσο ήταν δυνατόν φαντάστηκα νερό
στα ξεροπόταμα
και παρασύρθηκα.

Όχι, δεν είμαι λυπημένη.
Σε σωστή ώρα νυχτώνει.

domingo, 9 de febrero de 2020

Qué queda de la noche. Cavafis en París

Durante los meses de mayo y junio de 1897 el poeta alejandrino Constantinos Cavafis (1863-1933) hizo un viaje por Francia e Inglaterra en compañía su hermano Yannis, más conocido por John en el círculo familiar. Después de llegar por barco hasta Marsella los dos hermanos viajaron a París y, desde allí, a Londres. De regreso volvieron a pasar unos días en la capital francesa, antes de tomar el barco que les llevaría de nuevo a Alejandría. Qué queda de la noche (Τι μένει από τη νύχτα) es una novela que recrea los tres últimos días del poeta en París. Su autora es Ersi Sotirópoulos, cuya novela Zigzag entre naranjos amargos hemos comentado en otra entrada de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ


En la primavera de 1897 Cavafis acaba de cumplir 34 años y lleva ya un tiempo trabajando en la Oficina de Riegos del Ministerio de Obras Públicas en Alejandría. Tan solo ha publicado algunos poemas en revistas y en hojas sueltas de escasa difusión. El viaje con su hermano le permite evadirse del ambiente de su ciudad natal y de la fuerte personalidad de su madre, con la que vive. La autora nos presenta a un Cavafis que siente la necesidad de dar un nuevo rumbo a su vida, de encontrar su propia voz como poeta, de liberarse de una sexualidad reprimida y culpable. La ciudad a la que llega todavía se encuentra conmocionada por el incendio del Bazar de la Charité y dividida en torno a la polémica del caso Dreyfus. El guía de los dos hermanos en estos tres días parisinos será Nicos Mardaras, un griego emigrado con el que se encuentran en un café, inquieto y locuaz personaje, un tanto cargante, buen conocedor de los asuntos mundanos de París y secretario informal de Jean Moréas, autor del que ya hemos hablado en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ en un par de ocasiones (aquí y aquí). Moréas, al que Cavafis ha enviado dos poemas para conocer su influyente opinión, se encuentra fuera de París, pero Mardaras les propone visitar su casa y su biblioteca.
Cómo ansiaba ver los libros que habían formado a aquel gran poeta, descubrir quiénes eran los escritores que lo habían educado, porque no era un simple poeta, sino un resorte de la vida intelectual, inspirador de movimientos literarios, quizá una de las dos o tres personas cuya opinión contaba de verdad en París.
En los siguientes días Mardaras se ofrece para acompañar a los hermanos Cavafis por los locales de moda parisinos, incluyendo el Arca, una casa de campo en las afueras de la ciudad, donde se organizan exclusivas veladas en las que se puede encontrar lo más exquisito y lo más bajo.

Cavafis en 1896

Excepto un par de breves capítulos escritos en primera persona, el libro está narrado en tercera persona por una voz omnisciente, que penetra en la mente del poeta para mostrarnos sus inquietudes, dudas y remordimientos. La autora construye así, desde dentro, un personaje lleno de matices que atraviesa un momento crucial de su vida. Las referencias a la obra cavafiana son continuas. En un sugerente juego literario imagina cómo se gestaron algunos de los temas y los poemas más célebres del autor alejandrino, como La ciudad o El dios abandona a Antonio. Nos sumerge, en suma, en el arduo trabajo que ha de afrontar todo creador, incluso los más geniales, hasta encontrar su estilo personal, su propia manera de conciliar el arte con la vida.
Algo le había pasado por la cabeza, la idea de que toda esta dificultad en la escritura podía no deberse a la escritura. Puede que no tuviera que ver con que su talento estaba aún en ciernes, sin cultivar. Quizá el problema estuviera en él, en su interior. La gran necesidad de ruptura en su poesía que sentía con tanta intensidad los útimos meses, el imprudente impulso de romper las normas -cuando no estaba preparado todavía, porque sabía que no lo estaba-, de deshacerse de los lirismos y florituras verbales, de quitarse de encima toda influencia de otros poetas y corrientes, de ser él mismo su propia corriente, quizá reflejara, a fin de cuentas, una necesidad de ruptura en su vida con todo lo que hasta entonces había sido su vida. Ruptura con las normas, las convenciones sociales. Se encontraba ante un enorme dilema. El consabido dilema. ¿Cómo podía alguien con una vida mediocre, conservadora, limitada, escribir grandes versos? ¿Hablar de grandes pasiones, de épocas de atrevimiento? Error. No debían confundirse aquellas dos cosas. La escritura saldría perdiendo. Pero, ¿cómo se podían distinguir?
Qué queda de la noche ha sido editado en español por la editorial Sexto Piso con traducción de Vicente Fernández González y Antonio Vallejo Andújar. La autora acudió a España para presentar la traducción de su libro y concedió sendas entrevistas a los periódicos El País y La Vanguardia.

