DIDASKALOS

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martes, 2 de febrero de 2016

Un par de motivos clásicos en marcas comerciales

Hace tiempo que no hablamos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ de la pervivencia de motivos clásicos en los nombres de comercios, productos o empresas, un tema que hemos tratado ya en varias ocasiones (Pervivencia grecolatina en las calles de Tomelloso, La sal de la mitología, CAESAR AVGVSTA, Una Odisea gótica, Más comercios..., Unas letras muy comerciales, Peluquerías mitológicas, Más comercios y empresas...). Hoy traemos un par de ejemplos nuevos, uno tomado del mundo del cine y otro de la cosmética.

Es habitual que al principio de las películas aparezca una breve secuencia con el logo de la empresa productora o distribuidora. Son todo un símbolo de la historia del cine las grandes letras iluminadas por focos de la 20th Century Fox, o el león de la Metro Goldwyn Mayer con la inscripción latina Ars Gratia Artis rodeando su cabeza, por poner sólo dos ejemplos. Hace poco que me sorprendió en una sala de cine el logo de la productora norteamericana TSG Entertainment. Se trata de una recreación animada por ordenador de la célebre prueba del arco del canto XXI de la Odisea.


Al principio de secuencia se adivinan al fondo varios elementos arquitectónicos y una mujer, Penélope, observando cómo Odiseo tensa su arco para atravesar las doce hachas dispuestas en línea. La empresa TSG Entertainment surgió a finales de 2012 y escogió este motivo para reflejar la precisión de la visión de la compañía y el carácter de las películas que representa, según se comenta en la página del equipo creativo responsable del logo.



APIVITA es una marca de cosmética natural, cuyos productos se pueden encontrar habitualmente en farmacias. Su nombre está formado a partir de dos palabras latinas, apis (abeja) y vita (vida), pero lo que resulta más llamativo es su logotipo, que reproduce una conocida pieza de la orfebrería minoica que se conserva en el Museo Arqueológico de Iraklio, en Creta.


Consultando la página web de APIVITA para preparar esta entrada me he enterado de que es una empresa griega, fundada en los años 70 por dos jóvenes farmaceúticos, y que se inspira en el legado del padre de la medicina, Hipócrates de Cos, y en la biodiversidad de la naturaleza griega. En este sentido la compañía colabora activamente en el proyecto del Jardín Botánico de Hipócrates en la isla de Cos.

El célebre colgante de oro con las dos abejas que sujetan entre sus patas un objeto circular fue hallado en el palacio cretense de Malia y es una de las piezas más destacadas del arte minoico. Rebuscando entre los recuerdos de un viaje a Creta que hice hace casi veinte años he encontrado la entrada del Museo de Iraklio y el folleto explicativo del recinto arqueológico de Malia.
 


lunes, 11 de enero de 2016

Me gustaría

Aunque el título de la entrada pueda sugerir una serie de deseos y buenos propósitos para el año recién estrenado, se trata de un libro de relatos de la escritora griega Amanda Mijalopulu, publicado en español por la editorial barcelonesa Rayo Verde con traducción de Mercè Guitart.


Amanda Mijalopulu (Atenas 1966) ha publicado varias novelas, libros para niños y recopilaciones de relatos. La que hoy comentamos, Me gustaría (Θα ήθελα), data de 2005 y no es una colección al uso, sino que tiene mucho de experimental. Las trece historias que integran el volumen, aunque a priori puedan parecer independientes, están conectadas entre sí. Uno de los placeres de la lectura del libro consiste en ir descubriendo poco a poco esas conexiones. Al principio son objetos que se mencionan como de pasada (una boina roja de mujer, un gato de porcelana que se rompe), gestos o frases aparentemente intrascendentes que se repiten en varios relatos y acaban por convertirse en motivos recurrentes. A medida que se avanza en la lectura resultan reconocibles también los rasgos de algunos personajes que, sin ser exactamente los mismos, recorren transversalmente las historias. El relato final Me gustaría (versión orquestal) recoge todos los elementos dispersos a lo largo del libro. No se trata, sin embargo, de una única historia contada de manera fragmentaria o desde distintos puntos de vista, sino más bien de distintas versiones de una misma novela que no está escrita. O, mejor aún, la biografía de los relatos y de su autor inventado, como señala Amanda Mijalopulu en la nota aclaratoria que cierra el libro.

