DIDASKALOS

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domingo, 24 de septiembre de 2017

Empezando con el alfabeto griego

Un año más empezamos el curso aprendiendo el alfabeto griego, esa especie de código secreto que nuestros alumnos tienen que dominar cuando se inician en el estudio de la lengua griega. Las letras griegas tienen un poder especial: la primera y la última simbolizan el principio y el fin, muchas se utilizan en física y matemáticas, se puede hacer un alfabeto completo con marcas comerciales, alguna incluso te puede llevar hasta una isla; pero su uso básico es el de transcribir una de las lenguas más antiguas del mundo. Para aprender los trazos de las letras resulta útil este vídeo de un compañero de Canarias.



Se pueden memorizar más fácilmente los nombres de las letras aprovechando varias canciones sobre el alfabeto. El mismo propósito tiene el bingo del alfabeto griego, que reelaboré hace unos años a partir de una idea de Mario Díaz. Este curso he preparado un nuevo material que comparto ahora en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ: un cuestionario en Kahoot! con el que revisar el alfabeto de una forma lúdica y divertida.

 

martes, 12 de septiembre de 2017

Lecciones de democracia

La democracia surgió del alma de los griegos, que desde Homero y Hesíodo habían comprendido que la vida de cada ser humano es única y más valiosa que cualquier tesoro o cualquier ambición. Surgió de su afán por defender lo inherente al hombre, de su incesante búsqueda de lo universal, y del convencimiento de que la idea de justicia y el impulso de la voluntad habitan por naturaleza en cada uno de los seres humanos. La democracia surgió de una búsqueda a tientas de algo sin precedentes, surgió de un arduo proceso de toma de conciencia, de conciliación y de renuncia, anterior y ajeno a las victorias sobre los persas. Y el logro fue enorme: nunca la opinión de un hombre común tuvo tanto peso político.
Leandro es un hombre común, un ateniense que la víspera de la batalla de Maratón vuelve de hacer su guardia. Quedan dos horas para el amanecer de una jornada decisiva en la que la joven democracia pondrá a prueba su fortaleza. En torno a las hogueras del campamento los soldados descansan. Uno de ellos despierta sobresaltado por una pesadilla. Se inicia una conversación sobre el significado de las visiones enviadas por los dioses. Leandro empieza a contar su historia.


Leandro es un personaje de ficción cuya vida corre en paralelo al intrincado proceso por el que los atenienses, a finales del siglo VI a. C., inventaron algo nuevo: la ciudadanía.
Hasta aquel momento el hombre no había sido nunca ciudadano. Existían en el mundo culturas piramidales, de poder concentrado en un rey-dios o repartido entre una casta, pero no culturas de ciudadanía. La ciudadanía nació en este lugar, con aquellos que, por vez primera, se reconocieron mutuamente como partícipes de un "poder indefinido", de una ἀόριστος ἀρχή que emana de la esencia política de la propia sociedad, que está siempre vigente en el conjunto de sus miembros, y de la que cada uno de ellos es legítimo portador activo cuando se pronuncia en la asamblea o en los tribunales. Fue así, con este pacto consciente, como nació la democracia. 
La apacible vida de Leandro toma un rumbo inesperado cuando con dieciséis años se despide de su padre y emprende un viaje para cerrar un trato comercial en el Quersoneso.


Su regreso a Atenas coincide con la fiesta de las Panateneas, en la que Hiparco, uno de los tiranos, va a ser asesinado. A partir de entonces se desencadenan los acontecimientos y ya nada volverá a ser igual.



El relato de Leandro va captando el interés de los soldados acampados, que se arremolinan alrededor del fuego, entre ellos una pareja singular, el fornido Cinégiro y su hermano, que con el tiempo será uno de los poetas trágicos de Atenas.


