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sábado, 6 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (I)

Σα βγεις στον πηγαιμό για την Ιθάκη
να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος.

Cuando salgas de viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo.

Cavafis nos ayudó a comprender que las Ítacas no son un punto concreto en el mapa, sino el motivo que nos impulsa a emprender el viaje, a embarcarnos en la maravillosa aventura del conocimiento, aquello que, en definitiva, da sentido a nuestra trayectoria vital. Sin embargo, junto a esa Ítaca poética existe otra Ítaca real en medio del mar Jónico, que ejerce una poderosa atracción sobre todos aquellos a los que nos han seducido las aventuras del astuto Odiseo. Después de varios viajes a Grecia, recientemente he cumplido con el viejo sueño de viajar a Ítaca. Más que un viaje, una peregrinación espiritual, inspirado por los versos de Cavafis y con la compañía del viejo ejemplar de la Odisea en el que leí por primera vez a Homero.


No resulta fácil llegar a Ítaca. En esta época del año la isla sólo está comunicada por barco con el pequeño puerto de Ástaco en el continente y con la vecina isla de Cefalonia. La forma más rápida de llegar es tomar un avión al aeropuerto de Argostoli, en Cefalonia, y desde allí dirigirse al puerto de Sami para coger el barco que lo comunica con Ítaca. Pero, siguiendo el consejo de Cavafis, he querido que mi viaje fuera largo para despertar en lugares vistos por primera vez o demorarme en otros visitados hace tiempo.
Mi primera parada ha sido Atenas donde tenía una cita pendiente con el nuevo museo de la Acrópolis, ya que en mis últimos viajes a Grecia había pasado sólo unas horas en la capital. Ahora he tenido ocasión de reencontrarme con viejos conocidos, como el moscóforo, las kores de la Acrópolis o el efebo rubio, en un espacio amplio y luminoso, teniendo siempre a la vista la roca sagrada de la que proceden.



Estando en Atenas resulta difícil resistirse a la tentación de subir de nuevo a la Acrópolis y pasear después por las calles de Plaka o la menos frecuentada Anafiótika, donde uno se transporta de repente a un pueblecito de las Cícladas.




Al día siguiente toca emprender el camino hacia el oeste atravesando Beocia. Nos detenemos a contemplar, junto a la llanura que ocupó en otro tiempo el lago Copais, los muros de la fortaleza micénica de Gla y las ruinas aún visibles de la antigua Orcómeno. El guardia del recinto nos abre la verja. Entre viejas lápidas con inscripciones y relieves juega su nieta, de vacaciones escolares. Somos los únicos visitantes y es probable que no venga nadie en todo el día. Aquí excavó Schliemann la monumental tumba micénica del tesoro de los Minias, cuyas dimensiones siguen sorprendiendo a pesar del tiempo transcurrido.



En la cámara contigua a la sala principal se conserva todavía el techo decorado con motivos vegetales y geométricos.


No lejos de la tumba micénica, utilizada en época clásica como lugar de culto, se encuentran los restos del teatro del siglo IV a.C.


Proseguimos la ruta remontando el valle del Cefiso para dirigirnos a Queronea, una pequeña localidad con cuidados jardines repletos de flores en este inicio de primavera. Cada cierto tiempo su tranquilidad se ve interrumpida por los camiones que atraviesan a toda velocidad la carretera que divide en dos el pueblo. Y es que, aunque la ruta principal circula más al norte, junto a la costa, esta ha sido siempre una importante vía de comunicación con la Grecia septentrional. Aquí se presentó en el 338 a.C. Filipo de Macedonia para liquidar la autonomía de las polis griegas en una batalla que marcaría el curso del mundo antiguo. Su hijo Alejandro dio su primera lección de estrategia dirigiendo la caballería macedonia, que resultaría decisiva para la victoria. Siglos después Lord Byron visitó Queronea y vio la cabeza colosal de un león de piedra entre otros restos antiguos. Excavaciones posteriores sacarían a la luz nuevos fragmentos que han permitido reconstruir el monumento con el que los tebanos honraron a sus caídos en la batalla.