Ersi Sotirópulos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid

viernes, 29 de noviembre de 2019

La inmortalidad de los perros

Hace ya un tiempo que comentamos Cuatro estaciones, un libro de poemas del escritor griego Costas Mavrudís (Tinos, 1948). Anunciábamos entonces la publicación en español de la colección de relatos que hoy nos ocupa, editada por Hoja de Lata con traducción de Ángel Pérez González.


La inmortalidad de los perros (Η αθανασία των σκύλων), que recibió en 2014 el Premio Nacional de Literatura griego en la categoría de Narrativa Breve, se compone de setenta y una microhistorias que rara vez exceden las tres páginas. Algunas son pura ficción, pero en la mayoría la ficción se mezcla con los recuerdos personales. Muchas otras son reflexiones a partir de una anécdota, una cita literaria o una noticia periodística. La literatura y el cine están muy presentes, al igual que la pintura y la fotografía, una obsesión personal del autor, fascinado por esas imágenes congeladas de un pasado huidizo, que él se esfuerza por restituir y fijar en sus obras. Hemos utilizado el término microhistorias porque nos parece el más neutro para abarcar la variedad de enfoques de un libro en el que las fronteras entre relato, ensayo y recuerdos permanecen difusas.

A pesar de la diversidad de las piezas incluidas en el libro, hay algo que tienen en común todas ellas: la aparición, o al menos la mención, de uno o más perros. A veces en un papel central, generalmente como elementos secundarios, en ocasiones pasando inadvertidos, reducidos a una alusión mínima ο marginal. Porque la idea que subyace a toda la obra, planteada ya desde el primer capítulo, es que los perros siempre están ahí, como testigos mudos y casi indiferentes de los asuntos humanos, ya sea en Las Meninas de Velázquez, o en fotografías personales; en películas como Viridiana, o en libros como El Gatopardo; vagando por una excavación arqueológica, o acurrucados en el asiento trasero de un coche; como pretexto para una separación amorosa, o como reclamo publicitario de un conocido sello discográfico.

 La voz de su amo. Francis Barraud

La segunda historia nos da la clave del título del libro. En ella el dueño de Hermes, un setter inglés de quince años, explica su teoría sobre la inmortalidad de los perros:
El perro, muy señor mío, ¡es inmortal! [...] No se mueren más que los que lo saben. [...] Hermes no tiene conciencia, ignora el final, igual que el bosque no sabe nada de la serrería. Dichoso de él. Ha vivido y se muere sin sospechar de su ausencia, sin saber nada del tiempo. De modo que cuando llegue el momento le aplicaré la eutanasia a un ser despreocupado, que es como decir inmortal.
Las historias se van sucediendo sin responder aparentemente a ningún orden preconcebido, aunque algunas parecen agrupadas en bloques. Así encontramos unas cuantas ambientadas en Tinos, la isla natal del autor, otro grupo está protagonizado por ancianos, y en la parte final hay tres relatos narrados por una voz femenina. 

Como bien afirma Vicente Fernández González, autor del prólogo a la edición española y buen conocedor de la obra de Mavrudís por haber traducido dos de sus poemarios, la narración en La inmortalidad de los perros vibra con concisión poética. Igual que un poema está cargado de referencias, evocaciones e imágenes concentradas en unos pocos versos, estas narraciones condensan, en el breve espacio de un par de páginas, reflexiones, recuerdos y ficciones que llevan de un tema a otro, de una situación a otra, de una cita a otra. Mavrudís se nos muestra como una especie de orfebre literario o prestidigitador de las palabras, capaz de convertir cada una de las piezas del libro, cuidadosamente elaborada, en una pequeña joya con varias historias en su interior, que se van desplegando ante la mirada cautivada del lector.

