DIDASKALOS

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domingo, 24 de febrero de 2019

Cartas de los hombres

Hace ya más de dos mil años que Publio Ovidio Nasón dio voz en sus Heroidas a alguna de las figuras femeninas más célebres de la mitología. En esta colección de cartas poéticas, compuesta en dísticos elegíacos, Penélope, Medea, Helena, Fedra y Ariadna, entre otras, dirigen sus quejas, reproches e inquietudes a sus respectivos esposos o amantes. Las seis últimas cartas están agrupadas por parejas y en ellas cada una de las protagonistas responde a los argumentos planteados por su compañero en la misiva precedente. Pero la mayoría de estas cartas de mujeres quedan sin respuesta, a la espera de que lleguen a sus destinatarios.

Publio Ovidio Nasón

Otros escritores antes que Ovidio habían hecho el esfuerzo de meterse en la piel de las mujeres para intentar comprender los sentimientos y emociones del alma femenina. Nos podríamos remontar hasta Estesícoro, el poeta lírico griego que, según la leyenda, perdió la vista por ofender a Helena en uno de sus poemas. Habría recuperado la visión tras componer su Palinodia, una nueva versión del mito en la que la reina de Esparta salía mejor parada. Sabemos también que entre los ejercicios retóricos del sofista Gorgias se incluía un Encomio de Helena, en el que se justificaba a la denostada heroína, acusada habitualmente de haber provocado la guerra de Troya. La influencia sofística es evidente en Eurípides y en los personajes femeninos de sus tragedias: esas Medeas, Hécubas, Andrómacas o Fedras que reivindican con pasión, pero también con sólidos argumentos retóricos, su dignidad, al tiempo que denuncian las injusticias a las que se ven sometidas. Es un hecho conocido que Eurípides no gozó del favor de sus contemporáneos, que contemplaban escandalizados a unas mujeres que no reprimían sus emociones y no se sometían en silencio a la autoridad del varón. Sin embargo, en épocas posteriores sus tragedias se volvieron las favoritas del público y su influencia se extendió hasta la literatura latina. No sólo el teatro de Séneca, sino también las Heroidas de Ovidio beben en última instancia de las fuentes de Eurípides.


Como decíamos al principio, esas cartas de mujeres, salidas de la pluma de Ovidio, fueron enviadas hace ya dos mil años, pero quedaron sin respuesta. Aunque sabemos cómo acabaron las historias de sus protagonistas, resulta tentador preguntarse qué habrían respondido Hércules, Jasón o Aquiles si las hubieran leído, cómo habrían justificado sus acciones Ulises, Hipólito o Eneas. Ese es el reto que se ha propuesto Graciela Rodríguez Alonso (Santander, 1958) en sus Cartas de los hombres, publicadas por la editorial La Huerta Grande.
Al leer las Heroidas me identifiqué, primero, con cada una de las remitentes para, después, ponerme en el lugar de los verdaderos destinatarios, los hombres a quienes ellas adoraban, imprecaban, anhelaban o maldecían sin recibir respuesta. Sólo el silencio.
La autora ha desarrollado su carrera profesional en el mundo de la informática, pero demuestra una sólida formación literaria, que le ha permitido resolver brillantemente el desafío de escribir las respuestas a las epístolas de las heroínas de Ovidio. En un proceso inverso al del poeta latino, penetra en el alma masculina para intentar comprender y justificar su modo de actuar. Hay una diferencia formal con el precedente ovidiano. Estas cartas están escritas en prosa, aunque con un estilo que recoge las figuras e imágenes de la literatura clásica y no desentona con el original latino, mucho menos con la prosa en la que están escritas las traducciones modernas de las Heroidas.



