DIDASKALOS

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martes, 5 de abril de 2016

De nuevo en Pompeya

Ha llovido mucho desde que, con una mochila a cuestas y 25 años menos a las espaldas conocí Pompeya. En ese mismo viaje visité Grecia por primera vez y llegué hasta Estambul, para regresar a España a través de una Yugoslavia que todavía no se había desmembrado por la guerra. Desde entonces no sólo han cambiado las fronteras de Europa, sino también la forma de viajar, aunque sigue existiendo el billete Interrail, que me permitió recorrer el sur de Europa en tren durante un mes en el verano del 90.
Esta Semana Santa he tenido ocasión de regresar a Pompeya en un viaje familiar, pasear de nuevo por sus calles, en las que parece que el tiempo se ha detenido, y entrar en las domus de los antiguos romanos, donde da la impresión de que sus moradores acaban de salir dejándose la puerta abierta. Pocas ruinas romanas sorprenden tanto como Pompeya, donde no sólo las viviendas, sino también los comercios y muchos edificios públicos se mantienen casi intactos.




Cualquier visita a Pompeya se quedaría incompleta sin recorrer las salas del Museo Arqueológico de Nápoles, donde se guardan buena parte de los objetos y obras de arte allí descubiertos, a las que se añaden las monumentales esculturas de la colección Farnese y los magníficos bronces de la Villa de los Papiros de Herculano.






Herculano no es tan grande como Pompeya, pero sus ruinas no son menos sorprendentes. En mi anterior viaje pasé de largo por su estación de ferrocarril, pero ahora no he perdido la ocasión de visitarlo. La erupción del Vesubio en el año 79 d. C. selló y sepultó la ciudad bajo más de 20 metros de material volcánico. Sólo unas cuantas manzanas de la antigua ciudad han salido a la luz, el resto se ha excavado parcialmente mediante túneles. Llama la atención la mayor altura de los edificios aquí conservados, en los que todavía se pueden ver las vigas y peldaños de madera carbonizada, o las rejas de las ventanas. El recorrido termina en los almacenes del puerto, donde yacen los esqueletos de unas 300 personas que dan testimonio de la magnitud de la tragedia allí ocurrida.





Como punto final de este apretado recorrido arqueológico he visitado también las evocadoras ruinas de Paestum, la antigua ciudad griega de Poseidonia, fundada en la región de Lucania, por colonos procedentes de Síbaris. Es sin duda uno de los yacimientos más interesantes de Italia con una extensa área excavada de viviendas y edificios públicos, y con sus tres magníficos templos dóricos, que despertaron la admiración de los viajeros románticos. Junto a las ruinas un completo museo exhibe los hallazgos de la zona, entre los que destaca la tumba del nadador, con esa enigmática figura que se zambulle en unas aguas que quizás simbolicen la eternidad.





lunes, 7 de marzo de 2016

Cocina griega

Nuestra navegante favorita lleva unas semanas inundando de aromas y sabores la blogosfera filohelena con sus recetas de cocina, aderezadas con suculentas anécdotas y una pizca de música griega. Parece que siguiendo su estela, el canal temático de televisión Canal Cocina ha empezado a emitir una serie de programas sobre la gastronomía griega. En cada episodio la joven cocinera María Zannia nos enseña a preparar un par de platos de la cocina tradicional de su país. 


La serie consta de 22 episodios que se emiten de lunes a viernes a las 12,30 y a las 19,30 de la tarde. Algunos se repiten además los fines de semana. Canal Cocina se puede ver a través de las principales plataformas de televisión. Es posible también consultar sus recetas en la página web de la cadena.
Καλή όρεξη

jueves, 18 de febrero de 2016

Más logotipos clásicos en el mundo del cine

Poco después de comentar en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ el logotipo de la productora estadounidense TSG Entertainment, he visto en televisión una película de animación realizada por una empresa española, Ilion Animation Studios. Ilion (Ἴλιον) es uno de los nombres utilizados en griego para referirse a la mítica ciudad de Troya. El logotipo de los estudios representa el célebre caballo, en el que se ocultaron los griegos para conquistarla.
En la versión animada del logotipo, en lugar de guerreros armados, salen letras del interior del caballo para formar el nombre de la compañía.



La película en cuestión, Planet 51, fue distribuida mundialmente por TriStar Pictures, otra empresa cinematográfica que utiliza un motivo clásico como símbolo, Pegaso, el caballo alado, cabalgando entre las nubes.

martes, 9 de febrero de 2016

Pasión por Grecia



Desde hace unos días todos los que seguimos los blogs en español sobre Grecia nos sentimos un poco huérfanos. La Pasión Griega, después de una intensa trayectoria de ocho años, ha decidido poner el punto final. Durante este tiempo Emmanuel Vinader y sus colaboradores ocasionales han sabido trasladar con entusiasmo, rigor y mucho cariño todo lo relacionado con Grecia. No es fácil mantener tan activo durante tanto tiempo un blog de estas características, pero La Pasión Griega no ha faltado nunca a su cita. Prácticamente todas las semanas nos regalaba un par de entradas que abarcaban los más variados intereses: artes plásticas, poesía, novedades editoriales y cinematográficas, música, arqueología, costumbres y tradiciones, viajes o simplemente una felicitación por el mes que empezaba.