Costas Mavrudís

domingo, 17 de noviembre de 2019

El número 31328



1922. La Anatolia dulcísima como siempre; digna de  un soneto, o algo parecido. Todo era apacible y delicado aquel otoño. El enemigo había llegado a nuestra ciudad, Aivalí. Y en el puerto habían atracado barcos con pabellones americanos. La orden era que la mercancía deteriorada -los  niños y las mujeres- debían embarcar rumbo a Grecia. Pero que los hombres de entre dieciocho y cuarenta y cinco años partirían hacia el interior como esclavos en los batallones de trabajo.
Así comienza El número 31328 (Tο νούμερο 31328), subtitulado El libro del cautiverio (Το βιβλίο της σκλαβιάς), un relato autobiográfico en el que Ilías Venezis da testimonio de su dramática experiencia tras la catástrofe de Asia Menor. Ilías Venezis, seudónimo de Ilías Melos, fue uno de los prosistas más destacados de la llamada generación del 30 y vivió en carne propia las consecuencias de la derrota del ejército griego en 1922. Había nacido en Aivalí en 1904, así que cuando los turcos reconquistan la ciudad tiene dieciocho años y se ve obligado a separarse de su familia.

 Vista del puerto de Aivalí antes de 1922

Al principio intenta esconderse y más tarde escapar sobornando a los centinelas del puerto, pero es apresado y conducido a una cárcel improvisada en el sótano de una vivienda. Durante tres noches angustiosas consigue librarse de las purgas de prisioneros. Entonces comienzan las terribles marchas hacia el interior. Caminan semidesnudos, descalzos, padeciendo hambre y sed. Los que no pueden seguir el ritmo, agotados por el cansancio o  la enfermedad, son rematados por los soldados que los escoltan. Se inicia un rápido proceso de deshumanización. Cada uno solo piensa en aliviar como sea el sufrimiento que atormenta su cuerpo. Estas son sin duda las páginas más duras del libro, en las que el autor presenta con frialdad, casi con indiferencia, las escenas brutales de las que es testigo, como si hubiera perdido la capacidad de sentir compasión por el dolor ajeno.
 Las dos muchachas que se nos unieron en Pérgamo nos dieron un respiro. Andábamos sobre tierra sin cultivar, y a cada rato hacíamos un alto. Los soldados se las turnaban, volvían y comenzábamos de nuevo la marcha. Este aderezo nos venía bien. Podíamos descansar. Sin embargo, de nuevo hacia el mediodía, tuvimos que decir adiós aun compañero que cayó extenuado. Se había hecho sus necesidades encima y apestaba. La enfermedad se había cebado en él. No sé cómo se llamaba. ¿De qué servía saberlo?
A pesar de todo siempre queda un mínimo rescoldo de esperanza, incluso en las situaciones más difíciles. El protagonista y Aryiris, un antiguo compañero de colegio, se apoyan mutuamente para intentar resistir las penalidades. Otro de los prisioneros comparte con ellos los jirones de tela de saco con los que cubre sus pies. Por fin el grupo de Venezis se detiene en una localidad del interior de Anatolia y empieza a ser utilizado como mano de obra esclava. Los trabajos son duros y extenuantes, pero el hecho de librarse del sufrimiento continuo de las marchas hace que los prisioneros recuperen poco a poco su humanidad.
Entre nosotros, entre los veintitrés hombres, en cuanto nos abandonó la agonía de las caminatas, en cuanto tuvimos la certeza de que ya no nos moverían de allí, comenzó a producirse una curiosa efervescencia. Los cuerpos se reponían de su abandono e intentaban retomar una postura frente a la vida. Cada uno hacía por acercarse al otro; olíamos nuestros alientos como animales que husmean. Era un acercamiento lleno de reservas y de miedo, como cuando, por la noche, las fieras salen de sus antros porque tienen hambre, inquietas. De igual modo obrábamos nosotros.
Ilías Venezis en 1925

La población turca se muestra hostil hacia los prisioneros, en represalia por las atrocidades cometidas por el ejército griego durante su retirada de Asia Menor. Pero también se producen gestos benevolentes. Un anciano les lleva restos de tabaco, una mujer les proporciona comida cuando están enfermos, un médico militar toma a su servicio al autor, que consigue así librarse por un tiempo de los trabajos más pesados.

Un día llegan tres nuevos prisioneros procedentes de Esmirna. Tienen en la muñeca una plaquita triangular metálica con un número en caracteres turcos. Venezis y sus compañeros los contemplan con envidia: están registrados con un número en algún lugar. En cambio ellos no figuran en ninguna lista. En cualquier momento pueden ser eliminados sin que nadie los eche de menos. Pasa el tiempo y el autor es trasladado a un nuevo destino en Magnesia, un campamento donde, después de varios meses, tendrá ocasión de lavarse y le afeitarán la cabeza. Allí recibe también con alegría su número personal.

