DIDASKALOS

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sábado, 13 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (II)

Πολλά τα καλοκαιρινά πρωιά να είναι
που με τι ευχαρίστησι, με τι χαρά
θα μπαίνεις σε λιμένας πρωτοειδωμένους.

Que sean muchas las mañanas de verano
en que con placer y alegría
entres en puertos vistos por primera vez.

Había estado en Delfos durante mi primer viaje a Grecia, hace ahora 27 años, pero despertar aquí es un privilegio que se vive como si fuese la primera vez. La luz va llenando de matices las rocas de la montaña y descubriendo, en lo profundo del valle, un mar de olivos que se extiende hasta fundirse con el golfo de Corinto. Probablemente sea el lugar más sagrado y mágico de Grecia. Aquí se encontraron las dos águilas enviadas por Zeus desde los confines del mundo para determinar su centro, el lugar apropiado para colocar el ὀμφαλός, la piedra que había logrado evitar que el dios de dioses fuese devorado por su padre Cronos.


La primera divinidad que ocupó Delfos fue Gea, la Tierra, que puso como guardián del lugar a Pitón, una serpiente monstruosa a la que Apolo mataría con sus flechas para convertirse en el nuevo señor del santuario. En recuerdo del monstruo las futuras sacerdotisas de Apolo recibieron el nombre de pitias o pitonisas y empezaron a predecir el futuro encaramadas a un peñasco desprendido de las rocas Fedríades. Luego vendría el templo y los demás edificios del santuario, a medida que Delfos se convertía en un gran centro de poder religioso, político y económico.


Cuando uno empieza a ascender por la vía sacra la mirada se fija en las ruinas del templo de Apolo, que se levanta a media ladera y cuya fachada estuvo presidida en su día por la famosa inscripción ΓΝΩΘΙ ΣΕΑΥΤΟΝ, conócete a ti mismo.



Después de llegar a la explanada del templo el camino sigue ascendiendo hacia el teatro y el estadio. Es entonces cuando nuestra atención se desvía hacia abajo y el paisaje de Delfos, salpicado de cipreses y con un exuberante colorido primaveral, va adquiriendo toda su majestuosidad. Uno no se cansa de volver la mirada cada poco para descubrir una nueva perspectiva.





Al descender se distingue más abajo, separado del recinto principal por la moderna carretera, el santuario de Atenea Pronaia, otro paraje encantador, al que se llega tras pasar junto a la fuente Castalia.



Había otro lugar en Delfos al que tenía un interés especial por volver, su museo arqueológico, donde se guardan algunas obras maestras del arte griego, como la esfinge de los naxios, los relieves del tesoro de los sifnios o las estatuas de Cleobis y Bitón.




Allí, en la última sala del museo, recuerdo que en mi anterior visita sentí un escalofrío al mirar a los ojos del auriga. Después de tantos años he vuelto a emocionarme contemplando esta prodigiosa obra del genio griego, en la que un material tan frío como el bronce parece cobrar vida. El ideal de noble simplicidad y serena grandeza, con el que Winckelmann definiría el arte clásico, alcanza aquí su expresión más lograda. Si hubiera que elegir un símbolo que resumiera lo que más admiro del legado de la antigua Grecia, creo que escogería al auriga de Delfos, por delante del Partenón o una tragedia de Sófocles.




Pero hay que tener siempre a Ítaca en la mente. Llegar allí es nuestra meta. Así que reemprendemos el viaje, descendemos por las estribaciones del Parnaso y nos sumergimos en el mar de olivos que desemboca en Itea. Desde allí la carretera discurre pegada a la costa. El relieve es demasiado abrupto como para permitir el paso entre las montañas. Islotes deshabitados salpican esta orilla norte del golfo de Corinto. A la vuelta de algún recodo se descubre una bahía, con su playa de guijarros y su embarcadero más o menos grande. Un pequeño núcleo urbano y viviendas dispersas aprovechando el escaso terreno llano entre la costa y la montaña. Se suceden los pueblos con nombres de santos, Ayios Nikolaos, Ayia Irini, Ayios Spiridón y, un poco más allá, Trizonia, una isla algo más grande, a tiro de piedra de la costa, con su pequeño puerto y algunas casas alrededor. Viniendo de España resulta sorprendente que esta parte del litoral mediterráneo conserve su encanto original y haya escapado al afán depredador de los promotores inmobiliarios. Así debieron de ser también nuestras costas antes de llenarse de edificios de apartamentos, campos de golf y urbanizaciones interminables en las laderas de las montañas. Los pueblos se van haciendo más grandes cuando nos acercamos a Naupacto, nuestra próxima parada. Allí nos espera una ciudad que conserva sus antiguas fortificaciones y un bonito puerto construido por los venecianos.