Queronea también es célebre por haber sido la patria de uno de los más prolíficos escritores antiguos. Un pequeño busto en un parque junto a la escuela recuerda a su ciudadano más ilustre.


En las afueras del pueblo, en medio de un olivar, se pueden contemplar las ruinas de su antiguo teatro, excavado en la dura roca de la montaña.



Desde aquí resultan impresionantes las vistas del macizo del Parnaso, cubierto de nieve, que se eleva sobre la llanura.


Hacia allí dirigimos nuestros pasos siguiendo una carretera que serpentea por la ladera y en unos kilómetros nos traslada a un paisaje alpino. Buscamos las huellas de Apolo y las Musas que, según creían los antiguos, habitaban en la cumbre. Poco a poco la nieve va salpicando de blanco la montaña. Finalmente, tras una curva, la carretera termina en un amplio aparcamiento y en lugar de ver a Apolo dirigiendo el coro de las Musas nos encontramos con los remontes de una estación de esquí.


martes, 23 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (IV)

Η Ιθάκη σ’ έδωσε τ’ ωραίο ταξείδι.
Χωρίς αυτήν δεν θάβγαινες στον δρόμο.
Άλλα δεν έχει να σε δώσει πια.

Ítaca te dio un hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Otra cosa no tiene ya que darte.

El Ionion Pelagos surca el mar del que toma su nombre en un espléndido mediodía de abril. Al acercarnos a Ítaca por el sudeste la isla no nos presenta su cara más hospitalaria. Un perfil montañoso con laderas cubiertas de vegetación que llegan hasta el borde del mar. Ni una playa, ni un puerto, ni un pueblo, ni rastro de presencia humana, a excepción de un camino que se adivina entre los arbustos y termina en una pequeña construcción, quizá una ermita, que añade una pincelada de color al extremo este de la isla.



El barco se aparta de la costa de Ítaca para dirigirse a la vecina Cefalonia, que ofrece un aspecto más acogedor. Alguna cala, villas que miran al mar desde las laderas salpicadas de cipreses, pueblos que se distinguen a lo lejos, en el interior, y el animado puerto de Sami, donde hacemos una escala.
 

De nuevo ponemos rumbo a Ítaca, directos a su costa oeste. Tampoco aquí se divisa población alguna. Parece que la isla estuviese encerrada sobre sí misma, reacia a recibir al visitante. A medida que nos vamos aproximando se percibe una mancha que clarea la línea de costa. Un pequeño acantilado, un muelle de hormigón y no más de cuatro pequeñas edificaciones. Es el puerto de Pisaetos, un lugar aparentemente en medio de la nada, nuestra puerta de entrada a Ítaca.




El barco se vacía rápidamente, recibe nuevos pasajeros y emprende el regreso a Sami. Nosotros, felices de pisar por fin la tierra de Odiseo, tomamos la carretera que conduce a la capital de la isla. Al final de una subida nos detenemos para visitar las ruinas de Alalcomenas. El lugar fue excavado por Schliemann, creyendo que podría tratarse del palacio de Odiseo. Encontró los muros de aparejo ciclópeo que rodeaban la acrópolis, pero nada parecido a los espléndidos tesoros de Troya y Micenas.




Excavaciones posteriores han hallado restos de una larga ocupación que va desde los tiempos micénicos hasta el período clásico, pero parecen descartar que estuviera aquí el principal centro micénico de la isla. Lo que no se puede discutir es que las vistas son dignas de un rey.



Volvemos a la carretera y descendemos por el estrecho istmo que mantiene unidas las dos partes de la isla. Por fin Ítaca nos ofrece su cara más amable: profundas bahías rodeadas de montañas con algún pequeño islote y al fondo de uno de los más hermosos puertos naturales del Mediterráneo, Vathy, la capital, con la pequeña isla del Lazareto y sus casas de volúmenes cúbicos y discretos colores reflejándose en el mar.