Amanda Mijalopulu

Espero no haber revelado más de lo necesario a quien esté interesado en leer esta sugerente y polimórfica colección de relatos. Aprovecho para desear lo mejor en este año que comienza a todos los seguidores y visitantes ocasionales de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ.

Portada de la edición griega de Me gustaría

martes, 22 de diciembre de 2015

Un español en Grecia durante la Primera Guerra Mundial

Acabo de leer De París a Monastir, la crónica del viaje que emprendió en octubre de 1915, en plena guerra mundial, un joven reportero catalán, Agustí Calvet, más conocido por su seudónimo Gaziel. Calvet había nacido en 1887 y cuando estalló la Gran Guerra se encontraba en París ampliando sus estudios de filosofía. Las notas en las que recogía sus impresiones sobre cómo la guerra iba transformando la ciudad del Sena acabarían convirtiéndose en una serie de artículos que aparecieron en La Vanguardia y que serían más tarde recopilados con el título Diario de un estudiante en París. El tono y el estilo de las crónicas de Gaziel conectaron enseguida con los lectores y se publicaron en el rotativo barcelonés nuevas entregas de sus artículos. A mediados de 1915 la atención informativa se desplazó al frente balcánico, tras la invasión de Serbia por parte de los Imperios Centrales y el envío de ayuda militar por parte de Inglaterra y Francia a través de Grecia. Hacia allí dirigió sus pasos Gaziel para escribir una nueva serie de reportajes que conforman el libro que hoy comentamos. 

Agustí Calvet, Gaziel (1887-1964)

El desembarco de la fuerza expedicionaria francobritánica en Salónica había sido alentado por el primer ministro griego Elefcerios Veniselos, pero acabaría por desencadenar una grave crisis política, ya que el rey Constantino I, de tendencia germanófila, se opuso a esta decisión y destituyó a Veniselos. En este contexto Gaziel sale de París y se traslada a Barcelona, donde toma un barco que le lleva a Italia. En Nápoles se embarca en el Adriatikós, uno de los pocos buques que se atreven a hacer la travesía hasta Grecia, a pesar de la amenaza de los submarinos alemanes.

Veniselos despachando con el rey Constantino I

Como tantos viajeros occidentales Gaziel se dirige a Grecia deslumbrado por el esplendor de su antigua cultura y, al mismo tiempo, esperando hallar cierto exotismo oriental. El choque entre estas ideas preconcebidas y la realidad con la que se encuentra harán que su visión del país heleno, sus ciudades y sus gentes no resulte siempre positiva. Tras desembarcar en Patras y trabar amistad con un pintor y arqueólogo danés, buen conocedor de Grecia, que le acompañará el resto del viaje, Gaziel toma un tren hacia Atenas. Estas son sus primeras impresiones de la capital griega:
La llegada a Atenas produce un desengaño en cierto modo abrumador. El contraste que se experimenta, al viajar por Grecia, entre el cúmulo de recuerdos, imaginaciones y reminiscencias clásicas que acompañan por dentro al turista, y la cruda realidad que le rodea por fuera alcanza en Atenas su grado máximo. Al descender del tren el viajero se queda aturdido y como si acabara de ser víctima de un error de itinerario y, en lugar de hallarse en Grecia, se encontrara en el más moderno e infantil de los estados recientes. (...)
Una temperatura sofocante, insoportable, en pleno mes de noviembre. Avenidas y calles rectilíneas, anchas, inundadas de sol. Torbellinos de polvo en las encrucijadas abiertas a todos los vientos. Sequedad, apatía, modorra. Y un montón interminable de edificios blancos, nuevos, monótonos, todos iguales y sin carácter alguno, que parecen construidos a destajo y por docenas: he ahí lo que encuentra el viajero al llegar a Atenas con la imaginación repleta de partenones, ágoras, propileos, gimnasios, teatros, ninfas y victorias aladas.
Panorámica de Atenas a principios del siglo XX