Los venecianos cambiaron el nombre griego de la ciudad por el de Lepanto y en sus aguas tuvo lugar la famosa batalla que acabó en 1571 con la hegemonía naval de los turcos. A pesar de resultar herido en el brazo izquierdo, Miguel de Cervantes se sentía orgulloso de haber participado en la más memorable ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros. En Naupacto tiene Cervantes su propio parque, aunque la transcripción del nombre del ilustre escritor resulta un poco chocante.




Este pequeño parque cultural, a un lado del puerto, está presidido por una estatua que no se sabe muy bien si representa al autor o a su personaje Don Quijote. La lápida en español no lo aclara, pero nos alegra ver aquí, tan lejos de casa, los nombres de algunas localidades manchegas.




sábado, 6 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (I)

Σα βγεις στον πηγαιμό για την Ιθάκη
να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος.

Cuando salgas de viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo.

Cavafis nos ayudó a comprender que las Ítacas no son un punto concreto en el mapa, sino el motivo que nos impulsa a emprender el viaje, a embarcarnos en la maravillosa aventura del conocimiento, aquello que, en definitiva, da sentido a nuestra trayectoria vital. Sin embargo, junto a esa Ítaca poética existe otra Ítaca real en medio del mar Jónico, que ejerce una poderosa atracción sobre todos aquellos a los que nos han seducido las aventuras del astuto Odiseo. Después de varios viajes a Grecia, recientemente he cumplido con el viejo sueño de viajar a Ítaca. Más que un viaje, una peregrinación espiritual, inspirado por los versos de Cavafis y con la compañía del viejo ejemplar de la Odisea en el que leí por primera vez a Homero.


No resulta fácil llegar a Ítaca. En esta época del año la isla sólo está comunicada por barco con el pequeño puerto de Ástaco en el continente y con la vecina isla de Cefalonia. La forma más rápida de llegar es tomar un avión al aeropuerto de Argostoli, en Cefalonia, y desde allí dirigirse al puerto de Sami para coger el barco que lo comunica con Ítaca. Pero, siguiendo el consejo de Cavafis, he querido que mi viaje fuera largo para despertar en lugares vistos por primera vez o demorarme en otros visitados hace tiempo.
Mi primera parada ha sido Atenas donde tenía una cita pendiente con el nuevo museo de la Acrópolis, ya que en mis últimos viajes a Grecia había pasado sólo unas horas en la capital. Ahora he tenido ocasión de reencontrarme con viejos conocidos, como el moscóforo, las kores de la Acrópolis o el efebo rubio, en un espacio amplio y luminoso, teniendo siempre a la vista la roca sagrada de la que proceden.



Estando en Atenas resulta difícil resistirse a la tentación de subir de nuevo a la Acrópolis y pasear después por las calles de Plaka o la menos frecuentada Anafiótika, donde uno se transporta de repente a un pueblecito de las Cícladas.




Al día siguiente toca emprender el camino hacia el oeste atravesando Beocia. Nos detenemos a contemplar, junto a la llanura que ocupó en otro tiempo el lago Copais, los muros de la fortaleza micénica de Gla y las ruinas aún visibles de la antigua Orcómeno. El guardia del recinto nos abre la verja. Entre viejas lápidas con inscripciones y relieves juega su nieta, de vacaciones escolares. Somos los únicos visitantes y es probable que no venga nadie en todo el día. Aquí excavó Schliemann la monumental tumba micénica del tesoro de los Minias, cuyas dimensiones siguen sorprendiendo a pesar del tiempo transcurrido.



En la cámara contigua a la sala principal se conserva todavía el techo decorado con motivos vegetales y geométricos.


