DIDASKALOS

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martes, 3 de septiembre de 2019

La Grecia eterna

Es normal poner etiquetas a las distintas etapas de la historia de un país y hablar, por ejemplo, de la España antigua, la España medieval o la España moderna. En el caso de Grecia, sin embargo, la distinción entre Grecia clásica y Grecia moderna no siempre es inocente y responde a una mera clasificación cronológica. Quizás porque el período más valorado e influyente de su historia se remonta a la Antigüedad, muchos estudiosos se han empeñado en trazar una frontera infranqueable que niega cualquier tipo de continuidad cultural y étnica entre los griegos antiguos y los modernos. Como si estos últimos fueran una especie de indignos sucesores, que habitan el mismo territorio que sus gloriosos antepasados y hablan una forma evolucionada de su prestigiosa lengua, contaminada con elementos extraños. Para superar esa tendenciosa dicotomía entre Grecia clásica y Grecia moderna a mí me gusta utilizar la expresión Grecia eterna. Ese es precisamente el título del libro que hoy comentamos.


La Grecia eterna no es un libro reciente. Fue publicado en 1908 y la editorial Renacimiento lo reedita ahora en su colección Los Viajeros con presentación de Aurora Luque. Su autor, Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), fue un personaje peculiar. Nacido en Guatemala, emigró a Europa donde entró en contacto con los círculos literarios de París y Madrid. Fue nombrado cónsul de su país en Francia y llegaría a ser condecorado con la Legión de Honor por su promoción de la cultura francesa y su labor como corresponsal durante la Primera Guerra Mundial. Escritor prolífico, cultivó la ficción, la crítica literaria y, sobre todo, el periodismo. Sus crónicas internacionales, que cubren lugares tan variados como Rusia, Japón, Egipto, China o Palestina le valieron el título de príncipe de los cronistas. Buena prueba del prestigio de Gómez Carrillo es el hecho de que su libro sobre Grecia fuera traducido un año después al francés con prólogo de Jean Moréas, autor del que ya hablamos en otra ocasión en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ. Fue conocido también por su vida bohemia y mujeriega. Estuvo casado, entre otras, con la célebre actriz y cantante Raquel Meller y se le llegó a relacionar con la entrega a las autoridades francesas de la espía Mata-Hari.

Enrique Gómez Carrillo

Cuando Gómez Carrillo viaja a Grecia, en los albores del siglo XX, se encuentra un país que ha experimentado una intensa transformación desde su independencia del dominio turco, apenas setenta años antes, y que todavía no ha alcanzado las fronteras que hoy conocemos. La crónica se inicia cuando el barco en el que navega el autor atraviesa el estrecho de Mesina y se adentra en lo que él llama el mar de la Odisea. Pasa de noche junto a las Islas Jónicas, que apenas se distinguen en la oscuridad, pero le sirven de pretexto para lanzar una primera andanada contra la ciencia alemana, la geografía y la filología, que ponen en duda que la Ítaca actual pueda ser la patria de Ulises.
La geografía es una demoledora de leyendas, casi tan absurda como la filología. Para probar lo que se propone, no sólo ha cambiado el sitio de las islas, de los puertos, de los mares, sino que ha llegado a decir que Ulises, el divino Ulises, encarnación del alma helénica, fue, no un griego, sino un fenicio.
Gómez  Carrillo no viaja solo, lo hace en compañía de un tal Mauricio, que será su interlocutor a lo largo del recorrido y con el que intercambiará opiniones y puntos de vista sobre diversos temas. Una vez en tierra, el trayecto entre el Pireo y Atenas les sirve para descubrir la luz, el cielo y el paisaje del Ática y establecer semejanzas con el de España. Ya en Atenas el autor se sorprende por encontrarse con una ciudad moderna, con un pequeño París, de amplias avenidas y edificios neoclásicos.
¡Atenas, la nueva Atenas que ha resucitado de una muerte milenaria, la Atenas libre, fuerte y docta soñada por Byron, hela aquí! En verdad, yo nunca me la figuré tal cual hoy aparece en mis primeras peregrinaciones callejeras. A fuerza de oír hablar de su esclavitud, la creí vestida a la oriental, con trapos violentos y joyas vistosas.
Es una ciudad elegante, animada, lujosa, limpia, rica y digna. Por ninguna parte un mendigo, ni una tienda sórdida, ni un grupo andrajoso. En este sentido, Roma es más oriental que Atenas.
Atenas es occidental, como una ciudad de Francia, como una ciudad de España.
-Parece -me dice Mauricio- una capital de provincia francesa, poblada por españoles.
La avenida Panepistimíu y la Academia Nacional a principios del siglo XX

La plaza Sίntagma en 1901

Siguen un par de capítulos sobre la raza eterna y el alma nacional, conceptos que nos resultan un tanto trasnochados, pero en los que se apoya el autor para defender la continuidad cultural entre la Grecia antigua y la moderna. Su mente traza fácilmente similitudes entre los griegos actuales y los estereotipos clásicos. El heroísmo demostrado durante la Guerra de Independencia contra los turcos es parangonable a las hazañas de la Antigüedad. En otro capítulo, titulado El alma pagana, insiste en la supervivencia del paganismo en algunos aspectos de la religiosidad moderna: los dioses griegos han traspasado sus poderes e intercambiado su figura con los santos cristianos; Asclepio ha sido sustituido por la Virgen de Tinos.

Como todo viajero occidental Gómez Carrillo se siente atraído por los restos del pasado clásico, pero se acerca a ellos con una mirada distinta a la del arqueólogo, el filólogo o el académico, ante cuyas teorías ya hemos visto que experimenta cierta prevención. La Antigüedad se despoja del frío academicismo universitario y se vuelve más humana y cercana, cuando uno contempla los escenarios donde se desarrolló.
Toda antigüedad, vista desde aquí, se trueca en una época palpitante que nos interesa, no por su impasible y olímpica lejanía, no por su armoniosa blancura de mármol, no por su carácter majestuoso, sino, al contrario, por su vigor, por su intensidad, por su vida. Lo que nuestros doctos profesores nos presentan cual una era sobrehumana, fue la más humana de las eras. Por eso fue la más grande. Por eso sus vestigios, convertidos en reliquias de mármol o en recuerdos de poesía y de aventuras, están más presentes que los vestigios aún no enterrados de siglos cercanos.
En cualquier caso el autor es buen conocedor de la cultura clásica. Sus visitas al Cerámico, Eleusis, Micenas, Epidauro o Corinto, más que minuciosas descripciones de los restos arqueológicos, le suscitan reflexiones diversas sobre las costumbres del pasado, en las que se muestra deudor de ese academicismo que tanto critica. A diferencia de otros viajeros contemporáneos el esplendor de los restos y las leyendas antiguas no eclipsa su curiosidad por otros períodos de la historia de Grecia. Un par de capítulos se ocupan de la literatura medieval, el ciclo de Diyenís, las canciones de los kleftes y las leyendas populares.