Queremos agradecer desde aquí a La Pasión Griega todo lo que hemos aprendido y disfrutado con ella, las lecturas, canciones, películas, artistas, rincones y personajes que nos ha descubierto. A partir de ahora tendremos que acostumbrarnos a otra manera de acercarnos a Grecia, pero siempre con esa pasión que tan bien ha sabido transmitirnos Νίκος-Εμμανουήλ.

Ευχαριστώ πολύ

martes, 2 de febrero de 2016

Un par de motivos clásicos en marcas comerciales

Hace tiempo que no hablamos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ de la pervivencia de motivos clásicos en los nombres de comercios, productos o empresas, un tema que hemos tratado ya en varias ocasiones (Pervivencia grecolatina en las calles de Tomelloso, La sal de la mitología, CAESAR AVGVSTA, Una Odisea gótica, Más comercios..., Unas letras muy comerciales, Peluquerías mitológicas, Más comercios y empresas...). Hoy traemos un par de ejemplos nuevos, uno tomado del mundo del cine y otro de la cosmética.

Es habitual que al principio de las películas aparezca una breve secuencia con el logo de la empresa productora o distribuidora. Son todo un símbolo de la historia del cine las grandes letras iluminadas por focos de la 20th Century Fox, o el león de la Metro Goldwyn Mayer con la inscripción latina Ars Gratia Artis rodeando su cabeza, por poner sólo dos ejemplos. Hace poco que me sorprendió en una sala de cine el logo de la productora norteamericana TSG Entertainment. Se trata de una recreación animada por ordenador de la célebre prueba del arco del canto XXI de la Odisea.


Al principio de secuencia se adivinan al fondo varios elementos arquitectónicos y una mujer, Penélope, observando cómo Odiseo tensa su arco para atravesar las doce hachas dispuestas en línea. La empresa TSG Entertainment surgió a finales de 2012 y escogió este motivo para reflejar la precisión de la visión de la compañía y el carácter de las películas que representa, según se comenta en la página del equipo creativo responsable del logo.



APIVITA es una marca de cosmética natural, cuyos productos se pueden encontrar habitualmente en farmacias. Su nombre está formado a partir de dos palabras latinas, apis (abeja) y vita (vida), pero lo que resulta más llamativo es su logotipo, que reproduce una conocida pieza de la orfebrería minoica que se conserva en el Museo Arqueológico de Iraklio, en Creta.


Consultando la página web de APIVITA para preparar esta entrada me he enterado de que es una empresa griega, fundada en los años 70 por dos jóvenes farmaceúticos, y que se inspira en el legado del padre de la medicina, Hipócrates de Cos, y en la biodiversidad de la naturaleza griega. En este sentido la compañía colabora activamente en el proyecto del Jardín Botánico de Hipócrates en la isla de Cos.

El célebre colgante de oro con las dos abejas que sujetan entre sus patas un objeto circular fue hallado en el palacio cretense de Malia y es una de las piezas más destacadas del arte minoico. Rebuscando entre los recuerdos de un viaje a Creta que hice hace casi veinte años he encontrado la entrada del Museo de Iraklio y el folleto explicativo del recinto arqueológico de Malia.
 


lunes, 11 de enero de 2016

Me gustaría

Aunque el título de la entrada pueda sugerir una serie de deseos y buenos propósitos para el año recién estrenado, se trata de un libro de relatos de la escritora griega Amanda Mijalopulu, publicado en español por la editorial barcelonesa Rayo Verde con traducción de Mercè Guitart.


Amanda Mijalopulu (Atenas 1966) ha publicado varias novelas, libros para niños y recopilaciones de relatos. La que hoy comentamos, Me gustaría (Θα ήθελα), data de 2005 y no es una colección al uso, sino que tiene mucho de experimental. Las trece historias que integran el volumen, aunque a priori puedan parecer independientes, están conectadas entre sí. Uno de los placeres de la lectura del libro consiste en ir descubriendo poco a poco esas conexiones. Al principio son objetos que se mencionan como de pasada (una boina roja de mujer, un gato de porcelana que se rompe), gestos o frases aparentemente intrascendentes que se repiten en varios relatos y acaban por convertirse en motivos recurrentes. A medida que se avanza en la lectura resultan reconocibles también los rasgos de algunos personajes que, sin ser exactamente los mismos, recorren transversalmente las historias. El relato final Me gustaría (versión orquestal) recoge todos los elementos dispersos a lo largo del libro. No se trata, sin embargo, de una única historia contada de manera fragmentaria o desde distintos puntos de vista, sino más bien de distintas versiones de una misma novela que no está escrita. O, mejor aún, la biografía de los relatos y de su autor inventado, como señala Amanda Mijalopulu en la nota aclaratoria que cierra el libro.

