DIDASKALOS

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miércoles, 19 de junio de 2013

"Paseos por Atenas" de Emmanuil Roídis

Emmanuil Roídis (1836-1904) es uno de los prosistas griegos más destacados de la segunda mitad del XIX. Es conocido sobre todo por ser el autor de La papisa Juana, una irreverente y provocadora novela histórica publicada en 1866, que fue un gran éxito de ventas y ha sido traducida a varias lenguas. Pero La papisa es una obra de juventud. La mayor parte de la producción literaria de Roídis está compuesta por relatos breves, ensayos y artículos periodísticos. El Secretariado de Publicaciones de la Universiadad de Sevilla ha publicado en español, con traducción de Carmen Vilela, la práctica totalidad de la obra de Roídis: en 2006 apareció La papisa Juana. Un estudio sobre la Edad Media; en 2008 la obra que hoy comentamos, Paseos por Atenas. Ensayos y estudios históricos; y en 2010 Relatos de Siros, una recopilación de relatos de la que ya hemos hablado en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ.


Paseos por Atenas recoge buena parte de la producción periodística y ensayística de Roídis. El autor pertenecía a una familia acomodada de la isla de Siros y recibió una esmerada educación. Vivió parte de su infancia en Italia, estudió en Alemania y pasó temporadas en Rumanía y en Egipto. Todo ello hizo de Roídis una persona muy culta e influida por las corrientes intelectuales europeas. En la introducción del libro, Carmen Vilela hace la siguiente semblanza de su personalidad:
Nuestro autor es el típico griego europeizado del siglo XIX, libre de los prejuicios de su época, amante del progreso, al tiempo que conservador, imbuido de lecturas extranjeras, que se sabe superior a la media de sus compatriotas, que vive inmerso en la sociedad helénica con el sentimiento de que se empobrece viviendo en Atenas, y que pese a ello, intenta acostumbrar el reducido mundo de su patria recién constituida como Estado a las realidades sociales de los países europeos, entonces más desarrollados.
Emmanuil Roídis

Los escritos que integran este volumen son bastante heterogéneos y fueron publicados por Roídis en diversos medios entre 1867 y 1903. La traductora y responsable de la edición ha preferido ordenarlos en función de su contenido, atendiendo a criterios literarios más que cronológicos. Un primer grupo de artículos, el que da título al libro, describe la Atenas que conoció Roídis en la segunda mitad del siglo XIX, una ciudad que pasó en pocos años de ser una pequeña población olvidada, a pesar de sus ilustres ruinas, a convertirse en la capital de un Estado europeo moderno. O al menos de eso presumían los atenienses, porque el autor, con su acerada pluma y su espíritu crítico, hace una sátira mordaz de la ciudad y sus habitantes. Roídis, entusiasta de la modernidad y del modo de vida europeo, ataca sin piedad todo lo que acerca a Atenas a las ciudades de Oriente y la aleja del concepto de progreso que tiene el autor. Compartamos o no las opiniones de Roídis, su prosa ágil y chispeante nos lleva de la mano por las calles de Atenas y podemos comprobar sus profundas transformaciones y conocer el modo de vida de sus habitantes. Algunos artículos están escritos en 1896, el año en el que se celebraron los primeros juegos olímpicos modernos y nos describen el fervor deportivo que se desata en Atenas. En otro artículo el mismísimo Alejandro Dumas visita uno de los salones de la burguesía ateniense y se encuentra con el autor. El tercero de sus Paseos por Atenas está dedicado a la calle de Adriano y comienza así:
No existe en Atenas ninguna calle, y hay pocas en otras ciudades, que sean más largas que la que va del fanal de Diógenes hasta la calle de Teseo, llamada de Adriano. Y no conocemos ninguna otra que la iguale en variedad. Todo el mundo encuentra en ella lo que quiere, y, sobre todo, lo que no quiere. Restos arqueológicos griegos y romanos, ruinas de la época de la Turcocracia, cuarteles, mezquitas, prisiones, carnicerías, tiendas de especias, freidurías ambulantes, cocheras, alfarerías, palmeras, plátanos, gallineros, liceos, internados de señoritas, escuelas públicas, establos, mataderos, boticas, médicos, fabricantes de ataúdes, cipreses y todo cuanto se precisa en vida y después de muerto. Un momento del año y del día para visitar todo esto es en verano, a la puesta de sol, y es mucho mejor comenzar a recorrerla desde el monumento de Lisícrates. Desde allí ciertamente la calle está en principio algo más limpia de lo habitual y tiene un aspecto tranquilo, provinciano y un tanto rural. Las tapias que la limitan a uno y otro lado están negras y deterioradas a causa de una vejez prematura, pero coronadas por grandes árboles. Y si uno echa una ojeada a la puerta de un patio, generalmente abierta, suele ocurrir que sienta envidia de quienes habitan dentro.
La calle de Adriano en 1920