A pesar del desencanto del autor hay un elemento que cautiva a cualquier viajero que llega a Grecia, por muchos prejuicios que lleve en la maleta. Se trata de la belleza y luminosidad de su cielo, elogiada por Gaziel en repetidas ocasiones.
Solo una cosa, como ya he dicho, ha permanecido inalterable en Atenas: la transparencia portentosa del aire y la divina refulgencia del espacio. Al subir a la Acrópolis, es infinitamente mejor que contemplar los restos mutilados del Partenón, esparcir los ojos por el vasto panorama, hacia las cumbres rosadas del Himeto o a lo largo del camino de Eleusis, por donde llegaban antaño las claras procesiones de las Panateneas.
Durante el tiempo que pasa en Atenas Gaziel toma el pulso a las calles de la capital y a su convulsa situación política, llegando a entrevistarse con el depuesto Veniselos y con algún que otro cargo del nuevo gobierno. Pasados unos días se embarca en un vapor que le lleva a Salónica, ciudad que se había incorporado tan sólo dos años antes al estado griego y que conserva todavía buena parte de esa fisonomía oriental que cautiva al viajero que llega desde el otro extremo del Mediterráneo.
A la caída de la tarde llegamos frente a Salónica. La aparición de la ciudad es sorprendente. El haz apiñado de su caserío está extendido en cuesta suave, sobre la falda de los montes que bordean el mar. A lo largo del muelle, los barrios modernos ostentan sus edificios antipáticos, de "estilo europeo", grandes, incoloros, donde están instalados los hoteles cosmopolitas y los cafés pretenciosos. (...) Pero alzamos los ojos por encima de la apariencia cercana del puerto, y Salónica se nos muestra en seguida con su penetrante melancolía oriental.
A medida que van subiendo por la cuesta del monte las casas se vuelven más pequeñas y humildes, más viejas, y van cerrando puertas y ventanas hasta quedar reducidas a cuatro muros espesos, con una sola puerta en la calle y un tragaluz bajo el alero, aisladas unas de otras y sumergidas en la paz de un grave y triste recogimiento. Desde el puerto se divisa a maravilla el ondular de los tejados amarillentos y las blancas azoteas. Por encima del caserío, salpicando aquí y allá su superficie, descuellan o asoman las moles de treinta mezquitas, con sus cúpulas abombadas y sus minaretes. A la luz del crepúsculo, su tono mate pálido contrasta con las masas aterciopeladas y hondas de cipreses, que se alzan en la lejanía, hacia los inmensos cementerios israelitas y turcos que bordean la villa, como lagos de silencio.
Vista de Salónica desde el mar

Al ambiente ya de por sí cosmopolita de la ciudad se suman los oficiales ingleses y franceses de las tropas acampadas en los alrededores. Gaziel visita los campamentos aliados y contempla nuevos desembarcos de tropas. Dedica también unas páginas a los judíos sefarditas de Salónica, en las que el autor deja traslucir ciertos prejuicios antisemitas.

Soldados extranjeros en las calles de Salónica

En la última parte del libro Gaziel emprende un arriesgado viaje en coche a través de las montañas de Macedonia, con la intención de llegar hasta Monastir -la actual Bitola en la Macedonia exyugoslava-, último reducto de la resistencia serbia ante el avance de los búlgaros, aliados de los Imperios Centrales. En este trayecto se topará con toda la crudeza del drama de los refugiados macedonios y serbios que cruzan la frontera hacia Grecia huyendo de los horrores de la guerra.
Los nuevos fugitivos serbios brotaban a oleadas. Los que venían delante eran en su mayoría hombres de aspecto montaraz, demacrados, barbudos, descalzos, armados algunos con largas picas de boyero (...). Después vimos acercarse una caterva de ancianos y mujeres, cargados de chiquillos que se les agarraban a los brazos y al cuello o se mantenían encaramados a racimos sobre sus espaldas: todos sucios, famélicos, abrumados de sueño o tiritando de frío. 
Es inevitable no encontrar paralelismos con la crisis actual de los refugiados que intentan desesperadamente llegar a Grecia procedentes de Oriente Medio, escapando de la barbarie y de la guerra que se han adueñado de sus países.