Amanda Mijalopulu

Espero no haber revelado más de lo necesario a quien esté interesado en leer esta sugerente y polimórfica colección de relatos. Aprovecho para desear lo mejor en este año que comienza a todos los seguidores y visitantes ocasionales de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ.

Portada de la edición griega de Me gustaría

martes, 22 de diciembre de 2015

Un español en Grecia durante la Primera Guerra Mundial

Acabo de leer De París a Monastir, la crónica del viaje que emprendió en octubre de 1915, en plena guerra mundial, un joven reportero catalán, Agustí Calvet, más conocido por su seudónimo Gaziel. Calvet había nacido en 1887 y cuando estalló la Gran Guerra se encontraba en París ampliando sus estudios de filosofía. Las notas en las que recogía sus impresiones sobre cómo la guerra iba transformando la ciudad del Sena acabarían convirtiéndose en una serie de artículos que aparecieron en La Vanguardia y que serían más tarde recopilados con el título Diario de un estudiante en París. El tono y el estilo de las crónicas de Gaziel conectaron enseguida con los lectores y se publicaron en el rotativo barcelonés nuevas entregas de sus artículos. A mediados de 1915 la atención informativa se desplazó al frente balcánico, tras la invasión de Serbia por parte de los Imperios Centrales y el envío de ayuda militar por parte de Inglaterra y Francia a través de Grecia. Hacia allí dirigió sus pasos Gaziel para escribir una nueva serie de reportajes que conforman el libro que hoy comentamos. 

Agustí Calvet, Gaziel (1887-1964)

El desembarco de la fuerza expedicionaria francobritánica en Salónica había sido alentado por el primer ministro griego Elefcerios Veniselos, pero acabaría por desencadenar una grave crisis política, ya que el rey Constantino I, de tendencia germanófila, se opuso a esta decisión y destituyó a Veniselos. En este contexto Gaziel sale de París y se traslada a Barcelona, donde toma un barco que le lleva a Italia. En Nápoles se embarca en el Adriatikós, uno de los pocos buques que se atreven a hacer la travesía hasta Grecia, a pesar de la amenaza de los submarinos alemanes.

Veniselos despachando con el rey Constantino I

Como tantos viajeros occidentales Gaziel se dirige a Grecia deslumbrado por el esplendor de su antigua cultura y, al mismo tiempo, esperando hallar cierto exotismo oriental. El choque entre estas ideas preconcebidas y la realidad con la que se encuentra harán que su visión del país heleno, sus ciudades y sus gentes no resulte siempre positiva. Tras desembarcar en Patras y trabar amistad con un pintor y arqueólogo danés, buen conocedor de Grecia, que le acompañará el resto del viaje, Gaziel toma un tren hacia Atenas. Estas son sus primeras impresiones de la capital griega:
La llegada a Atenas produce un desengaño en cierto modo abrumador. El contraste que se experimenta, al viajar por Grecia, entre el cúmulo de recuerdos, imaginaciones y reminiscencias clásicas que acompañan por dentro al turista, y la cruda realidad que le rodea por fuera alcanza en Atenas su grado máximo. Al descender del tren el viajero se queda aturdido y como si acabara de ser víctima de un error de itinerario y, en lugar de hallarse en Grecia, se encontrara en el más moderno e infantil de los estados recientes. (...)
Una temperatura sofocante, insoportable, en pleno mes de noviembre. Avenidas y calles rectilíneas, anchas, inundadas de sol. Torbellinos de polvo en las encrucijadas abiertas a todos los vientos. Sequedad, apatía, modorra. Y un montón interminable de edificios blancos, nuevos, monótonos, todos iguales y sin carácter alguno, que parecen construidos a destajo y por docenas: he ahí lo que encuentra el viajero al llegar a Atenas con la imaginación repleta de partenones, ágoras, propileos, gimnasios, teatros, ninfas y victorias aladas.
Panorámica de Atenas a principios del siglo XX