En la plaza principal, abierta por un lado al puerto, buscamos la agencia donde conocemos a Eleni, que tan amablemente nos había gestionado los billetes del barco. Después de saldar nuestra cuenta salimos de nuevo a la plaza. Junto al muelle encontramos un moderno grupo escultórico en bronce que representa a Odiseo contemplando el mar.


Otro busto en mármol rinde homenaje a Homero, que dio fama universal a esta isla.


La inscripción recuerda la respuesta del oráculo de Delfos al emperador Adriano, cuando éste le preguntó por la patria de Homero:

De patria es itacense;
Telémaco es su padre
y Epicasta, hija de Néstor, su madre,
que dio a luz a este, de los mortales
con mucho el hombre más sabio.

Penélope tiene también su monumento, aunque más modesto y en un lugar menos destacado, a las puertas de un supermercado.


En nuestro recorrido desde Atenas varias personas nos habían preguntado por el destino final de nuestro viaje. Al enterarse de que nos dirigíamos a Ítaca todos reaccionaban de la misma manera. Esbozaban una sonrisa y repetían como un mantra dos palabras: ήσυχο νησί (una isla tranquila). Durante nuestras primeras horas en la isla ya nos habíamos dado cuenta de que nos hallábamos en un sitio especial, en el que reina una calma que te hace sentir como en casa.
Paseando por las calles de Vathy entramos en la tienda de un artesano que fabrica objetos de latón. Mientras da forma a una pieza en su banco de trabajo nos empieza a hablar de su tierra y repite las palabras mágicas, ήσυχο νησί. En toda la isla viven unas tres mil personas y casi todos se conocen. En verano la población prácticamente se duplica. Muchos itacenses que trabajan fuera regresan a pasar las vacaciones. Los turistas llegan en barcos de recreo o se alojan en los escasos hoteles de la isla y en casas o apartamentos de alquiler. Aun así Ítaca se mantiene a salvo de la presión turística. ¿Cómo va a venir mucha gente, si no cabemos más? -se pregunta nuestro amigo. Se sorprendería de ver todo lo que puede llegar a caber en otros lugares del litoral mediterráneo: bloques de apartamentos, hoteles, urbanizaciones, grandes cruceros, parques temáticos y acuáticos... Esperemos que Ítaca no caiga en las garras del turismo de masas para que no pierda su personalidad y nunca deje de ser un ήσυχο νησί.
A los pies del artesano dormita un perro negro. Se llama Argos -nos dice-, como no podía ser de otra manera. Le pregunto si él no se llamará Odiseo. Sonríe tras su tupida barba y contesta que su nombre es Thanasis. Aunque tiene un hijo, tampoco se llama Telémaco, ni su mujer Penélope. Si alguna vez pasáis por Ítaca acercaos a la tienda de Thanasis. Os llevaréis un rato de buena conversación y, a lo mejor, un barquito de latón que navega sobre una guijarro de la isla.

 

jueves, 1 de junio de 2017

Viaje a Ítaca (y VI)

Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα,
ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν.

Tan sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
ya comprenderás qué significan las Ítacas.

Seguimos a la búsqueda de los escenarios de la Odisea, esta vez en la parte sur de la isla. La carretera que sale de Vathy se va estrechando a los pocos kilómetros hasta convertirse en un camino de tierra, cada vez más impracticable. A nuestra izquierda la ladera cae en pronunciada pendiente hacia el mar. No se distingue ningún lugar apropiado para aparcar el coche o intentar dar la vuelta. Por suerte un poco más adelante se abre una explanada despejada de vegetación. Echamos a andar por la pequeña planicie de Marathias y nos topamos con unos cercados para ovejas y cabras. Perezosamente salen a nuestro encuentro unos perros que ladran por instinto, no porque tengan como misión ahuyentar a ningún extraño. Aquí debió de estar la majada de Eumeo, el lugar al que se dirigió Odiseo por indicación de Atenea después de llegar a Ítaca .
Llégate primero al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto a la roca del Cuervo y la fuente Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo agua turbia, cosas ambas que hacen crecer en ellos la floreciente grosura.
La roca del Cuervo es un cortado que cae en vertical hacia la costa. Según la leyenda un cazador llamado Kórax (cuervo) se habría despeñado por aquí. Su madre Aretusa, a causa del dolor, habría sido convertida en un manantial. Nos asomamos para ver la pared e intentamos descender hasta la fuente, que se halla a sus pies, pero el terreno es abrupto y peligroso.