Portada de la edición original

Teniendo en cuenta la personalidad de Gómez Carrillo no podían faltar en el libro unas páginas dedicadas a la vida mundana de la capital griega y a las mujeres atenienses, cuya elegancia es equiparable a la de las parisinas. Se siente fascinado por las antiguas figurillas de terracota, las famosas tanagras, en las que encuentra un precedente de la moda femenina de su tiempo. Le llama la atención la bulliciosa vida de los cafés, toda una institución social donde los griegos se reúnen para hablar y discutir desde la mañana a la noche sin apenas consumir.
Venid todos a Atenas si queréis saber lo que es el amor perpetuo del café... Porque aquí no hay horas determinadas para reunirse alrededor de las mesitas de mármol. Desde el amanecer los lugares donde se bebe están llenos de gente. Pero cuando digo se "bebe" me expreso mal. En los cafés griegos no se bebe. Se habla, se discute, se perora. Yo no sé cómo los cafeteros no se arruinan. Cada velador pertenece a un grupo, y en cada grupo hay una persona que pide una copa de raki o una taza de moka. Los demás toman agua clara y pronuncian claros discursos. El interior de los establecimientos, por grande que sea, resulta estrecho para la concurrencia desde las diez o las once de la mañana. Después del almuerzo, las aceras se pueblan de mesitas. El café invade la calle. La charla llena la ciudad.
Café Licurgo de la plaza Mitropóleos en 1907

El libro se cierra con una curiosa reflexión final sobre los motivos por los que algunos viajeros experimentan cierta desilusión al contemplar la Acrópolis y el Partenón. Es el caso de Chateaubriand, Lamartine, Gautier y el propio Gómez Carrillo.
Si existe en el mundo un santuario que no impresiona con la brusca exaltación, es la Acrópolis. [...] La roca del santuario sólo nos inquieta, obligándonos a recogernos para interrogarnos mentalmente y para examinar los motivos de nuestra desilusión momentánea. Porque aunque no siempre queremos confesárnoslo a nosotros mismos, la desilusión existe, la desilusión es una realidad dolorosa.
La Acrópolis es el santuario de Atenea, la diosa de la razón, perfecta y distante. En contra de lo esperado su visión no provoca una emoción inmediata. Por eso el viajero siente esa frialdad cuando se halla frente a su templo y necesita un tiempo para interiorizar su grandeza.
Más tarde, contemplando desde este mi balconcillo lejano la apoteosis del templo en la claridad de la aurora, he llegado poco a poco a comprender la grandeza divina de la pobre columnata en ruinas. Y lo mismo que el gran Renan, he dicho en voz baja, sin exaltarme, mi oración ante la Acrópolis:
"¡Diosa de los ojos verdes, bendita seas!..."
Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico

El libro de Enrique Gómez Carrillo puede parecer anticuado en ciertos aspectos y alejado de nuestra sensibilidad, pero es un testimonio valioso sobre la sociedad griega de la época y los intereses de quienes recorrían Grecia a principios del siglo XX, muy diferentes a los de los visitantes actuales, que rehúyen el bullicio de la capital en busca de pintorescos destinos de sol y playa. Sea como fuere, siempre ha habido, hay y habrá viajeros que acudan a la irresistible llamada de la Grecia eterna.

Otros testimonios interesantes sobre la Grecia de finales del XIX y principios del XX:

domingo, 14 de julio de 2019

Casandra y el Lobo


Casandra es una niña griega de buena familia. Tiene institutrices inglesas y reside en un barrio distinguido de Atenas, junto al palacio real. Observa el mundo de los adultos con mirada infantil, un tanto ingenua.
En el palacio viven el rey, la reina y el resto de la familia. En la puerta grande, para cuidarlos, tienen niñeros con faldas blancas y gorritos arrugados de color rojo. Por todos los alrededores, unos policías relucientes vigilan los muros para que no se escapen ni el rey, ni la reina ni sus hijos. De todas formas a ellos les da exactamente igual, porque tienen un jardín enorme para jugar.
Casandra vive con sus abuelos, miembros de la alta burguesía, que se relacionan con generales, embajadores y poetas. La abuela Safo ejerce de matriarca y su fuerte personalidad eclipsa la de los demás.
Yo no sé de qué barriga he salido. Puede que naciera de la abuela. La abuela ha parido a toda la gente de la casa. Creo que parió incluso al general y, cuando a veces la llamo "papá", le sale hasta bigote debajo de la nariz.
A Casandra todo le parece un juego: la afición a la bebida de la tía Patra, o las tendencias depresivas del tío Jarílaos.
Fui con la abuela a visitar a la tía Patra, que estaba en el hospital. Según entendí, bebía mucho de un jugo amarillo que quemaba. Nosotros también teníamos en el salón, en unas botellas.
Un día el tío Jarílaos desapareció. Lo estuvieron buscando mucho tiempo, hasta que lo encontraron en Batis, en la arena, debajo del mar. Tenía una piedra atada al cuello con un cordel para que no se le perdiera.
Su madre vive en París y la niña pasa temporadas con ella. La figura del padre ausente aparece solo cuando lo onírico y lo imaginario predominan en los recuerdos de Casandra. La cocinera Faní y el camaleónico criado Petros ejercen una influencia especial sobre ella, al descubrirle un mundo opuesto al de la rígida moral de la clase acomodada.