La linterna de Lisícrates en 1855

En un segundo grupo de escritos se recogen los artículos de crítica literaria y artística de Roídis, en los que se muestra como un crítico inflexible de ciertas tendencias en boga. Con buenas dosis de sentido del humor parodia en su artículo Manual de narrativa algunas de las convenciones de la literatura de la época. Para ello describe a un mismo personaje, la joven protagonista de una novela, desde distintas perspectivas. Empieza por la "escuela botánica":
Contando dieciocho mayos, Elena era una perfecta flor, o mejor dicho un perfecto ramillete de flores. Su piel tenía la suavidad del pétalo de la camelia. Sus labios, el color de una flor de granado, húmeda aún por el rocío de la mañana. Su aliento, el perfume de la rosa. Su beso, la dulzura de la pasa corintia, y su voz se oía como el murmullo del céfiro por entre el follaje de los pinos. Las dos trenzas que caían sobre sus hombros eran doradas, y su cuerpo tenía la elasticidad de una caña cimbreada suavemente por una brisa de primavera, etc.
Sigue con la "escuela zoológica":
Mientras los cabellos de su muy bien adornada cabeza tenían el color dorado de la melena del león de Numidia, sus cejas y sus pestañas eran, en admirable contraste, completamente negras como las alas del cuervo. Sus ojos eran grandes y tiernos, como los de la corza, sin embargo, a veces, cuando los clavaba fijamente sobre la víctima de su desenfrenada coquetería, participaban de la magia de los de las serpientes, que impelen a los desdichados pájaros a que se arrojen en sus fauces abiertas. A todos estos encantos hay que añadir leve pisada de comadreja, cuello de cisne, voz dulce, etc.
A continuación la "escuela mineralógica":
Elena era un soberbio diamante. Lo que sobre todo hacía destacar su belleza era su inigualable fulgor. Su ondulada cabellera se asemejaba a un trozo de oro tejido. Sus ojos centelleaban como zafiros tallados y entre sus labios de coral, dos hileras de dientes de perlas inmaculadas deslumbraban la vista. Cuando se quitaba el guante a la hora de la cena, era imposible no admirar el brillo opalino de sus delicadas uñas, etc.
Y para terminar el método "detallado":
Elena tenía veintinueve años, cinco meses y cuatro días. En su suavísimo rostro podían descubrirse arrugas no profundas, difíciles aún de detectar, así como dos mechones blancos sobre la oreja izquierda. Su cabello, negro a primera vista, se volvía castaño bajo los rayos de sol. Igualmente ambiguo era el color de sus ojos, cuyo extraordinario brillo lo atribuían sus rivales al uso de atropina. Su sonrisa dejaba ver unos dientes admirables por su blancura y su forma, a excepción del colmillo izquierdo superior, algo más largo que el derecho.
El Partenón en 1905

El resto de artículos del volumen da idea de la variedad de intereses de Roídis. Algunos abordan la crítica política, otros la situación de la mujer, hay también una serie de estudios históricos sobre distintos aspectos de la Edad Media o el mundo antiguo. Roídis no es historiador, pero su espíritu enciclopedista le anima a enfrentarse con cualquier tema, aunque en ocasiones sus argumentaciones resulten débiles. Dada la heterogeneidad del libro, puede que no todos los artículos resulten igual de atractivos para el lector moderno, pero la mayoría se leen con agrado, incluso con una sonrisa, y algunos se muestran plenamente actuales. En cualquier caso, en todos ellos brilla el estilo de Roídis como uno de los grandes prosistas de la literatura neohelénica.

La puerta de Adriano y el templo de Zeus en 1855

La Acrópolis en 1880
Los Propíleos en 1920
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