Llegada de refugiados a las costas griegas

A pesar de que se le puedan achacar ciertos defectos, Gaziel consigue hilvanar en De París a Monastir un atractivo relato, a caballo entre la crónica de viajes y el reportaje periodístico. Es cierto que se deja llevar con demasiada frecuencia por los tópicos al hablar de italianos, franceses, ingleses o judíos, y que comete algún error sorprendente, como cuando sitúa la batalla de Maratón al sur del Peloponeso. Pero la prosa de Gaziel nos atrapa con sus brillantes descripciones de paisajes y su colorida caracterización del ambiente de las ciudades, que sabe salpicar con jugosas anécdotas. Ya en la parte final del libro nos transmite su sincera conmoción ante la desgracia de la que es testigo. De París a Monastir, publicado por Libros del Asteroide con prólogo de Jordi Amat, nos ofrece en suma un interesantísimo testimonio de la Grecia de principios del siglo XX a los ojos de un joven periodista catalán.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El dios Baco de crucero por el Egeo

Hace ya unos meses que hablamos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ del primer volumen de la serie Baco, que publica en español la editorial Astiberri y cuyo autor es el dibujante y guionista Eddie Campbell. Hoy comentamos el segundo volumen, que recoge los episodios aparecidos originalmente entre 1986 y 1999, reunidos en su día en dos tomos con los títulos Doing the Islands with Bacchus y The Eyeball Kid. One man show.


El punto de partida de la obra es que algunos dioses y personajes mitológicos de la antigüedad siguen vivos en pleno siglo XX, aunque permanecen en un discreto anonimato, conservando parte de sus poderes y arrastrando sus rivalidades y cuentas pendientes hasta el presente. Si en la primera parte el dios Baco, que da título a la serie, cedía parte de su protagonismo a otros personajes para construir una trama cercana al género negro, en este segundo volumen su figura juega un papel central. Emprende un crucero en yate por las islas griegas junto a su inseparable Simpson, un antiguo profesor de literatura en Oxford, y el dios Hermes, presentado aquí como un superhéroe cuya misión es recuperar las almas escapadas del Hades.


A lo largo del viaje Baco va evocando, entre botella y botella de vino, diversos personajes y episodios de su dilatado pasado, aportando su peculiar visión de algunas de las historias más conocidas de la mitología clásica. Leyendas como la Cosmogonía o la Atlántida, dioses, héroes y demás criaturas, como Hefesto, Sísifo o el Minotauro desfilan por las páginas del cómic.


Pero los recuerdos del dios del vino no se limitan a la antigüedad clásica. Su memoria se recrea también en épocas posteriores, como cuando a finales del siglo XVII asistió al monje Dom Pérignon en el proceso de elaboración de las primeras botellas de champán, descubrimiento que le costaría literalmente un ojo de la cara. La nostalgia, la ironía y el sentido del humor se mezclan en todas estas anécdotas relatadas por Baco con deleite al calor del vino en la cubierta de un barco, en la terraza de una taberna o en un islote deshabitado perdido en medio del Egeo.


Al final del libro vuelve a desaparecer la figura de Baco y se retoma la trama que quedó aparcada en el primer volumen, la delirante historia del Niño Ojos, descendiente del legendario Argos, y sus ambiciosos rivales, los hermanos Telquines.



La editorial Astiberri ha publicado ya un tercer volumen con la continuación de la serie. Veremos cuál es el curso que sigue esta historia, a la que no se puede discutir la originalidad de su planteamiento y un profundo conocimiento del mundo clásico.



miércoles, 28 de octubre de 2015

Mantenerse en pie

Hace poco me encontré en youtube con este vídeo ambientado en un cafenío de Creta. Varios parroquianos juegan al tavli o leen la prensa, mientras se escucha en el televisor al candidato de un nuevo partido lanzar sus soflamas electorales. En un rincón se sienta un hombre vestido de negro con expresión seria y mirada concentrada. De repente se abre la puerta del local y entra el candidato con su comitiva electoral repartiendo propaganda. El hombre de negro se niega a darle la mano, se pone en pie, aprieta los puños con rabia, cierra los ojos y... empieza a bailar. 
El personaje me recordó de inmediato al capitán Mijalis, el protagonista de la novela de Casandsakis que comentamos en la entrada anterior. Ambos van vestidos de negro y encubren con su silencio una rabia concentrada. Su indignación no se expresa con palabras y parecen recibir de la tierra una fuerza fuera de lo común.
Los autores e interpretes de la canción son Leonidas Balafas y Yorgos Nikiforu Servakis.