Leandro prosigue con su historia y rememora su estancia en Delfos, donde acude después de salir huyendo de la convulsa Atenas. En el santuario de Apolo es testigo de oscuras intrigas y conoce a un personaje controvertido y a la vez decisivo para la historia de la democracia: Clístenes.


Por los recuerdos de Leandro van desfilando las grandes figuras de la historia ateniense. Como el sabio, poeta y legislador Solón, con el que arranca el lento camino hacia la democracia.
En los días de Solón, el proceso que con el tiempo acabaría conduciendo a la democracia se puso en marcha a raíz de una desigualdad económica que generaba una injusticia social. El poeta intentó crear un sistema para que los ricos no pudieran abusar de los pobres, intentó desvincular el poder de la riqueza y vincular la soberanía al individuo; intentó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política; e intentó, sobre todo, que la libertad dejara de estar supeditada a la posesión de recursos.

El tirano Pisístrato no es presentado con rasgos muy negativos, pero sus hijos Hipias e Hiparco, el reaccionario Iságoras y su aliado, el rey espartano Cleómenes son personajes grotescos, cercanos a la caricatura.





También los dioses tienen su papel en la historia. Atenea se aparece en sueños a Leandro en varias ocasiones para darle consejo y mostrarle el camino. Apolo y Dioniso, razón y frenesí, son dos polos opuestos y complementarios, los motores del cambio que se opera para instaurar la democracia.



Pero a partir del impulso de los dioses el mérito de construir el estado democrático es de los hombres.
El Estado nació como una organización orientada a defender el interés común y los derechos individuales frente a los intereses particulares y la arbitrariedad de las familias poderosas y de sus instrumentos de dominio. Es decir, desde el primer paso, el Estado comenzó a construirse como un Todos frente a un Ellos.

Clístenes (...), con su reforma, creó una nueva sociedad sobre la cual era posible imaginar que llegase a arraigar la igualdad política. Fue un triunfo declarado de la igualdad sobre la identidad. (...) La identidad era una herencia involuntaria, determinante y, a menudo, excluyente; la igualdad, en cambio, era una conquista, y sólo sobre ella podría construirse la ciudadanía.


Desde dos aproximaciones muy diferentes, los dos libros de los que están tomadas las imágenes y las citas de esta entrada nos hacen reflexionar sobre el significado y vigencia de la antigua democracia ateniense. El primero es una novela gráfica, publicada por Alianza editorial con dibujos de Alecos Papadatos y color de Annie Di Donna, el mismo equipo responsable de Logicomix. El guión es del propio Papadatos en colaboración con Abraham Kawa.