No lejos de la tumba micénica, utilizada en época clásica como lugar de culto, se encuentran los restos del teatro del siglo IV a.C.


Proseguimos la ruta remontando el valle del Cefiso para dirigirnos a Queronea, una pequeña localidad con cuidados jardines repletos de flores en este inicio de primavera. Cada cierto tiempo su tranquilidad se ve interrumpida por los camiones que atraviesan a toda velocidad la carretera que divide en dos el pueblo. Y es que, aunque la ruta principal circula más al norte, junto a la costa, esta ha sido siempre una importante vía de comunicación con la Grecia septentrional. Aquí se presentó en el 338 a.C. Filipo de Macedonia para liquidar la autonomía de las polis griegas en una batalla que marcaría el curso del mundo antiguo. Su hijo Alejandro dio su primera lección de estrategia dirigiendo la caballería macedonia, que resultaría decisiva para la victoria. Siglos después Lord Byron visitó Queronea y vio la cabeza colosal de un león de piedra entre otros restos antiguos. Excavaciones posteriores sacarían a la luz nuevos fragmentos que han permitido reconstruir el monumento con el que los tebanos honraron a sus caídos en la batalla.



Queronea también es célebre por haber sido la patria de uno de los más prolíficos escritores antiguos. Un pequeño busto en un parque junto a la escuela recuerda a su ciudadano más ilustre.


En las afueras del pueblo, en medio de un olivar, se pueden contemplar las ruinas de su antiguo teatro, excavado en la dura roca de la montaña.



Desde aquí resultan impresionantes las vistas del macizo del Parnaso, cubierto de nieve, que se eleva sobre la llanura.


Hacia allí dirigimos nuestros pasos siguiendo una carretera que serpentea por la ladera y en unos kilómetros nos traslada a un paisaje alpino. Buscamos las huellas de Apolo y las Musas que, según creían los antiguos, habitaban en la cumbre. Poco a poco la nieve va salpicando de blanco la montaña. Finalmente, tras una curva, la carretera termina en un amplio aparcamiento y en lugar de ver a Apolo dirigiendo el coro de las Musas nos encontramos con los remontes de una estación de esquí.


domingo, 26 de marzo de 2017

Cuando despertó el microrrelato, la tradición clásica ya estaba allí

Menoscuarto es una editorial palentina que, junto a la novela y el ensayo literario, presta una atención especial al relato breve y al microrrelato. En su colección Reloj de arena apareció en 2015 una interesante antología de microrrelatos en español de tradición clásica. Después de Troya es el título escogido para esta cuidada selección de la que se ha encargado Antonio Serrano Cueto. El libro contiene 125 relatos que casi nunca exceden las dos páginas. Entre sus autores se cuentan clásicos de la literatura española e hispanoamericana del siglo XX, como Ramón Gómez de la Serna, García Lorca, Borges o Cortázar, nombres destacados de la narrativa actual, como Millás, Javier Tomeo o Martín Garzo y escritores señeros en el campo del relato breve, como Augusto Monterroso o Marco Denevi.


El microrrelato es un género peculiar que recuerda, dentro de la narrativa, el papel que jugaba el epigrama en la poesía antigua. Ambos son composiciones breves y cuidadas que intentan sorprender al lector presentando personas y situaciones desde una perspectiva inesperada. En los versos finales del epigrama o en las últimas líneas del microrrelato suele estar la clave que da sentido a toda la pieza. Los relatos incluidos en esta antología están inspirados en su mayoría en leyendas mitológicas y juegan a desmitificar esas historias o a enfocarlas desde una óptica nueva. Los episodios del ciclo troyano, las aventuras de Odiseo y mitos como el del Minotauro o Narciso son algunos de los temas más recurrentes. A este grupo pertenece el breve relato que abre el libro, Helena, de Alba Omil.
Salió del huevo con cuerpo de mujer y gracia de ave.
Por cada uno de sus poros cantaban la vida y la hermosura sus triunfos y sus goces.
En el fondo de sus ojos claros, esperaba una montaña de guerreros muertos.
Helena de Troya. Daniel Gaspar Rossetti (1863)