Να σταθώ στα πόδια μου

Μοιάζω με βομβαρδισμένο τοπίο
με ένα στιχάκι που είναι μουτζουρωμένο
στης ζωής το τελευταίο θρανίο
και με πουλί ξενιτεμένο...

Έχω πείσμα και γερό το στομάχι
σαν το Παύλο με την κάλπικη λύρα
την αγάπη που έχω δώσει δε πήρα
έτσι το θέλησε η μοίρα....

Άντε να σταθώ στα πόδια μου
μετά από τόσα χτυπήματα
έχω ξεχάσει τα βήματα
μα δε με παίρνει να πώ δε μπορώ
πρέπει να μπώ στο χορό...

Μες τον κόσμο μεγαλώνω τον άπονο
ποιός στ΄αλήθεια πέρνει αυτό που του αξίζει
δε το θέλω μα μου βγαίνει παράπονο
γιατι η ρόδα δε γυρίζει...


Mantenerme en pie

Parezco un paisaje bombardeado,
un verso emborronado
en el último pupitre de la vida
y un pájaro emigrado...

Soy terco y duro de estómago, 
como Pablo con la falsa moneda, 
el amor que he dado no lo recibí, 
así lo quiso el destino...

¡Venga! Voy a mantenerme en pie,
después de tantos golpes
he olvidado los pasos,
pero no puedo decir que no soy capaz,
debo entrar en el baile...

Envejezco en un mundo cruel.
¿Quién de verdad alcanza aquello que merece?
Sin quererlo me sale una queja
porque la rueda no gira...

lunes, 5 de octubre de 2015

El Capitán Mijalis. Libertad o muerte

La editorial Cátedra ha publicado en los últimos años, en su prestigiosa colección de bolsillo Letras Universales, varios títulos del escritor griego Nicos Casandsakis (Nίκος Καζαντζάκης, transcrito habitualmente Kazantzakis o Kasantzakis). Todos ellos han sido traducidos y editados con mimo por Carmen Vilela Gallego, de cuyo trabajo como traductora de otro autor griego, Emmanuil Roídis, ya hemos hablado en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ (Relatos de Siros y Paseos por Atenas).


El primero de los libros de Casandsakis aparecidos en Cátedra fue la novela que comentamos hoy, El Capitán Mijalis. Libertad o Muerte (Ο Καπετάν Μιχάλης. Ελευτερία ή Θάνατος). Le siguió Informe al Greco, las memorias del autor dirigidas al célebre pintor cretense. Este mismo año ha llegado a las librerías La Última Tentación, otra de las novelas de Casandsakis.
Sin duda Nicos Casandsakis, el creador del personaje de Alexis Zorba (o Zorbás), es el novelista griego más conocido dentro y fuera de Grecia. Sus obras han sido traducidas a diversas lenguas y han inspirado versiones cinematográficas que las han hecho todavía más populares. Nació en 1883 en Creta, cuando la isla todavía pertenecía al imperio turco. Posteriormente abandonaría su tierra para seguir estudios en Atenas y su peripecia vital lo llevaría por buena parte de Europa. Son precisamente sus primeros años de infancia en Iraklio -llamada entonces Megalo Castro, y antes Candía por los venecianos- los que evoca y novela en El Capitán Mijalis.