Lo que podría parecer un cuento infantil, por el estilo y la voz narrativa, es en realidad una mirada demoledora sobre la sociedad griega de los años setenta, sobre la infancia, la educación, la injusticia social o los abusos sexuales. Casandra y el Lobo (Η Κασσάνδρα και ο Λύκος) es un libro desconcertante, de fronteras difusas, en el que se confunden lo real y lo imaginario, el sueño y la vigilia, lo lúdico y lo trágico, la demencia y la cordura, el bien y el mal. El contraste entre la sinceridad e inocencia con la que la protagonista presenta sus vivencias y la crudeza de lo que cuenta hacen que el lector se revuelva incómodo en la butaca. Es una sensación parecida a la que experimenté hace unos años al ver en el cine la película Canino de Yorgos Lanthimos. La pequeña Casandra pone en cuestión nuestras certezas de adultos, nos muestra en el espejo a nuestros propios monstruos, nos hace dudar de si el lobo del cuento merece nuestro miedo o nuestra compasión.
Corría a su cuarto con el libro bajo el brazo y se lo tendía con ternura.
El primer dibujo era un lobo que abría la boca y se tragaba siete jugosos cerditos.
Me daba lástima por él. ¿Cómo podía tragarse tantos a la vez? Siempre se lo decía y se lo preguntaba. Entonces él me metía su mano velluda en las braguitas blancas y me tocaba. Yo no sentía nada aparte de calor. El dedo iba y venía y yo miraba al lobo. Jadeaba y sudaba. No me molestaba mucho, la verdad.
Ahora, cuando me acarician, siempre pienso en el lobo y siento lástima por él.
Portada de la edición inglesa de la obra
Margarita Karapanou (Atenas 1946-2008) es la autora de este inquietante libro que fue prohibido en Grecia durante la dictadura de los coroneles y se publicó antes en inglés que en griego. Su madre, Margarita Liberaki, fue una renombrada escritora y dramaturga griega, que vivió buena parte de su vida en París y se relacionó con grandes figuras de la literatura, como Camus o Ionesco. La infancia de la autora transcurrió entre Grecia y París y sirve de inspiración para el mundo recreado en Casandra y el Lobo. En 2017 la editorial Ardicia ha editado la obra en español con una cuidada traducción de Julia Osuna Aguilar.

Margarita Karapanou

domingo, 30 de junio de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (y V): La montaña de los centauros

 τὸν ὀνύμαξε τράφοισα Κένταυρον, ὃς
ἵπποισι Μαγνητίδεσσι ἐμίγνυτ' ἐν Παλίου
σφυροῖς, ἐκ δ' ἐγένοντο στρατός
θαυμαστός, ἀμφοτέροις
ὁμοῖοι τοκεῦσι, τὰ ματρόθεν μὲν κάτω, τὰ δ' ὕπερθε πατρός.

Lo crió y lo llamó Centauro, y él
se unió a las yeguas de Magnesia en las faldas
del Pelión, y surgió un pueblo
admirable, a ambos
progenitores semejante, a la madre por abajo, por arriba al padre.

 Píndaro, Pítica II, 44-48

Es nuestra última mañana en Vergina y bajamos a desayunar, esta vez sí, bien abrigados. La κυρία Anguelikí nos colma de atenciones. Prepara una bolsa llena de provisiones, como si fuéramos a emprender un largo y peligroso viaje. Nos hace un regalo muy especial, una canción tradicional de buenos días, que debemos entonar varias veces hasta que la aprendemos. Nos pide que le escribamos y sale a la calle para despedirse mientras nuestro coche emprende la marcha. En realidad vamos a hacer un recorrido de poco más de 200 kilómetros, desandando parte del trayecto que nos ha traído hasta aquí. Volvemos a pasar a los pies del Olimpo, que sigue mostrándose esquivo, con sus cumbres cubiertas de nubes, y atravesamos de nuevo el valle de Tempe, labrado por las aguas del río Peneo. Penetramos en la llanura de Tesalia para desviarnos poco después hacia la izquierda, en dirección al monte Pelión, esa larga y escarpada lengua de tierra que separa el profundo golfo Pagasético del mar Egeo.

La montaña está salpicada de encantadores pueblecitos, encaramados en la ladera, con su arquitectura característica de casas cúbicas, gruesos muros y tejados a cuatro aguas. Nuestro primer destino son los pueblos de Portariá y Makrinitsa, los más turísticos de la zona, con muchas de sus casonas convertidas en hoteles y abundancia de tiendas, bares y restaurantes en las calles principales. Aprovechando el único terreno llano, la plaza principal se abre al horizonte. Un par de árboles de gigantescas copas sirven para darle sombra. Desde Makrinitsa las vistas del golfo de Pagasas son magníficas. A nuestros pies se extiende la ciudad de Volos, en la que nos vamos a alojar los últimos días de nuestro viaje.

Vista de Volos y el golfo Pagasético

Plaza de Makrinitsa

Seguimos ascendiendo por la carretera hacia las alturas del Pelión. Según la mitología fue en esta montaña donde el impío Ixión se unió a una nube con la apariencia de Hera. Había sido enviada por Zeus para comprobar si se atrevía a consumar su sacrílega pasión. El fruto de esos amores fue Centauro, quien se apareó con las yeguas del Pelión y dio lugar a la estirpe de los seres mitad hombre, mitad caballo. En la más alta de las cumbres se alza hoy un repetidor y en otra se distinguen unas pistas de esquí, cubiertas todavía de nieve.

Iniciamos el descenso por la vertiente que mira al Egeo. La carretera serpentea y va perdiendo altura en una sucesión interminable de curvas. A los bosques de hoja caduca les suceden pequeñas parcelas con frutales, olivos, viñedos y huertos. El mar se divisa más abajo. Llegamos al pueblo de Zagorá, un caserío diseminado en varios barrios, cada uno con su plaza y su iglesia. Nos detenemos en la de Agios Georgios y damos un paseo para recobrarnos del mareo después de tantas curvas. Nos gustaría seguir bajando para explorar los pueblos de la costa, pero todavía queda un trecho de carretera sinuosa. Decidimos dar la vuelta hacia Volos. Mañana tendremos ocasión de descubrir otros rincones de esta hermosa montaña.

Plaza de Agios Georgios en Zagorá

Volos es una ciudad moderna y cosmopolita, de amplias avenidas. La más concurrida es Αργοναυτών, el Paseo de los Argonautas, que discurre en paralelo al mar. La arteria principal por la que circula el tráfico rodado lleva el nombre de Ιάσονος, Jasón. Los nombres no son casuales, ya que Volos es la antigua Pagasas, el puerto desde el que zarparon los Argonautas, al mando de Jasón, en busca del vellocino de oro. La nave Argo se ha convertido en símbolo de la ciudad: decora una fuente en la entrada principal al centro urbano y su silueta está presente en todas las papeleras del municipio.