Desandamos el camino y tomamos de nuevo el coche hasta donde la pista de tierra da paso al asfalto. A la derecha una indicación señala el inicio del sendero que conduce a la fuente de Aretusa. Empezamos a descender por un camino flanqueado por una tupida vegetación de arbustos en flor. El calor aprieta, pero las vistas de nuevo nos sobrecogen. La pequeña bahía de Ligia se halla a nuestros pies. Un velero solitario echa el ancla junto a la costa. Nos llega el ruido de las voces y los chapoteos de sus tripulantes que toman un baño.


En este paraje desembarcó Telémaco para evitar la emboscada de los pretendientes, que le esperaban a su regreso del continente, tal y como le había advertido Atenea.
Los más conspicuos de los pretendientes se emboscaron, para acechar tu llegada, en el estrecho que media entre Ítaca y la escabrosa Samos, pues quieren matarte cuando vuelvas al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes sepultará la tierra en su seno a algunos de los pretendientes que devoran lo tuyo. Por eso haz que pase el bien construido bajel a alguna distancia de las islas y navega de noche, y aquel de los inmortales que te aguarda y te protege enviará detrás de tu barco próspero viento. Así que arribes a la costa de Ítaca, manda la nave y todos los compañeros a la ciudad, y llégate ante todas las cosas al porquerizo, que guarda tus cerdos y te quiere bien.
Continuamos el descenso hasta llegar a los pies de la roca del Cuervo. Allí, en una oquedad de la pared, se encuentra la fuente, actualmente sin agua.


Nuestra intención es seguir bajando hasta la playa, para recobrarnos del calor con un chapuzón y reponer fuerzas con un bocadillo a la orilla del mar, pero la vegetación es demasiado espesa y no acertamos a encontrar la senda que lleva hasta allí. Nos tenemos que conformar con tomar un tentempié a un lado del camino, disfrutando, eso sí, de un magnífico panorama.


De nuevo en el coche nos dirigimos a Perachori, una bonita localidad emplazada en la montaña que domina Vathy por el sur. Como no hemos podido refrescarnos por fuera en la playa, nos refrescamos por dentro en un kafenío del pueblo. La dueña nos recomienda el paseo a Paleochora, la antigua capital de la isla, que fue abandonada después de que en el siglo XVIII el centro administrativo se trasladara a la costa. Aparte de alguna iglesia que se sigue utilizando como ermita, solo quedan los cimientos de las antiguas edificaciones, que se distinguen a duras penas entre la vegetación. El camino ofrece unas vistas espléndidas sobre Vathy, la actual capital.


Si siguiéramos caminando llegaríamos hasta la cueva de las ninfas, por encima de la bahía de Dexia, pero nos hemos quedado con las ganas de un baño en el mar. Así que decidimos regresar y conducir hasta la pequeña playa de Loutsa, cerca de donde nos alojamos. Allí nos zambullimos por fin en las refrescantes aguas del Jónico, mientras el sol empieza a ponerse por el otro extremo de la bahía.