Otro nutrido grupo de relatos se inspira en las criaturas fabulosas que pueblan el imaginario mitológico antiguo. Faunos, sátiros, esfinges, cerberos y quimeras sirven de espectáculo público o se convierten en meras atracciones de circo en las obras de Ana María Shua y René Avilés Fabila. Pero la mitología no es la única fuente de inspiración para los relatos de la antología. Animales de las fábulas de Esopo, personajes históricos como Alejandro, César o Calígula y filósofos como Sócrates, Diógenes o Aristóteles aparecen en otras piezas de la colección. Por ejemplo en este relato de Fernando Aínsa, que nos ofrece su peculiar visión del proverbio de Heráclito:
Cuentan que no hace mucho un vecino de este pueblo quiso desmentir a Heráclito de Éfeso y bañarse dos veces en las mismas aguas del río. Entró seguro a su cauce y luego, bien empapado, tomó su bicicleta y pedaleó sudoroso un par de kilómetros corriente abajo. Allí esperó sumergido hasta el cuello el paso de aquellas primeras aguas.
Pero no pudo contar su hazaña, porque murió pocos días después, no se sabe si de bronquitis o contaminado.
Mérito del editor ha sido organizar tan amplio material siguiendo un criterio temático, de manera que se leen seguidos los distintos relatos referidos a un mismo episodio o personaje. El resultado es que podemos apreciar, como si mirásemos a través de un caleidoscopio, la versatilidad y multitud de enfoques que admite esta rica tradición que no por casualidad llamamos clásica.

viernes, 17 de febrero de 2017

Crónica poética de la crisis griega

Son varios los libros de poesía española contemporánea que han tomado como fuente de inspiración la estancia de sus autores en Grecia. El más antiguo que yo conozco es Mapa de Grecia de Enrique Badosa, todo un clásico de la poesía de viajes publicado a finales de los años 70. Más recientemente Blanca Andreu con sus Archivos griegos y Juan Vicente Piqueras con Atenas han vuelto ha servirse del país heleno como hilo conductor de sus inquietudes poéticas. Hoy traemos a ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ Crónicas de Atenas de Manuel Jurado López, publicado hace ya unos años por la editorial Algaida y galardonado con el XXX premio de poesía ciudad de Badajoz.


El autor estuvo viviendo en Grecia coincidiendo con el estallido de la crisis y la puesta en marcha del primer programa de rescate. El título del libro cuadra con el estilo cercano a la crónica periodística de la mayoría de los poemas, en los que Manuel Jurado va dando cuenta de los acontecimientos que se producen en las calles de Atenas: huelgas, manifestaciones, subidas de precios, incidentes violentos tras un partido de fútbol... Hasta los editoriales de los periódicos o las reuniones en Bruselas para negociar el rescate se convierten en motivo de inspiración. Como contrapunto a esta poesía que surge de la actualidad más inmediata Manuel Jurado introduce ocasionalmente personajes tomados del pasado clásico de Grecia. Así los propios dioses salen a la calle a gritarle al gobierno / que no pueden pagar / la hipoteca del mito, / que el Olimpo es tan viejo / que se cae a pedazos; la poetisa Safo / ha abandonado Lesbos / y se ha venido a Atenas para abrir un taller de escritura / y un gimnasio en el centro; los argonautas exigen carga de trabajo / para los astilleros / que de nuevo Jasón  / sea readmitido. Pero la peor parte se la lleva el pobre Platón en el poema Diálogos:

Platón se ha intoxicado
con los gases que ayer
lanzó la policía.
Está en el hospital de jubilados.
Los médicos han dicho
que no corre peligro.
Fracasó en sus intentos
de dialogar con todos.
Fedro le dio la espalda,
Lisis no quiso verlo.
Sus ideas, le dicen,
están muy anticuadas.
Sindicatos de izquierda
las ven reaccionarias...
Es la acción por la acción
lo que alcanza el poder. 

El autor juega a reencarnar en personajes actuales a las grandes glorias del pasado griego, venidas a menos y obligadas a reinventarse, como el propio país. Es su manera de denunciar la convulsión que supone para la perpleja sociedad griega verse enfrentada de repente a la realidad de la crisis. Otros personajes pueblan estas crónicas con sus propios nombres, como el anciano barbero que a medio Parlamento / le ha afeitado la barba y siempre a votado en blanco: / su navaja no entiende de política.
En la última parte del libro Manuel Jurado se centra en un ámbito más íntimo, alejado de los grandes titulares, y nos habla de la vida cotidiana, de sus amistades o de su gato Ulises que se va haciendo viejo. Son las Crónicas personales, que cierran esta colección de estampas en las que la atenta mirada del cronista-poeta ha ido dibujando un fresco variopinto de su vida en Atenas.