Nos alojamos en un luminoso y amplio apartamento con vistas a la montaña. El propietario es un agradable profesor de instituto jubilado que nos recibe con una hospitalidad menos bulliciosa que la de nuestra anfitriona de Vergina, pero igual de sincera. Pasamos un buen rato conversando sobre el pasado y el presente de Volos. Para cuando se marcha los rayos del sol han empezado a declinar. Desde la terraza tenemos una buena panorámica de las cumbres del Pelión.


El día siguiente está marcado en el calendario como uno de los más especiales de nuestras vacaciones. Vamos a viajar en el τρενάκι, el viejo ferrocarril de vía estrecha que unía Volos con los pueblos del Pelión. La línea, proyectada a finales del XIX, tenía previsto rodear la montaña y llegar a Zagorá, pero el trazado solo se completó hasta Miliés. Entre 1903 y 1971 el Μουτζούρης, el tiznado de hollín, como lo bautizaron cariñosamente los lugareños, cubrió puntualmente su recorrido. Con la llegada de las carreteras y el automóvil dejaría de funcionar hasta que se volvió a abrir con fines turísticos en 1996. Tan solo circula algunos fines de semana de primavera, así que hemos planificado el viaje para hacer coincidir nuestra estancia en Volos con este sábado de abril. En varios lugares de la ciudad se pueden observar tramos de la antigua vía con dos anchos diferentes: uno para los trenes regionales y otro más estrecho para el τρενάκι. Pero el Μουτζούρης ya no parte desde Volos, sino desde la estación de Ano Lechonia, un pueblo a poco más de diez kilómetros. Cuando llegamos el tren ya espera en el andén con la jefa de estación dispuesta para dar la salida.




Tomamos asiento en uno de los vagones de madera con bancos corridos. Varios grupos de jóvenes en viaje de estudios realizan hoy también la excursión. El tren emprende la marcha y lentamente empieza a ganar altura y a alejarse de la costa. Quizás sea por el traqueteo un tanto hipnótico de los vagones, o por el cielo plomizo que confiere al día una luz especial, o por las laderas cubiertas de olivos y punteadas de cipreses. El caso es que sentimos una emoción especial al ver cómo se va desplegando ante nosotros uno de los paisajes más amables y seductores que hayamos visto nunca en Grecia.



Después de cruzar varios viaductos de piedra el tren hace una parada de veinte minutos en la estación de Ano Gatzea, un pueblecito a medio camino de Miliés.





El trayecto continúa ofreciéndonos magníficas vistas del Pelión y del golfo. Finalmente se divisa el caserío de Miliés, pero antes de llegar hay que atravesar uno de los viaductos más singulares del recorrido, diseñado, como el resto de la línea, por el ingeniero italiano Evaristo de Chirico. Se trata de una estructura de hierro que salva el barranco en línea recta, aunque el tren traza sobre ella una ligera curva.





Desde la estación un sendero desciende hacia la cueva de Quirón. Aunque los centauros se caracterizaban por sus costumbres brutales, Quirón tenía un origen y un talante diferentes. Sus padres fueron Fílira, una hija de Océano, y Cronos, que había adoptado la forma de un caballo para unirse a ella. Quirón destacó por su prudencia, sabiduría y conocimientos médicos. Fue maestro de Aquiles, Asclepio y Jasón, que recibieron sus enseñanzas en estos parajes. Cerca de la cueva donde vivía el centauro se celebraron las bodas de Tetis y Peleo, a las que fueron invitados todos los dioses, excepto Eris, la Discordia. La diosa se presentó en mitad del banquete con una manzana de oro para la más hermosa, desencadenando así el ciclo de leyendas más productivo de la mitología griega.

Entorno de la cueva de Quirón
 


Volvemos sobre nuestros pasos y en veinte minutos de caminata llegamos al centro del pueblo, que nos depara un par de descubrimientos inesperados. Cegados por los encantos naturales de la montaña, sus referencias mitológicas y su pintoresco τρενάκι, se nos habían pasado por alto, a la hora de preparar el viaje, dos tesoros que custodia Miliés. El primero es la iglesia de los Taxiarcas, o de los Arcángeles, que preside la plaza. Su interior está decorado con preciosas pinturas al fresco del siglo XVIII, entre las que destacan las escenas del nártex que representan el juicio final. Cerca de la iglesia está la biblioteca pública, un sencillo edificio que nos han recomendado que visitemos. Subimos unas empinadas escaleras hasta la puerta. En lo alto de la fachada se distingue en letras mayúsculas el lema ΨΥΧΗΣ ΑΚΟΣ, remedio del espíritu. La planta baja es una biblioteca convencional, que ofrece préstamo y consulta de libros. Seguimos por la escalera interior las indicaciones de Ιστορικό Τμήμα, Sección Histórica, y entramos en una amplia sala en forma de U con anaqueles acristalados hasta el techo y algunas vitrinas con libros antiguos expuestos. Le preguntamos a la bibliotecaria sobre el origen de estos fondos y nos explica la fascinante historia de la escuela de Miliés y de su biblioteca ψυχής ἄκος.


A finales del siglo XVIII la población griega de la zona se concentraba en los pueblos del interior, mientras que en las localidades costeras y en la ciudad de Volos se asentaban las guarniciones turcas que ejercían el control del territorio. De Miliés eran originarios Antimos Gazís, Gregorios Kostandás y Demetrios Filipidis, tres figuras destacadas de la renovación cultural griega que siguieron trayectorias paralelas. En metrópolis como Viena, París, Bucarest o Constantinopla se impregnaron de las ideas de la Ilustración y se empeñaron en llevarlas a Grecia para elevar el nivel cultural de sus compatriotas. En 1814 Gazís y Kostandás comprometieron su esfuerzo y su patrimonio personal en la fundación de una escuela en su pueblo natal, que ofreciera un programa educativo superior, basado no sólo en las disciplinas humanísticas, sino también en las ciencias experimentales. Aportaron libros de su propiedad, adquirieron otros nuevos e instrumentos de observación científica, construyeron un edificio como sede de la escuela y convirtieron así a Miliés en el centro de difusión de las ideas ilustradas en Grecia. En 1821 Antimos Gazís izó la bandera de la revolución en la plaza del pueblo, sumándose al levantamiento contra los turcos. Meses más tarde los otomanos retomaron el control de Miliés, se perdieron parte de los fondos de la biblioteca y la escuela se cerró. En 1830 Kostandás regresó y la escuela volvió a funcionar hasta su muerte, acaecida en 1844. En la Segunda Guerra Mundial los alemanes incendiaron el pueblo y el edificio de la escuela quedó destruido. A pesar de tan azarosa historia todavía se conservan en el edificio actual, financiado por una benefactora local, auténticas joyas bibliográficas, como las editiones principes de Aristóteles y Aristófanes, impresas en Venecia por Aldo Manucio en 1497 y 1498 respectivamente, o un ejemplar de la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert. La bibliotecaria nos habla con pasión de todos estos tesoros, despliega ante nosotros mapas de Grecia del XVIII y del XIX y nos muestra con orgullo la bandera que ondeó en la plaza de Miliés en 1821.