Al día siguiente debemos abandonar la isla y tomar el barco que nos lleva de vuelta al continente. Ítaca nos ha regalado un hermoso viaje. No nos ha engañado. Más bien no ha dejado de sorprendernos. No es ni mucho menos pobre, sino rica por sus paisajes, por su historia y, sobre todo, por sus gentes. Una isla que sigue conservando su esencia, alejada del turismo de masas, a pesar del magnetismo que ejerce su nombre.
Pero Ítaca no es el final del viaje, no es ese su significado. Tampoco lo fue para Odiseo que, tras matar a los pretendientes, tuvo que partir de nuevo con un remo al hombro en busca de los hombres que nunca vieron el mar. Cuando se llega al anhelado destino, siempre se presenta un nuevo horizonte que descubrir. No hay una sola Ítaca, sino muchas, y pobre del que se quede sin una Ítaca que alcanzar. La vida es un continuo viaje, aunque no siempre sea necesario moverse del sitio para volar. Algunos de los mejores viajes se emprenden con las alas de la imaginación. Como el más hermoso viaje jamás contado, el que nos ha traído hasta Ítaca, el que empieza con estas palabras: 

ἄνδρα μοι ἔννεπε, μοῦσα, πολύτροπον, ὃς μάλα πολλά
πλάγχθη, ἐπεὶ Τροίης ἱερὸν πτολίεθρον ἔπερσεν·
πολλῶν δ' ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω...

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio, que larguísimo tiempo
anduvo peregrinando, después de destruir la sacra ciudad de Troya,
vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres... 


miércoles, 17 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (III)

Πάντα στον νου σου νάχεις την Ιθάκη.
Το φθάσιμον εκεί είν’ ο προορισμός σου.
Aλλά μη βιάζεις το ταξείδι διόλου.

Ten siempre a Ítaca en la mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero de ningún modo apresures el viaje.

Abandonamos Naupacto y retomamos el camino hacia el oeste, teniendo a Ítaca siempre en la mente y cada vez más cerca en el mapa. El golfo de Corinto se cierra en su parte más estrecha para luego abrirse hacia el mar Jónico. La luz de la mañana resalta el blanco de los enormes pilares del puente que desde hace unos años une las dos orillas.


Pasamos junto a esta gran obra de la ingeniería moderna y durante unos kilómetros la carretera circula en paralelo a una autopista a punto de ser inaugurada, con flamantes túneles y viaductos que en el futuro harán más accesibles estas regiones de Grecia, a cambio de modificar profundamente el paisaje. Frente a la modernidad de estas nuevas infraestructuras la toponimia de los lugares que atravesamos se obstina en hacer viajar nuestra mente de nuevo hacia el pasado. Nos sale al paso el río Eveno, de ancha corriente, que acumula piedras y arena en sus orillas. Es el río que el centauro Neso ayudó a cruzar a Deyanira, antes de intentar violarla. Desde la otra orilla Heracles disparó sus flechas y acabó con la vida del centauro. La sangre de Neso sería tiempo después la causa de la muerte del héroe, como cuenta Sófocles en las Traquinias. Deyanira fue una princesa de Calidón, la ciudad cuyas ruinas aparecen más adelante a un lado de la carretera. Llama la atención su curioso teatro, en el que la orquestra y las primeras filas del graderío tienen planta rectangular.



Subimos por la colina y encontramos los restos de un heroon y los cimientos del templo de Ártemis sobre una terraza que domina la llanura circundante hasta el mar.



En el solitario paseo por las ruinas no hallamos ni rastro del legendario jabalí que asoló estas tierras, pero nos topamos con otras fieras más pequeñas que nos dan un buen susto al salir huyendo ruidosamente a nuestro paso.


Cerca de Calidón, junto al mar, está la heroica ciudad de Mesolongui, rodeada de marismas, donde Lord Byron encontró la muerte mientras apoyaba la causa de la independencia de Grecia. Siguiendo por la carretera principal pasamos junto a más restos antiguos: unos baños romanos y la ciudad de Pleurón, construida en una colina sobre unas imponentes terrazas. Pero continuamos hacia el oeste y atravesamos la ciudad de Etolikó, con su singular emplazamiento en una pequeña isla en mitad de la marisma. Nos aproximamos al curso del Aqueloo, uno de los ríos más caudalosos de Grecia, que en la mitología rivalizó con Heracles por la mano de Deyanira. Desde la Antigüedad la línea de costa se ha visto modificada por los sedimentos arrastrados por el río. Oiniades era una ciudad etolia situada junto al mar, cuyas ruinas se encuentran hoy rodeadas de tierras de cultivo. Mi admirada Ana Capsir, que ha hecho Mil viajes a Ítaca y tan bien conoce estas tierras, me descubrió el lugar en una entrada de su blog. Por la parte que miraba a tierra Oiniades estaba protegida por una muralla de la que quedan bastantes restos.