Manuel Jurado López

sábado, 26 de noviembre de 2016

Tefteri

Vinicio Capossela es un cantautor italiano que en el año 2012 viajó a Grecia tras las huellas del rebético, una música que había descubierto en Salónica quince años atrás. Frutos de ese viaje son un disco, Rebetiko gymnastas, una película documental, Indebito, y el librito que hoy comentamos, publicado en español por la editorial Minúscula. 


Tefteri (τεφτέρι) es la palabra griega que designa la libreta donde se anotan las cuentas. Vinicio Capossela viaja a Grecia con su libreta bajo el brazo. Registra conversaciones y experiencias en busca de las raíces de la música popular griega. Y lo hace en pleno estallido de la crisis económica, cuando el país tiene que afrontar sus propias cuentas pendientes. Queriendo hablarnos de su música, Capossela nos habla también de su crisis. Al fin y al cabo el rebético es una música que surgió de otro momento crítico de la historia de Grecia, del exilio forzoso de la población griega de Asia Menor, tras la catástrofe de Esmirna en los años 20. Es la música que expresa, con ritmos traídos de Oriente, un modo de vida al borde de la marginalidad, con un fuerte componente subversivo, a pesar de que sus letras no hablan nunca de política. Como dice el autor el rebético es un lamento que se canta en coro, pero se baila solo. Pertenece a todos, pero le habla a cada cual.

Trailer del documental Indebito

El peregrinaje de Capossela al encuentro de la esencia del rebético pasa por locales de Atenas y Salónica, donde tocan viejos músicos que vivieron su época dorada y acompañaron a legendarios intérpretes como Tsitsanis. Las veladas se prolongan hasta el amanecer, mientras canciones, copas y conversaciones desfilan por la libreta de Capossela. Hay un capítulo dedicado a Karaguiozis, el protagonista del teatro de sombras griego, que comparte con el rebético su origen oriental y su vocación de crítica social. El autor nos lleva de la mano por las calles de Salónica hasta el Museo de la Cultura Judía, compartimos con él las tradiciones de la Semana Santa y la Pascua griegas y asistimos al ambiente previo a las elecciones de 2012. Sus pasos se dirigen finalmente hasta las luminosas montañas de Creta para visitar a Psarandonis, el intérprete que renueva con su lira y su personal voz la música tradicional de la isla. El libro es, en suma, un homenaje sincero a todo un país y el reconocimento de la deuda pendiente contraída con su cultura y, especialmente, con su música.


Terminamos con el vídeo de una de las canciones del disco de Capossela y unos enlaces relacionados.


Reseña de Tefteri en Grecia en los libros
Reseña de Indebito en LA PASIÓN GRIEGA
Reseña de Rebetiko Gymnastas en LA PASIÓN GRIEGA
Reseña del cómic Rebétiko en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Actividades en educaplay para LLPSI


Después de varios años trabajando con el método Orberg en Bachillerato, este curso he empezado a utilizarlo también en 4º de ESO. Si no lo he hecho antes es porque en 1º de Bachillerato me suelo encontrar con algunos alumnos que no han cursado latín en 4º y otros que proceden de un centro concertado, donde siguen un método de gramática-traducción. Para que el nivel fuera lo más homogéneo posible en los dos cursos de Bachillerato prefería recurrir en 4º de ESO al Curso de Latín de Cambridge y empezar Bachillerato con el primer capítulo de Lingua Latina per se illustrata. Sin embargo este año, animado por la experiencia de otros compañeros, los consejos de los amigos de culturaclasica.com y, sobre todo, por los buenos resultados obtenidos con Lingua Latina, he decidido emplearlo desde 4º de ESO.
Lo bueno del curso de 4º de ESO es la libertad que ofrece al profesor y a los alumnos para organizar ritmos, actividades y estrategias de aprendizaje bastante flexibles. La urgencia por completar un temario y las pruebas de acceso a la Universidad quedan bastante lejos. Por otro lado, la reválida de 4º parece que no va a tener finalmente efectos académicos. Hay tiempo para trabajar mejor la producción oral y escrita, y utilizar herramientas complementarias al libro de texto. En esta línea están las colecciones de actividades que estoy preparando en la plataforma educaplay para los primeros capítulos de LLPSI. Al igual que hacía con el Curso de Latín de Cambridge, después de terminar cada capítulo, dedicamos una sesión en el aula de informática para la realización de estas actividades. Los resultados de cada alumno quedan registrados en la plataforma y se pueden utilizar como una nota más. De momento he preparado actividades para los cuatro primeros capítulos.