Todavía conmovidos por la proeza ejemplar de este grupo de hombres y mujeres, empeñados en difundir y custodiar la luz del conocimiento, reponemos fuerzas en un restaurante de la plaza. Después de elevar el espíritu hay que dar también satisfacción al cuerpo. Cuando se acerca la hora de partir tomamos el camino que conduce a la estación, indicado por unos pequeños carteles de madera que no precisan explicación.


El viaje de vuelta en el Μουτζούρης nos permite gozar de nuevo del cautivador paisaje. Realizo parte del trayecto de pie en la plataforma entre dos vagones, para disfrutar del aire de la montaña y dejarme llevar por el acompasado vaivén del tren. Son ya muchos los rincones que he visitado y las experiencias que he vivido en Grecia, pero esta jornada en el Pelión ocupará sin duda un lugar destacado entre mis recuerdos.


Amanece nuestro último día en Grecia. Nos queda un largo trayecto hasta el  aeropuerto de Atenas, pero el vuelo no sale hasta las diez de la noche, así que aún disponemos de tiempo para visitar algunos lugares. Hemos visto muchas ruinas antiguas durante el recorrido, pero hoy vamos a retroceder más en el tiempo. A poca distancia de Volos están las localidades de Sesklo y Dímini, dos de los asentamientos neolíticos más antiguos de Europa. Sesklo estuvo habitado desde mediados del séptimo milenio a. C. Somos los únicos visitantes en esta mañana de domingo y el vigilante nos acompaña amablemente a través de un pinar hasta la parte principal del yacimiento, mientras nos cuenta que un arqueólogo español estuvo aquí hace poco. Los bordes de la colina donde se asentaba la población han sido socavados por el torrente que corre a sus pies. En lo alto se conservan los restos de la llamada casa del ceramista.

Casa del ceramista
Vista del entorno de Sesklo

El poblado neolítico de Dímini, más reciente, data del quinto milenio a. C. Se distingue claramente una estructura urbana de seis muros concéntricos que delimitaban una serie de corredores y patios entre los que se levantaban las casas. Al pie de la colina se ha excavado un asentamiento de época micénica que se ha identificado con la antigua Yolcos, la patria de Jasón, el lugar donde el usurpador Pelias encontró la muerte a manos de sus propias hijas por instigación de Medea. Hoy domingo solo hay un vigilante en las ruinas, por lo que tenemos que conformarnos con contemplar los restos micénicos desde lejos, a través de la valla. Al menos son accesibles dos tumbas de esta época. Una de ellas ha perdido la cubierta, pero la otra conserva el triángulo de descarga sobre la puerta.

Poblado neolítico de Dímini
 



Las horas van pasando, pero nos resistimos a poner fin a nuestro viaje. Todavía tenemos un lugar señalado en el itinerario, el antiguo emplazamiento de Ptía, la patria de Aquiles y sus mirmidones. Hemos buscado su ubicación en el Atlas Mitológico de Grecia de Pedro Olalla y en el portal ΟΔΥΣΣΕΥΣ del Ministerio de Cultura griego. Sabemos que apenas se conservan ruinas de interés, pero el poder evocador del lugar justifica nuestro desvío. La carretera que bordea el norte del golfo desde Volos empieza a alejarse de la costa. A pesar de que no hay ninguna señalización del sitio arqueológico, el navegador, sin cuya ayuda nos habríamos perdido en más de una ocasión, nos indica que debemos girar a la izquierda por una pista asfaltada. Un poco más adelante tomamos un camino que asciende por la ladera de una colina. Apenas se reconocen las rodadas, cubiertas por hierbas cada vez más altas. Encontramos a un pastor con su rebaño de ovejas y cabras, sentado a cierta distancia. Le preguntamos por las ruinas, pero no parece entender de qué le hablamos. Finalmente aparcamos en una pequeña explanada. Dirigimos la mirada hacia abajo y distinguimos los restos de un teatro, más allá la llanura y al fondo el mar. Ascendemos por la colina y descubrimos, semiocultos por las flores y la vegetación, los muros de la ciudad de Aquiles, el héroe que intercedió por Ifigenia allá en Áulide, donde estuvimos hace unos días, al que educó el centauro Quirón en la cueva que visitamos ayer mismo. La mañana es luminosa. Parece un buen lugar para poner punto y final a este intenso viaje en el que hemos seguido las huellas del mito y la historia.



De camino al aeropuerto volvemos a rodear el monte Otris, a pasar por las Termópilas, a contemplar la costa de Eubea, que acompañó la primera parte de nuestro itinerario. Los recuerdos recientes se agolpan en la memoria, mezclados con cierta amargura por el viaje que termina. Al acercarnos al extrarradio de Atenas nos damos cuenta de que todavía queda bastante tiempo para que salga nuestro avión. Una idea empieza a cobrar forma. Sería una lástima estar tan cerca y no rendir una visita a la ciudad de Atenea. No hace falta pensárselo mucho. La amargura se diluye y deja paso al entusiasmo. Nos metemos de lleno en la vorágine del tráfico de Atenas. Dejamos el coche, por una buena suma de dinero, en un garaje regentado por paquistaníes. El precio bien merece la pena. En unos instantes nos plantamos en uno de los lugares más bellos de Atenas. Caminamos por la colina de las Musas para llegar a la Pnix, la explanada donde se reunía la asamblea, el corazón de la democracia ateniense, donde cualquier ciudadano tenía el derecho de hablar o callar. Para nosotros ha llegado el momento de callar y contemplar en silencio cómo el sol de la tarde hace resplandecer la roca sagrada de la Acrópolis.