Pero lo más impresionante del recinto arqueológico son los antiguos astilleros, que contemplamos desde un terreno que hace más de dos mil años ocupaba el mar. Se trata de seis enormes rampas talladas en la roca, por las que se sacaban las naves a tierra para hacer reparaciones o resguardarlas en invierno. Unas columnas sotenían la techumbre hoy perdida.


En la parte alta de ciudad había también un teatro, que conserva la orquestra y buena parte del graderío.


En estas ruinas solitarias nos encontramos, como en Calidón, con varias serpientes. El guardia nos había advertido que tuviéramos cuidado, porque en estos primeros días de calor del año las piedras desnudas de los monumentos antiguos son su sitio favorito para calentarse. Otros reptiles más inofensivos poblaban el lugar, unas pequeñas tortugas que se ocultaban entre las hierbas del suelo.

 

A pocos kilómetros de Oiniades se encuentra Ástaco, el puerto desde el que sale el barco para Ítaca. Había sido un poco complicado conseguir los billetes, al menos desde nuestra perspectiva de europeos occidentales. Pero aquí, en Grecia, las cosas funcionan de otra manera. La confianza y la costumbre pueden resultar más eficaces que los modernos trámites online. Para asegurarme de que no me quedaba sin pasaje en unas fechas en las que los griegos vuelven a casa para celebrar la Pascua, había intentado sacar los billetes desde España por Internet. La página de la compañía naviera no me ofrecía esa posibilidad, así que lo intenté con otros sitios de venta de billetes. Tampoco había manera. Finalmente me puse en contacto por correo electrónico con una agencia de viajes de Ítaca que aparecía en la página de la compañía. Una amable señorita, llamada Eleni, me contestó que si le enviaba los nombres de los pasajeros ella se encargaría de emitir los billetes. Le pregunté de qué manera podía hacer la transferencia para pagarlos y cómo me los harían llegar a España. Me contestó que no era necesario hacer ninguna transferencia. Sólo tenía que pasarme por su oficina cuando estuviera en Ítaca y entonces pagaría y recogería los billetes de vuelta. Tampoco hacía falta que yo tuviera billete alguno para embarcar en Ástaco. Bastaba con que dijera mi nombre al subir al barco. Estando en España lo normal parecía desconfiar de este procedimiento y sospechar que podía haber algún tipo de engaño, o que cabía la posibilidad de que nos quedáramos sin plaza en el barco, al no tener ningún tipo de documento. Pero yo confié en la amable Eleni y en la naturalidad con la que me había explicado todo. Y ahora estábamos allí, en el muelle de Ástaco, viendo cómo el Ionion Pelagos vomitaba su cargamento de viajeros, coches y camiones procedentes de Ítaca, para hacer sitio a los que esperábamos para embarcar.


Ver a los demás pasajeros con su billete en la mano me produjo cierta inquietud. Cuando cruzamos la rampa un miembro de la tripulación nos pidió los billetes. Le contesté que no teníamos billetes, pero que yo era ο κύριος Κάστρο. Entonces consultó un papel adhesivo que tenía pegado en el exterior de su mano izquierda. Entre los garabatos allí escritos debía estar mi nombre, porque esbozó una sonrisa y contestó con un Περάστε (Pasad). En unos momentos veíamos desde la cubierta cómo nos alejábamos del encantador pueblo de Ástaco, con su muelle, su paseo, su playa y algún pequeño hotelito.


Un poco más allá las islas deshabitadas que cierran la bahía de Ástaco, donde se pueden distinguir varios criaderos de las doradas que encontramos en las pescaderías de nuestros supermercados.



Después de pasar entre los islotes se adivina por fin, en un plácido mar Jónico, la silueta de la isla de Odiseo.