Nicos Casandsakis

La novela toma su nombre del propio padre de Casandsakis, un hombre adusto y severo con el que mantuvo una distante relación, y que le sirve de inspiración para la figura del protagonista. El capitán Mijalis no es un personaje que despierte las simpatías del lector y con el que resulte fácil identificarse. Es huraño, brutal, de pocas palabras, despótico con las mujeres de su casa. Llega incluso a prohibir a su hija de doce años que aparezca ante él cuando se da cuenta de que le empiezan a apuntar los pechos. Sin embargo, bajo esa coraza de fiereza se esconde un hombre atormentado, incapaz de canalizar sus pasiones de forma racional, obsesionado hasta casi la locura por la atracción que siente hacia la circasiana Eminé, la esposa de un notable turco.

Pero El Capitán Mijalis no es la historia de un sólo personaje. Es más bien una novela coral, cuyo verdadero protagonista es el pueblo de Megalo Castro, los habitantes de Creta que pululan por sus páginas, todos con su historia personal, desde el bajá y el obispo, máximos representantes de la comunidad turca y griega respectivamente, hasta Barbayanis, el vendedor de sorbetes, o Efendina, el asceta musulmán asediado por las tentaciones, pasando por Títiros, el maestro pusilánime, el señor Paraskevás, barbero de Siros, las Fucaritas, tres hermanas gemelas apostadas siempre tras los postigos para cotillear, o el viejo Sífacas, padre del capitán Mijalis, que ha rebasado la barrera de los cien años. Se podría decir que, en torno a un argumento central, El Capitán Mijalis está construida como un mosaico de pequeñas novelas, de vidas que se entretejen y hunden sus raíces en los recuerdos de infancia del autor, como confiesa el propio Casandsakis en una carta de 1949:
Estoy inmerso en El Capitán Mijalis. Intento dar vida al Iraclio de mi infancia. ¡Qué emoción, qué gozo, y, al mismo tiempo, qué responsabilidad! Porque miles de personas ya muertas acuden a mi recuerdo y reclaman un pequeño lugar al sol, dos o tres líneas, una palabra amable. Saben que no tienen otra posibilidad de resurrección. ¿Quién va a escribir sobre ellos? Incluso sus hijos y nietos los han olvidado.


Vistas antiguas de Megalo Castro (Iraklio)

El contexto histórico de la novela es la rebelión de 1889, uno de los últimos intentos de los griegos cretenses por liberarse de la dominación otomana e incorporarse al estado griego. El autor fue testigo de estos acontecimientos cuando apenas contaba seis años. Probablemente la intención primera de Casandsakis fue ensalzar los valores heroicos de la lucha por la independencia, la entrega a la causa de la libertad de unos hombres duros, de firmes convicciones, fuertemente vinculados a su tierra. Pero uno no puede dejar de leer la novela sin una sensación agridulce al comprobar cómo la convivencia relativamente apacible de las dos comunidades, griegos y turcos, que se mantuvo durante varios siglos, se va enrareciendo hasta desembocar en los sangrientos enfrentamientos de una violencia extrema descritos en la obra. En este sentido resulta revelador el estudio del profesor Bádenas de la Peña que precede a la novela, donde se describe el proceso de construcción del mito identitario de la nación griega en el marco de los ideales nacionalistas excluyentes que surgen en la Europa del siglo XIX. Acompañan a este ensayo una completa introducción a la vida y obra del autor, a cargo de la traductora, y un prólogo de Pátroclos Stavru, antiguo administrador de los derechos de Casandsakis, sobre la génesis de la novela.

Retrato de un guerrillero cretense, el Capitán Kórakas
 El Capitán Mijalis despertó desde su publicación en 1950 reacciones enfrentadas. Algunos lo saludaron como una encendida defensa de los valores patrióticos, mientras que otros acusaron al autor de antipatriota y ateo. Lo cierto es que la novela admite varias lecturas y Casandsakis deja abierta la puerta a diversas interpretaciones. Es el lector quien, tras el truncado grito final de Libertad o muerte, deberá sacar sus propias conclusiones.

Bandera antigua con el lema de la rebelión contra los turcos

domingo, 21 de junio de 2015

Tomelloso y el mundo micénico

Los micénicos o aqueos fueron un pueblo de origen indoeuropeo que llegó a Grecia en torno al año 2.000 a. C. y desarrolló una floreciente civilización entre los siglos XV y XII antes de nuestra era. La mayoría de las leyendas épicas de la mitología griega, transmitidas por poetas y dramaturgos, remontan en última instancia al glorioso pasado de los tiempos micénicos. El nombre de micénicos les viene por el principal yacimiento de esta civilización, la ciudadela fortificada de Micenas en el Peloponeso, excavada por el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann a finales del siglo XIX.