En la obra de Graciela Rodríguez Alonso se incluyen sólo cartas de hombres. Las redactan aquellos héroes a los que las heroínas de Ovidio dirigieron sus palabras. Como señala la autora en la introducción, lo más doloroso para el que escribe una carta es la falta de respuesta.
Todo aquel que haya escrito una carta sabe qué efectos pueden provocar esas páginas desde el momento en que se envían. Uno se desprende de ellas aguardando una respuesta, sin poder apartarlas de su mente, temiendo -sobre todo si son de alguien muy querido- que se extravíen en algún lugar del camino, calculando cuánto tardarán en llegar, imaginando cuándo serán leídas, qué efecto provocarán y cómo serán respondidas. No hay nada más decepcionante que la ausencia de respuesta.
La mayoría de las cartas del libro son respuestas directas a las compuestas por Ovidio, a cuyos argumentos replican punto por punto. Se podrían leer a continuación de su precedente latino. Es el caso de la de Odiseo a Penélope, la de Jasón a Medea, o la de Paris a Enone, por citar sólo algunos ejemplos. Otras cartas, aunque presentan los mismos protagonistas, no responden a las cartas de Ovidio, porque están escritas en un momento diferente de la relación entre los personajes. Así Teseo escribe a Ariadna desde Creta, poco antes de partir hacia Atenas, mientras que la carta que Ovidio puso en boca de Ariadna está fechada en Naxos, después de haber sido abandonada por Teseo. Un tercer grupo de cartas son totalmente originales e introducen interlocutores que no aparecían en la obra de Ovidio. Y es que la autora, después de contestar a las cartas que quedaron sin respuesta, no puede resistirse a la tentación de imaginar qué palabras habría podido dirigir Aquiles a Deidamía, al enterarse de que había engendrado un hijo con ella, o un Odiseo ya anciano a Circe, añorando desde Ítaca las aventuras pasadas.

Los sentimientos expresados en estas Cartas de los hombres varían según los casos. En unas encontramos compasión, compromiso y amor sincero, aunque combinados con reproches motivados por los celos o la impaciencia. En otras el tono predominante es el rechazo, cuando no el desprecio más absoluto, como en los casos de Jasón y Medea, o Hipólito y Fedra. En ocasiones aparece la sorpresa, como en la carta antes citada de Teseo a Ariadna. El héroe ha descubierto en el laberinto que Ariadna visitaba regularmente al Minotauro, que éste la amaba, que no es sólo el aspecto lo que nos hace monstruosos.
Asterión ha muerto, pero en cada uno de nosotros habita un monstruo que grita en soledad. No hay salida, Ariadna, no hay hilo ni espada ni alas de cera que nos libren de nuestro monstruo particular. Imaginas que hay un lugar a salvo lejos de Creta, sueñas con una vida sin laberinto al otro lado del mar. No existe. Huir no es la solución, ya sabes cuál ha sido el final de Ícaro. De nada sirve ocultar nuestras culpas, mantener en secreto nuestros deseos, confiar en los dioses. Sólo nos queda vivir como mortales atados a un hilo cuya longitud depende de la decisión del destino. Y no volver a preguntarnos por la salida.
Como vemos a la autora le gusta innovar sobre las historias habitualmente transmitidas o rebuscar en tradiciones diferentes del mito. Así, en la carta de Demofoonte a Filis retoma una versión poco conocida del abandono de Ariadna. El barco de Teseo no llega a Naxos, sino a Chipre, arrastrado por una tempestad, y Ariadna, enferma y embarazada, se queda allí al cuidado de las mujeres de la isla. Cuando Teseo regresa a por ella ha fallecido en el parto.