 τοὐλεύθερον δ' ἐκεῖνο· τίς θέλει πόλει
χρηστόν τι βούλευμ' ἐς μέσον φέρειν ἔχων;
καὶ ταῦθ' ὁ χρῄζων λαμπρός ἐσθ', ὁ μὴ θέλων
σιγᾷ. τί τούτων ἔστ' ἰσαίτερον πόλει;

  La libertad es eso. ¿Quién quiere a la ciudad
algún consejo útil exponer públicamente?
Y quien eso decide es ilustre, y el que no quiere
calla. ¿Qué mayor igualdad que esta en una ciudad?

Eurípides, Suplicantes 438-441

domingo, 16 de junio de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (IV): Filipo y Alejandro

 διδάξας οὖν αὐτοὺς περὶ τοῦ συμφέροντος
 καὶ παρορμήσας διὰ τῶν λόγων πρὸς τοὺς ἀγῶνας
θυσίας μεγαλοπρεπεῖς τοῖς θεοῖς συνετέλεσεν ἐν Δίῳ τῆς Μακεδονίας
 καὶ σκηνικοὺς ἀγῶνας Διὶ καὶ Μούσαις,
 οὓς Ἀρχέλαος ὁ προβασιλεύσας πρῶτος κατέδειξε

Tras mostrarles su utilidad y exhortarles con sus palabras al combate,
celebró magníficos sacrificios para los dioses en Díon de Macedonia,
y los certámenes teatrales en honor de Zeus y las Musas,
que había instituido Arquelao, quien reinó antes que él.

Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 17, 16, 3.

Díon, la ciudad sagrada de los macedonios, estaba situada a los pies del Olimpo, en la planicie que se extiende entre las montañas y el mar. Aquí se rendía culto a varias divinidades, principalmente a Zeus Olímpico y a las Musas, pero también a Deméter, Dioniso, Ártemis o Afrodita. El rey Arquelao instituyó a finales del siglo V unos juegos atléticos y teatrales que se celebraban periódicamente con una duración de nueve días. En época romana se estableció una próspera colonia de la que se conservan importantes restos. Actualmente Díon es un extenso parque arqueológico con dos zonas bien diferenciadas: los santuarios consagrados a los dioses y la ciudad, rodeada por una larga muralla. La visita al recinto se realiza por unos agradables senderos que permiten recorrer las ruinas, perfectamente integradas en la vegetación y en el paisaje. Llevamos ya tres días en la región del Olimpo, pero las nubes no nos han dejado divisar sus cimas. Poco después de franquear el edificio que da acceso al parque nos giramos para contemplar el panorama. Al fin se abre un claro entre las nubes y podemos disfrutar, por unos instantes, de la visión de las cumbres nevadas de la montaña de los dioses.


Entablamos conversación con un guía turístico que está esperando a un grupo de estudiantes. Al enterarse de que somos españoles nos cuenta que al día siguiente vuela hacia Málaga con otro grupo de adultos para visitar la Costa del Sol. A los griegos siempre les agrada encontrar extranjeros que hablen su lengua, pero cuando uno les explica que enseña además griego antiguo en un instituto de secundaria el asombro es mayúsculo. Casi todos reaccionan con un μπράβο!, esa expresión que ha tomado el griego del italiano para manifestar sorpresa y aprobación al mismo tiempo. Se sienten orgullosos de que su lengua, aunque sea en su forma antigua, sea tan apreciada más allá de sus fronteras.

Iniciamos la visita y, mientras estamos entretenidos leyendo un panel informativo, se acerca el grupo de jóvenes. Vienen desde Miconos y están realizando su viaje de estudios. El guía, antes de empezar la explicación, les comenta que enseño griego antiguo en un instituto de España. Los adolescentes y sus profesores me miran como si fuera un extraterrestre, al tiempo que se empiezan a escuchar varios μπράβο! Un tanto cohibido ante tanta admiración me veo obligado a improvisar unas palabras sobre las bellezas de la isla de Miconos, su museo arqueológico y las ruinas de Delos. Después de desearles un buen viaje proseguimos con nuestra visita.

Un riachuelo surge cerca de las ruinas del templo de Isis. Se trata del río Bafiras, asociado a la leyenda de Orfeo. Aunque la versión más extendida del mito afirma que el célebre músico murió en la región de Tracia, Pausanias recoge otra tradición que sitúa su muerte en las proximidades de esta ciudad de Díon. Las ménades, resentidas con Orfeo porque después de haber perdido a Eurídice rehuía el trato con ellas y no participaba en los rituales de Dioniso, lo asesinaron y despedazaron su cuerpo. Luego intentaron lavarse las manos ensangrentadas en las aguas del Helicón, que descendía desde el Olimpo. Pero el río no quiso ser cómplice de tan horrible crimen y ocultó su curso bajo tierra, para reaparecer precisamente aquí con el nombre de Bafiras.

El río Bafiras y el templo de Isis

Caminamos en paralelo al curso del río hasta llegar a los restos del altar de Zeus, el lugar más destacado del santuario, del que solo se conservan algunos sillares. En este recinto sagrado con vistas al Olimpo Filipo II de Macedonia celebró sus victorias militares, y su hijo Alejandro ofreció magníficos sacrificios al dios supremo, antes de iniciar su expedición a Asia.

El altar de Zeus con el Olimpo al fondo

Cerca del altar, entre los árboles, se distinguen los muros de un teatro de época romana. Un poco más allá, en campo abierto, se levanta el antiguo teatro griego. Estas modestas ruinas pueden presumir de ser el único teatro, junto con el de Dioniso en Atenas, que ha albergado el estreno de alguna obra de los tres grandes trágicos. En los últimos años de su vida Eurípides se retiró a la corte del rey Arquelao de Macedonia y, verosímilmente, representó aquí su obra perdida Arquelao y Las Bacantes. Ifigenia en Áulide, tragedia de la que hablamos al principio de nuestro viaje, también fue compuesta durante la estancia del autor en Macedonia, pero se estrenó póstumamente en Atenas.