El segundo es un cautivador ensayo de Pedro Olalla, quien sabe hacer hablar como nadie a las ruinas y los paisajes de Grecia. En Grecia en el aire (Acantilado 2015) nos ofrece un recorrido físico e intelectual por los lugares de Atenas en los que se forjó la democracia, un paseo que arranca en la colina de las Ninfas y en la Pnyx, se detiene sobre todo en el ágora y se prolonga por el Cerámico hasta la Academia. Pero no se trata tan sólo de un itinerario arqueológico y un documentado estudio sobre la democracia antigua. En unos días en los que muchos dan lecciones de democracia, atribuyéndose la etiqueta de demócratas de un modo excluyente, el libro de Pedro Olalla va más allá, acude a los orígenes e intenta sacudir las conciencias reflexionando sobre la distancia que nos separa de los antiguos atenienses y lo lejos que estamos de alcanzar sus logros.
Veintiséis siglos después, no sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que el objetivo único de los poderes que ahora nos gobiernan no parece ser otro que ese: esclavizar de facto a la humanidad a través de la deuda.
El paseo prosigue por el ágora levantada en tiempo de los romanos, cuyo concepto de ciudadanía, diferente al de los griegos, está en la base de los estados actuales.
La ciudadanía griega fue para quien la tuvo una exigente prerrogativa de acción, de implicación y de responsabilidad política; la ciudadanía romana, en cambio, fue para la mayoría de quienes la ostentaron una mera salvaguarda de garantías jurídicas sin derecho a la participación real en la política. Desde entonces somos más ciudadanos romanos que griegos, y las "democracias" que ha habido hasta hoy en día descienden mucho más de la sangre del republicanismo romano que de aquel denodado proyecto ateniense cuyo nombre -atrevámonos a decirlo- se permiten seguir usurpando.
El destino final es la plaza de Sintagma, donde se levanta el Parlamento griego, el antiguo palacio real ante el que se congregó el pueblo en 1843 para arrancar del rey Otón el compromiso de una Constitución. La misma plaza en la que se alza el ciprés junto al que se suicidó el farmaceútico Dimitris Christoulas, el epicentro de las protestas de los últimos años en contra de memoranda, decretos y recortes, un lugar apropiado para evocar el recuerdo de Antígona.
Antígona nos descubrió algo tan sorprendente y tan rotundo como que la democracia necesita para su supervivencia de la desobediencia civil. Siempre que concibamos la democracia como una creación en desarrollo y no como un hecho consumado, tenemos que aceptar el potencial de esa desobediencia como alerta contra el conformismo, como cuestionamiento permanente de legitimidad, y, más aún, como lícito recurso colectivo para atajar la nefasta tendencia política a que la ética sea sustituida por el derecho. (...) Esa desobediencia se convierte en alarma y en llamada al diálogo para buscar nuevo consenso sobre la legitimidad moral de la ley; se revela como fuerza vivificadora que hace avanzar la democracia; y, lejos de erigirse en su enemiga, se erige lealmente en su conciencia.
En Sintagma culmina este recorrido por el espacio y el tiempo, esta invitación a la acción, a aceptar la herencia y el desafío de la antigua democracia ateniense, a asumir que no se puede construir un mundo diferente sobre una sociedad indiferente.

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Más libros de navegantes por Grecia

Es inevitable sentir nostalgia después de volver de un viaje largamente deseado. El único remedio para esa afección del espíritu es el regreso (νόστος) a los lugares visitados. Cuando eso no es posible siempre queda el consuelo de la memoria, poner por escrito y compartir los recuerdos del viaje. En cierto modo el viaje recordado es un nuevo viaje, diferente del original, transformado por la distancia, el tiempo transcurrido y los caprichos selectivos de nuestra memoria. Hay además otra forma de regreso, que consiste acudir a los testimonios de quienes visitaron los mismos lugares. Así he podido volver a Grecia este verano, recorriendo las páginas de los libros de tres navegantes que conocen bien sus mares. De los Mil viajes a Ítaca de Ana Capsir, un libro muy especial, ya he hablado en una entrada anterior. Hoy toca comentar otros dos. El primero y más recomendable es La isla olvidada de Lluís Ferrés Gurt, publicado por la Editorial Juventud.