        Nos conducen a una oficina.
        -¿Nombre?
        Se lo decimos. Los apellidos también.
        -Número 31328 -dice el escribano, y me da una placa con el número.
        La aprieto entre mis manos. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría!

Portada de la primera edición

Entra a formar parte de un amele taburu, un batallón de trabajo. Al frente de cada pelotón hay un çavus, un vigilante nombrado de entre los griegos que hablan turco. Aprovechándose de su posición privilegiada explotan a sus compatriotas y se comportan con más crueldad que la mayoría de los turcos. Algo parecido ocurrirá años más tarde en los campos de concentración alemanes con los temidos kapos, prisioneros designados por los nazis para estar a cargo de un barracón o un grupo de trabajo.

Los meses pasan, termina el invierno, aparecen las primeras flores, llega el verano y los prisioneros que aún sobreviven van perdiendo la esperanza de la liberación. Por otro lado, el sentimiento de revancha y odio de los turcos hacia ellos se va dulcificando. Los guardianes turcos también anhelan regresar a sus lugares de origen. Empiezan a compadecerse de los prisioneros y a percibir que tienen más cosas en común de lo que parece. Comparten con ellos el deseo de reencontrarse con los suyos y el odio hacia los oficiales y los colaboracionistas griegos, que han organizado una especie de mafia en el campamento.

Los trabajos del estado han terminado y los prisioneros tienen más tiempo para pensar en su situación. Con el ocio sobreviene la desesperación y algunos caen en la locura. A pesar de que ya se ha firmado la paz deben seguir confinados en el campamento. Un grupo de refugiados turcos procedentes de Grecia es alojado en unos barracones, separados del resto por alambre de espinos. Al llegar sienten resentimiento hacia los griegos, les insultan y les tiran piedras, pero acabarán por comprender que todos son víctimas de la guerra. Se establece entre ellos una complicidad especial, comparten la comida que les sobra e incluso los niños turcos pasan la otro lado de la alambrada para jugar con los prisioneros griegos.

Al fin llega la noticia de la partida. La esclavitud ha terminado, pero la alegría no es completa, porque ya no regresarán más a sus hogares en Anatolia. Un barco espera para llevarlos a Grecia. Desde Aivalí, el pueblo de Venezis, tres mil prisioneros habían partido hacia el interior. Solo veintitrés regresarán con vida.

Casa de Ilías Venezis en Aivalí

El relato de Venezis es directo, sobrio, descarnado, como corresponde a una experiencia tan dura vivida a una edad temprana, pero no destila odio ni pretende juzgar. No se trata de una historia de víctimas y verdugos, buenos y malos. A veces son los propios griegos los más despiadados con sus compañeros, y no es extraño que los turcos se muestren compasivos. La crueldad o los buenos sentimientos no son patrimonio ni de unos ni de otros. En demasiadas ocasiones y lugares, antes y después de 1922, el ser humano ha infligido dolor y tormento a sus semejantes. Como señala el autor en el prólogo a la segunda edición, el libro pretende dar testimonio de ese dolor.
En este libro no existe alma, ni hay margen para ningún viaje a lugares metafísicos. Cuando la carne es abrasada como se abrasa aquí, con hierro candente, esta se transmuta en una deidad todopoderosa, acallando cualesquiera otras consideraciones. Se podrá decir que ningún dolor es comparable al dolor moral. Esto lo dicen los sabios y los libros. Sin embargo, si salimos a las calles y preguntamos a los que pueden dar testimonio de esto, a aquellos cuyos cuerpos fueron atormentados mientras la muerte batía sus alas sobre sus cabezas -y es muy fácil encontrarlos, porque nuestra época se ha encargado de llenar el mundo de ellos-, si les preguntas, te dirán que no existe nada, nada más profundo ni más sagrado que un cuerpo que sufre tormento.
Este libro es una ofrenda a ese dolor.
En unos tiempos en los que algunas opciones políticas intentan relativizar el pasado y criminalizar al que es diferente es muy recomendable volver la mirada hacia libros como El número 31328 y a la amplia literatura sobre los campos de concentración y el gulag. Son la mejor prueba de las funestas consecuencias que se derivan del empeño en afirmar la propia identidad alardeando de patrias y banderas, mientras se alientan los odios entre grupos étnicos.

El número 31328 fue publicado en español en 2006 por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, con cuidada traducción, introducción y notas de Manuel González Rincón.