A pesar del desencanto del autor hay un elemento que cautiva a cualquier viajero que llega a Grecia, por muchos prejuicios que lleve en la maleta. Se trata de la belleza y luminosidad de su cielo, elogiada por Gaziel en repetidas ocasiones.
Solo una cosa, como ya he dicho, ha permanecido inalterable en Atenas: la transparencia portentosa del aire y la divina refulgencia del espacio. Al subir a la Acrópolis, es infinitamente mejor que contemplar los restos mutilados del Partenón, esparcir los ojos por el vasto panorama, hacia las cumbres rosadas del Himeto o a lo largo del camino de Eleusis, por donde llegaban antaño las claras procesiones de las Panateneas.
Durante el tiempo que pasa en Atenas Gaziel toma el pulso a las calles de la capital y a su convulsa situación política, llegando a entrevistarse con el depuesto Veniselos y con algún que otro cargo del nuevo gobierno. Pasados unos días se embarca en un vapor que le lleva a Salónica, ciudad que se había incorporado tan sólo dos años antes al estado griego y que conserva todavía buena parte de esa fisonomía oriental que cautiva al viajero que llega desde el otro extremo del Mediterráneo.
A la caída de la tarde llegamos frente a Salónica. La aparición de la ciudad es sorprendente. El haz apiñado de su caserío está extendido en cuesta suave, sobre la falda de los montes que bordean el mar. A lo largo del muelle, los barrios modernos ostentan sus edificios antipáticos, de "estilo europeo", grandes, incoloros, donde están instalados los hoteles cosmopolitas y los cafés pretenciosos. (...) Pero alzamos los ojos por encima de la apariencia cercana del puerto, y Salónica se nos muestra en seguida con su penetrante melancolía oriental.
A medida que van subiendo por la cuesta del monte las casas se vuelven más pequeñas y humildes, más viejas, y van cerrando puertas y ventanas hasta quedar reducidas a cuatro muros espesos, con una sola puerta en la calle y un tragaluz bajo el alero, aisladas unas de otras y sumergidas en la paz de un grave y triste recogimiento. Desde el puerto se divisa a maravilla el ondular de los tejados amarillentos y las blancas azoteas. Por encima del caserío, salpicando aquí y allá su superficie, descuellan o asoman las moles de treinta mezquitas, con sus cúpulas abombadas y sus minaretes. A la luz del crepúsculo, su tono mate pálido contrasta con las masas aterciopeladas y hondas de cipreses, que se alzan en la lejanía, hacia los inmensos cementerios israelitas y turcos que bordean la villa, como lagos de silencio.
Vista de Salónica desde el mar

Al ambiente ya de por sí cosmopolita de la ciudad se suman los oficiales ingleses y franceses de las tropas acampadas en los alrededores. Gaziel visita los campamentos aliados y contempla nuevos desembarcos de tropas. Dedica también unas páginas a los judíos sefarditas de Salónica, en las que el autor deja traslucir ciertos prejuicios antisemitas.

Soldados extranjeros en las calles de Salónica

En la última parte del libro Gaziel emprende un arriesgado viaje en coche a través de las montañas de Macedonia, con la intención de llegar hasta Monastir -la actual Bitola en la Macedonia exyugoslava-, último reducto de la resistencia serbia ante el avance de los búlgaros, aliados de los Imperios Centrales. En este trayecto se topará con toda la crudeza del drama de los refugiados macedonios y serbios que cruzan la frontera hacia Grecia huyendo de los horrores de la guerra.
Los nuevos fugitivos serbios brotaban a oleadas. Los que venían delante eran en su mayoría hombres de aspecto montaraz, demacrados, barbudos, descalzos, armados algunos con largas picas de boyero (...). Después vimos acercarse una caterva de ancianos y mujeres, cargados de chiquillos que se les agarraban a los brazos y al cuello o se mantenían encaramados a racimos sobre sus espaldas: todos sucios, famélicos, abrumados de sueño o tiritando de frío. 
Es inevitable no encontrar paralelismos con la crisis actual de los refugiados que intentan desesperadamente llegar a Grecia procedentes de Oriente Medio, escapando de la barbarie y de la guerra que se han adueñado de sus países.

Llegada de refugiados a las costas griegas

A pesar de que se le puedan achacar ciertos defectos, Gaziel consigue hilvanar en De París a Monastir un atractivo relato, a caballo entre la crónica de viajes y el reportaje periodístico. Es cierto que se deja llevar con demasiada frecuencia por los tópicos al hablar de italianos, franceses, ingleses o judíos, y que comete algún error sorprendente, como cuando sitúa la batalla de Maratón al sur del Peloponeso. Pero la prosa de Gaziel nos atrapa con sus brillantes descripciones de paisajes y su colorida caracterización del ambiente de las ciudades, que sabe salpicar con jugosas anécdotas. Ya en la parte final del libro nos transmite su sincera conmoción ante la desgracia de la que es testigo. De París a Monastir, publicado por Libros del Asteroide con prólogo de Jordi Amat, nos ofrece en suma un interesantísimo testimonio de la Grecia de principios del siglo XX a los ojos de un joven periodista catalán.