Abandonando el espacio de los santuarios se entra en la ciudad propiamente dicha, que solo está excavada parcialmente. La mayoría de los restos son de época romana: unas magníficas termas, calles pavimentadas y lujosas mansiones. Después de recorrer las ruinas hay que acercarse al museo, situado en un amplio edificio fuera del parque, donde se conservan la mayoría de los hallazgos del yacimiento. Entre ellos destaca el gran mosaico que decoraba el triclinio de la llamada casa de Dioniso y un curioso instrumento musical, la hidraulis, precedente último del órgano, que utilizaba un mecanismo hidráulico ideado por Ctesibio de Alejandría para hacer pasar el aire por unos tubos de bronce.

Mosaico de la casa de Dioniso
Hidraulis de Díon

Al final de una mañana tan intensa de arqueología nada mejor que reponer fuerzas disfrutando de una típica comida griega en uno de los restaurantes que hay junto al museo. Desde aquí cogemos el coche para dirigirnos a nuestro próximo destino, unos kilómetros más al norte. Se trata de la localidad de Vergina, un tranquilo pueblo en el corazón de Macedonia, fundado en los años veinte para acoger a refugiados griegos procedentes de Asia Menor. En 1977 se produjo aquí uno de los descubrimientos más sorprendentes de la arqueología. Desde mediados del siglo XIX se habían sucedido las investigaciones en la zona en busca de los restos de la ciudad de Egas, la antigua capital del reino macedonio. Pero hubo que esperar a las excavaciones dirigidas por Manolis Andrónikos para que salieran a la luz las tumbas reales de Filipo de Macedonia y su familia, un hallazgo a la altura de los de Schliemann en Micenas o Howard Carter en Egipto.

Descubrimiento de la tumba de Filipo en las excavaciones de 1977

No hay muchos alojamientos en Vergina, ya que la mayoría de los visitantes vienen en excursiones de un día desde Tesalónica u otras localidades costeras. Nosotros nos vamos a alojar en un αρχοντικό, el equivalente griego de nuestras casas rurales. Una joven empleada nos abre la puerta, pero enseguida aparece la dueña del establecimiento, la Κυρία Αγγελική, una entrañable y bulliciosa anciana que vive en la planta baja de la casa. Antes de realizar cualquier trámite y darnos las llaves de nuestras habitaciones nos invita a sentarnos en la salita para agasajarnos con unos dulces, interesarse por nuestro viaje y entablar una agradable conversación de bienvenida.

A la mañana siguiente tendremos ocasión de comprobar que todo lo que derrocha en simpatía y hospitalidad nuestra anfitriona lo ahorra en calefacción. Somos los únicos huéspedes y nos recibe en el salón-cocina de su casa para ofrecernos un más que generoso desayuno. Ella va bien abrigada con un forro polar, pero nosotros, en mangas de camisa tenemos un poco de frío. A pesar de su cálida conversación y de que improvisa un obsequio para cada uno de nosotros, estamos deseando subir a la habitación para coger una prenda de abrigo. Una vez recuperadas las fuerzas y el calor nos disponemos a visitar el Museo de las tumbas reales de Egas. Es un edificio nuevo que respeta el emplazamiento original de las tumbas y se ha cubierto de tierra para simular el aspecto primitivo del túmulo. En la explanada de entrada hay varios grupos de niños y jóvenes. Estamos en la semana anterior a las vacaciones de Pascua, un período apropiado para las excursiones escolares.

Entrada al Museo de las tumbas reales de Egas

Dentro del museo está prohibido hacer fotografías, así que las que ilustran esta entrada a partir de ahora están tomadas de internet. Nada más franquear el control de acceso llama la atención la oscuridad que reina en el interior, invitando al visitante a tomar conciencia de que accede al espacio de los muertos, al reino de Hades. En contraste, las piezas expuestas están perfectamente iluminadas. Nos recibe una colección de estelas funerarias, algunas en relieve, otras pintadas, que se reutilizaron como relleno del túmulo.


Siguiendo el sentido de la visita nos encontramos con la llamada tumba de las columnas exentas, posterior a la de Filipo, que perteneció a un personaje lo suficientemente importante como para ser enterrado junto a las tumbas reales. Desgraciadamente el enterramiento fue saqueado en la Antigüedad, al igual que la tumba en forma de cofre situada un poco más allá. Aquí se encontraron los restos de un recién nacido y una mujer, que se ha identificado con Nicesípolis, la quinta esposa de Filipo. Lo que no pudieron llevarse los saqueadores fueron las magníficas pinturas que decoraban las paredes de la tumba, uno de los pocos ejemplos que conservamos de la pintura griega antigua. Tres de los muros estaban decorados con escenas que representan el episodio del rapto de Perséfone. En una de las paredes el dios de los muertos rapta a la hija de Deméter en presencia de Hermes, en otra aparece la diosa entristecida por la perdida de su hija, y en la tercera se distingue a las tres Moiras que tienen en sus manos el destino de los hombres. Supongo que por motivos de conservación no se puede acceder al interior de la tumba, así que hay que conformarse con contemplar las pinturas en una fiel reproducción que se expone en el museo.


La siguiente sección está dedicada a la tumba de Filipo II de Macedonia. Unas escaleras descienden hasta la fachada monumental, cuya visión sobrecoge al visitante. En torno a la puerta de mármol dos semicolumnas y un friso dórico que conserva su policromía original. En lo alto otro friso con una escena pintada de cacería, tan del gusto de la realeza macedonia, en la que se ha querido identificar a Filipo y a Alejandro entre los personajes.


Hay que volver a subir las escaleras para recrearse, en la sala principal del museo, en todos los tesoros que se encontraron tras la puerta de mármol que sellaba la tumba. Después de su cremación los restos del rey fueron depositados en un cofre de oro, sobre el que se colocó una corona de roble también dorada. Todo ello se introdujo en un sepulcro de mármol que se hallaba en la sala principal de la tumba. En la antecámara otro sepulcro de mármol, con su cofre y su corona de oro, contenía los restos de otra esposa de Filipo, la princesa tracia Meda, quien, según las costumbres de su pueblo, se suicidó para acompañar a su esposo al Hades. Sobre los sepulcros se colocaron unos magníficos lechos de banquete, adornados con oro, marfil y piedras preciosas. En la estancia principal se encontró la lujosa armadura del rey, decorada con apliques de oro, junto al yelmo, la espada y el escudo, en cuyo centro se representaba en márfil la lucha entre Aquiles y Pentesilea. Esparcidos por el suelo o apoyados en los muros se hallaron los recipientes y utensilios de bronce utilizados en el baño ritual del difunto, y los restos de la pira funeraria.