Otra herramienta muy interesante y dinámica es Kahoot!, de la que ya hemos hablado en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ. Es una buena forma de hacer un repaso final de los contenidos de cada capítulo, mientras los alumnos pasan un rato divertido compitiendo por obtener la mejor puntuación. Estos son los cuestionarios que he preparado para los dos primeros capítulos:

sábado, 5 de noviembre de 2016

Petavonium, un campamento romano en la provincia de Zamora

Estamos en el año 29 antes de Jesucristo. Toda Hispania está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una región poblada por irreductibles astures resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de alrededor.
 

Los lectores de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ habrán reconocido sin duda la imagen y el texto, ligeramente modificado, de la página inicial de los comics de Astérix. En la conquista romana de Hispania los astures desempeñaron un papel equivalente al de la irreductible aldea del simpático guerrero galo. Fueron los últimos en someterse a la autoridad romana y el propio emperador Augusto tuvo que movilizar un buen número de legiones para completar su dominio sobre la Península Ibérica durante las guerras cántabras (29-19 a. C.). Una de esas legiones, la Legio X Gemina, tuvo su campamento en Petavonium, nombre que recuerda a una de las guarniciones romanas que rodeaban la aldea de Astérix.

Vista aérea de los restos de Petavonium
Después de las guerras cántabras la legión permaneció en la zona para proteger las explotaciones mineras del noroeste peninsular, pero en el año 63 fue trasladada para reforzar la frontera del Danubio. El campamento permaneció desocupado durante unos años hasta que a finales de siglo una unidad auxiliar de caballería, el Ala II Flavia, eligió el mismo emplazamiento para construir un nuevo acuartelamiento de dimensiones más reducidas. A esta época pertenecen los restos arqueológicos que se pueden visitar actualmente, entre las localidades de Santibáñez de Vidriales y Rosinos de Vidriales. Se han sacado a la luz el foso que delimitaba el recinto del campamento y los cimientos de algunas dependencias que ocupaban los soldados.

Restos de una calle y construcciones del interior del campamento
Vista del perímetro exterior y el foso del campamento

Se han reconstruido además en madera un tramo del muro exterior, las cuatro torres de las esquinas y una de las puertas que se abrían al decumano. Desde lo alto de estas construcciones se puede obtener una idea de las dimensiones del campamento.



En torno a estos campamentos romanos se desarrolló la ciudad de Petavonium, cuyo centro se hallaría en el lugar que ocupa hoy en día la ermita de Nuestra Señora del Campo, construida probablemente sobre los cimientos del antiguo templo de Hércules.


En Santibáñez de Vidriales se ha instalado un interesante museo con algunas piezas originales y un centro de interpretación de los campamentos de Petavonium, donde se pueden encontrar didácticos paneles explicativos y la reconstrucción de una calle y un barracón del campamento. Se han dispuesto también reproducciones del armamento de los soldados (espadas, puñales, corazas, cascos, escudos y jabalinas) que los visitantes pueden manipular para hacerse una idea de su peso y dimensiones.




Hoy en día el valle de Vidriales ha perdido la importancia que tuvo en época romana, al quedar apartado de las principales vías de comunicación, pero Petavonium es un yacimiento singular que merece una visita por haber conservado un buen ejemplo de la arquitectura militar romana y por haber sabido ponerlo en valor, mediante reconstrucciones y un acertado enfoque didáctico. Cerramos esta entrada con el vídeo sobre Petavonium que se puede ver en el centro de interpretación.