Un destino es la excusa para iniciar un viaje. Una isla misteriosa en el otro extremo del mar es más que una excusa, es una razón difícilmente resistible. Y con un velero listo para partir no hay que pensarlo dos veces. Hay que zarpar y desear, como dijo Kavafis, que el viaje sea largo, que el camino sea sinuoso, cosa fácil, ya que la isla se halla en el otro extremo del Mediterráneo y para alcanzarla hay que cruzar este mar laberíntico tan apropiado para el merodeo y en el que lo difícil es evitar detenerse en los recodos del camino y demorarse en los puertos y fondeaderos para hablar con las gentes y saborear los momentos. Hay que apresurar la salida y retrasar la llegada, evitar los atajos. Merodear, esa es la palabra. Pero no como un nómada que hace del camino su única razón de vida, sino como un viajero que va, sin prisa, hacia alguna parte. 
Estas líneas de la introducción resumen el objetivo del viaje que se narra en La isla olvidada, un viaje que parte de la daliniana cala de Port Lligat, en la costa catalana, para terminar en la pequeña isla de Saría, al norte de Kárpathos, en aguas del Egeo. Como revela el subtítulo del libro se trata de un periplo por el Mediterráneo modesto, que elude a propósito las grandes ciudades de este mar y los destinos turísticos más frecuentados. El velero de Lluís Ferrés se detiene en pequeños islotes de la costa oeste de Cerdeña y en el enclave de Tabarka, en el litoral tunecino, antes de recorrer las aguas poco profundas del canal de Sicilia y buscar el rastro de islas que aparecieron y desparecieron como resultado de la actividad volcánica de la zona. El periplo continúa por la costa siciliana recalando en islas solitarias o agrupadas en los pequeños archipiélagos de las Égadas o las Eolias. El paso del estrecho de Mesina, morada legendaria de Escila y Caribdis, marca el tránsito hacia el mar Jónico. Allí es inevitable la parada en Ítaca, la isla de Odiseo, antes de rodear el Peloponeso para adentrarse en el Egeo, el paraíso para el enfermo de islomanía, el territorio en el que cualquier navegante libre de esta fijación acabará contrayendo la enfermedad. Folégandros, Síkinos, Amorgós, Astipalea, Leros, Nísiros, Chalki y Kárpathos son las escalas en las que se demora el barco del autor antes de llegar al destino deseado, la pequeña Saría.
Cada isla es un mundo, con una vida y una historia propias. El libro de Lluís Ferrés entabla un hermoso diálogo con el presente y el pasado de este mar sorprendente. Desde tiempos remotos diversos pueblos han ejercido su dominio más o menos largo e intenso: minoicos, micénicos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, venecianos, genoveses, berberiscos, turcos... Todos ellos han dejado su huella, pero al autor le interesan más algunas actividades que han marcado el pasado reciente y que están a punto de desaparecer. Nos enteramos así de cómo la tonnara, la pesca del atún con almadraba, era hasta hace poco el motor de la economía de algunas islas del Tirreno. Descubrimos el bisso, la seda del mar, un asombroso material obtenido de las fibras con las que la nacra, una especie de enorme mejillón, se fija al fondo del mar. Su proceso de fabricación se ha transmitido como un valioso secreto entre las mujeres de la isla de Sant'Antioco. La extracción de coral en Tabarka o la pesca de esponjas en Chalki son otras actividades casi desaparecidas, que fueron hasta hace poco la clave de su prosperidad. 
Ruinas de castillos encaramados en las alturas, remotos monasterios en lugares imposibles, antiguos balnearios decimonónicos abandonados, o cárceles que albergaron años atrás a peligrosos capos de la Mafia son algunas de las construcciones que salen al encuentro del velero y dan testimonio del paso del tiempo. Como los modestos restos de edificaciones de diversas épocas que aún pueden verse en Saría, la isla felizmente olvidada, el destino último de este fascinante viaje a través del Mediterráneo.


Antonio Vicario es otro navegante, buen conocedor de los mares de Grecia. Pero su libro El mar acogedor, publicado por Bohodón Ediciones, no es una crónica de viajes, sino una colección de relatos un tanto desigual. El autor elabora seis piezas de ficción partiendo de noticias de prensa, notas, recuerdos y reflexiones personales. Todas ellas tienen una relación más o menos directa con el mar y se desarrollan en su mayoría en islas como Hidra, Egina, Ítaca o Santorini. Entre sus protagonistas encontramos gentes de mar: capitanes, cocineros, familias de armadores venidas a menos..., pero también a un anciano arqueólogo exiliado que regresa a su patria, o a la variopinta comunidad de extranjeros afincados en una isla griega. Las historias suelen estar salpimentadas con una tórrida pasión amorosa y se resuelven con algún suceso trágico que marca el destino de los personajes. Se trata, en suma, de una lectura amena y ligera, sin mayores pretensiones, que cuenta para nosotros con el aliciente de estar ambientada en Grecia.