Sala principal del museo

Cofre y corona de Meda

Resulta impresionante la cantidad y calidad de los objetos que se enterraron con el rey macedonio. Pero quizás lo que más llama mi atención son dos cabezas de marfil de poco más de tres centímetros. Se han identificado como fieles retratos de Filipo y Alejandro. Yo los he visto reproducidos muchas veces en libros de arte, vídeos y páginas de internet, pero no podía imaginarme que fueran tan pequeñas y que formaran parte del conjunto de figuras que decoraba uno de los lechos funerarios.



El museo depara aún una nueva sorpresa al visitante, otra tumba monumental que conserva prácticamente intacta su fachada y su policromía. Aquí fue enterrado Alejandro IV, el infortunado hijo de Alejandro y Roxana, a quien Casandro ordenó asesinar. Los objetos encontrados en el interior de la tumba se exponen en la última sección del museo.

Tumba de Alejandro IV

Un tanto aturdidos todavía por la magnificencia de los hallazgos de estas tumbas reales salimos al exterior, desde la penumbra del Hades a un mediodía luminoso de primavera, del mundo de los muertos al de los vivos. En la parte alta de la ciudad de Egas, sobre una extensa terraza que domina el paisaje circundante, Filipo mandó construir su palacio, un edificio que sirvió de modelo para las residencias de los monarcas helenísticos. Se encuentra cerrado al público, porque se están llevando a cabo labores de restauración y acondicionamiento, pero nos han dicho que en horario de trabajo los operarios permiten a los visitantes echar un vistazo desde fuera. Subimos por un camino de tierra hasta una explanada donde están aparcados varios coches, camiones y furgonetas. Un vigilante nos advierte de que no se pueden hacer fotografías y nos conduce hasta un pequeño andamio, desde el que se divisa la parte principal del palacio, en la que se afanan arqueólogos, restauradores y albañiles. Nos quedamos con ganas de pasear por los patios y contemplar los mosaicos que decoran las habitaciones, pero lo tendremos que dejar para otra ocasión. Descendemos de nuevo por el camino y nos fijamos con más atención en las modestas ruinas del teatro que había en la ladera, a los pies del palacio. Aquí tuvo lugar un suceso que cambió el curso de la historia del mundo antiguo. Mientras se celebraba la boda de Cleopatra, una hija de Filipo, el rey fue asesinado por un miembro de su escolta. En la confusión posterior al crimen el asesino fue ejecutado y Alejandro proclamado rey de los macedonios. Estas gradas, que hoy permanecen mudas al otro lado de la verja que nos impide acceder a ellas, fueron testigos de esos acontecimientos.

Palacio de Filipo en Egas

Teatro de Egas

De vuelta a nuestro alojamiento para descansar un rato me paro a conversar con la señora Anguelikí sobre nuestras visitas de la mañana. Me muestra con orgullo una vitrina que preside el salón de su casa en la que guarda reproducciones de diversos objetos relacionados con Filipo y Alejandro. Habla con emoción del sufrimiento del hijo que tuvo que contemplar cómo asesinaban a su padre en el teatro que acabamos de ver. Para que no merme su admiración por Alejandro me ahorro comentarle las sospechas de que él mismo pudiera estar implicado en el complot. Me enseña después una placa en la que está inscrito el juramento que Alejandro habría hecho en la ciudad babilonia de Opis, abogando por la igualdad de todos los hombres, sin distinción de raza u origen, medidos tan solo atendiendo a su virtud. Para ella Alejandro es casi un santo, un precursor de las ideas de Cristo. En realidad este supuesto juramento es invención de un autor decimonónico que lo incluyó en una novela histórica sobre el macedonio que tuvo cierta difusión en Grecia. La actitud de nuestra anfitriona es una muestra del magnetismo que sigue ejerciendo la figura de Alejandro, exaltada por el nacionalismo griego más allá de su dimensión histórica.

Siguiendo las huellas de Alejandro visitamos por la tarde otro lugar realmente emotivo a unos kilómetros de Vergina, el Ninfeo de Mieza. Aquí un Alejandro adolescente, antes de convertirse en rey y dar inicio a su leyenda, recibió durante dos años, junto con otros jóvenes de la nobleza macedonia, las enseñanzas de Aristóteles, el filósofo con cuyo rastro nos encontramos en Calcis al principio de nuestro viaje. Una estatua del estagirita se alza cerca del lugar donde aparcamos el coche.


Hay que caminar unos metros junto a un río, en medio de una vegetación exuberante, para llegar al Ninfeo, un espacio consagrado inicialmente a las ninfas que eran adoradas en unas cuevas excavadas en la roca. En torno a ellas se levantaron pórticos y otras construcciones. Todavía hoy se pueden distinguir en la roca originaria las marcas de la techumbre de los edificios. No cuesta imaginar al filósofo impartiendo sus enseñanzas mientras pasea con sus escogidos discípulos, o se sientan en los bancos de piedra.




Después de recrearnos en este idílico paraje todavía tenemos tiempo de acercarnos al antiguo teatro de Mieza. El mar tenía que ser visible desde aquí hace dos mil trescientos años, cuando los sedimentos fluviales no habían cubierto la llanura que se extiende ante nosotros. Sentados en las gradas, mientras el sol va poniéndose a nuestras espaldas, dirigimos la mirada hacia el este. Es el mismo paisaje que debió contemplar Alejandro con trece o catorce años, sin sospechar quizás que, poco después, sus pasos le llevarían en esa dirección hasta los confines del mundo conocido por los griegos.



Σχολὴν μὲν οὖν αὐτοῖς καὶ διατριβὴν τὸ περὶ Μίεζαν Νυμφαῖον ἀπέδειξεν,
ὅπου μέχρι νῦν Ἀριστοτέλους ἔδρας τε λιθίνους καὶ ὑποσκίους περιπάτους δεικνύουσιν.

Así que les concedió como escuela y lugar de estudio el Ninfeo junto a Mieza,
donde todavía ahora se muestran los asientos de piedra de Aristóteles y sus paseos a la sombra.

 Plutarco, Alejandro 7, 3.