Micenas
Lo primero que llama la atención cuando uno se aproxima a Micenas son sus imponentes murallas, construidas con enormes bloques de piedra, que los antiguos creían que sólo los poderosos Cíclopes habrían sido capaces de mover. La monumental puerta de entrada es la imagen más conocida de la ciudad. Está coronada por un relieve triangular, en el que dos leones que han perdido sus cabezas se alzan a los lados de una columna minoica, símbolo probablemente del poder del soberano.

Puerta de los leones de Micenas
 Hace ya más de diez años que el destino me trajo a Tomelloso, un pueblo de la provincia de Ciudad Real. Y cuando digo destino no me refiero al fatum de los romanos ni a la ἀνάγκη o τύχη de los griegos, sino al destino asignado en el concurso de traslados de profesores de secundaria. Punto de parada obligado para el recién llegado es la plaza de España. Allí se encuentra el edificio más singular de la localidad, la Posada de los Portales, un antiguo albergue para viajeros y caballerías típicamente manchego.

Posada de los Portales
En otro de los lados de la plaza se levanta el Ayuntamiento y en su fachada hay un elemento que, en cuanto lo vi, me recordó a la lejana puerta de los leones de Micenas: el escudo de Tomelloso, símbolo del poder municipal, aparece aquí también flanqueado por dos leones, que conservan en este caso su melenuda cabeza.



Ayuntamiento de Tomelloso
 Volviendo a Micenas, cuando uno atraviesa la puerta de la muralla se encuentra a la derecha con un espacio circular delimitado por losas de piedra. Allí Schliemann excavó las tumbas de varios reyes que habían sido inhumados con un lujoso ajuar y con la cara cubierta por una máscara de oro. El arqueólogo alemán bautizó como máscara de Agamenón la que presentaba los rasgos más definidos.

Máscara de Agamenón
 Los micénicos tuvieron otro tipo de enterramiento más monumental que construían fuera de las murallas. Se trata de los tolos (θόλοι) o tumbas circulares, de los que se pueden encontrar numerosos ejemplos por toda Grecia. El más conocido es el tesoro de Atreo en Micenas.

Tesoro de Atreo
Al final de un pasillo (δρόμος) y tras una puerta monumental se entra en una cámara circular cubierta por hileras de piedras en saledizo, que conforman lo que en arquitectura se conoce como falsa cúpula.


Interior del Tesoro de Atreo
En la comarca de Tomelloso hay un tipo de construcción característica que recuerda, salvando las distancias, a los tolos micénicos. Son los llamados bombos, que no tenían un uso funerario, sino que se utilizaban como alojamiento temporal de pastores y labradores cuando debían pernoctar fuera de la localidad dedicados a las tareas agrícolas. Están construidos en piedra sin argamasa y en su interior, de planta circular o elíptica, albergaban espacio para guardar los aperos de labranza y alojar al agricultor junto con sus animales de tiro. En el Museo del Carro de Tomelloso se construyó a finales de los años 60 un bombo de grandes dimensiones, pero son muchos los que se pueden encontrar por toda la comarca, unos en ruinas y otros todavía en uso.

Bombo del Museo del Carro


Bombos en los alrededores de Tomelloso

Evidentemente los bombos son construcciones muy diferentes a los tolos micénicos, pero cuando entré por primera vez en el bombo del Museo del Carro y levanté la vista, de nuevo mi imaginación voló hasta la lejana Micenas, al interior del tesoro de Atreo. Y es que en los bombos se utiliza el mismo sistema de hileras de piedras en saledizo que empleaban los micénicos para conseguir el efecto de falsa cúpula.


Interior del bombo del Museo del Carro

Interior de un bombo en ruinas

Para los interesados en saber algo más sobre los micénicos termino esta entrada con una presentación que preparé hace ya algunos años para mis alumnos.