Ariadna en Naxos. Evelyn De Morgan. 1877

En el caso de Eneas la innovación es todavía más audaz. El héroe troyano menciona una carta que ha recibido de Dido, la heroida VII de Ovidio, y que no tiene intención de abrir, porque su misiva está dirigida a Ana, la hermana de Dido. Es de ella de quien está enamorado y le exhorta a partir con él hacia Italia:
No tengo para Dido palabras de alivio ni tampoco de esperanza. Sólo piedad. Para ti, Ana, tengo los mismos deseos que en cada una de nuestras noches has escuchado. No pierdas tiempo. Sígueme.
En la misma línea se sitúa la carta de Odiseo a Helena, en la que, desencantado por la vida que ha llevado desde su regreso, recuerda su pasado con nostalgia:
Soy Nadie, soy casi Cualquiera, soy Todos aguardando en una isla que durante demasiados años confundí con el hogar definitivo.
En general los remitentes de estas cartas no se muestran caprichosos o insensibles, como podría deducirse de algunos argumentos expresados por las heroínas ovidianas. Graciela Rodríguez nos presenta la otra cara de la moneda, humanizando a estas grandes figuras de la mitología, revelando su hartazgo por una vida que no han elegido, agobiados por el peso del destino, por el lado más amargo del heroísmo. Resuenan en nuestros oídos las palabras que Orestes dirige a Hermíone: sufrimos el castigo de ser hijos de nuestros padres; o las que Aquiles escribe a Deidamía desde Troya: la vida del más sencillo de los labriegos es preferible a la del rey de todos estos muertos cargados de gloria que cubren los campos hasta donde alcanza la vista.

El libro se cierra con un epílogo firmado por un amigo de Ovidio Nasón, el profesor Vicente Cristóbal, buen conocedor y traductor de la obra del poeta de Sulmona. La autora ha sido alumna de sus clases de Tradición Clásica en la Universidad Complutense de Madrid y estas Cartas de los hombres son un magnífico ejemplo de la vigencia de esa tradición, que no es mero estudio anticuario del pasado, sino diálogo fructífero que sigue sirviendo como fuente de inspiración inagotable en pleno siglo XXI.

Graciela Rodríguez Alonso

sábado, 10 de noviembre de 2018

Grecia, viaje de otoño

Xavier Moret (Barcelona, 1952) es un periodista y reportero de viajes, colaborador habitual de El Periódico. Ha publicado varios libros en los que recoge sus experiencias viajeras por los Estados Unidos, Australia, Islandia, Hong Kong o Armenia. El último, que lleva por título Grecia, viaje de otoño (Grècia, viatge de tardor), nos ofrece su visión personal del país heleno y ha sido editado por Península.


Grecia no es un destino nuevo para el autor. Desde que lo descubriera, allá por los años 70, ha vuelto a visitarlo en varias ocasiones. El libro podría ser un compendio de todas esas visitas, pero se centra en un viaje reciente por un país en tiempos de crisis, emprendido en otoño, fuera de temporada, para saldar una deuda, cumplir con un propósito que ya presentía Moret en aquella primera ocasión: escribir un libro sobre Grecia. Se trata de un proyecto ambicioso, según declara en la introducción.
Un libro que fuera a la vez la narración de un viaje griego, una descripción de sus maravillosos paisajes, un repaso de su apasionante historia, una revisión de su rica mitología y una reivindicación de un país que está en el origen de la cultura europea, en el origen de todos nosotros.
No menos ambicioso es el recorrido, que se inicia en Atenas, el Ática y las islas del golfo Sarónico, prosigue por el Peloponeso y la Grecia continental, y da un salto a Corfú, antes de visitar Creta, las Cícladas y algunas islas del Dodecaneso. De vuelta al continente el autor recorre Tesalónica y Macedonia mientras espera el diamonitirion, el salvoconducto que le permitirá pasar unos días en el Monte Atos. La última parada de este apretado itinerario es Ítaca, la isla de Odiseo.

Ítaca

A diferencia de su primer viaje, con 20 años, en autostop y con una mochila a la espalda, en esta ocasión Moret cuenta con buenos contactos en Atenas y Tesalónica. Gracias a ellos, además de acceder al Monte Atos, tendrá el privilegio de pasear por Atenas con un guía de excepción, el novelista Petros Márkaris, y de visitar la Acrópolis acompañado por los arqueólogos responsables de su restauración, que le permiten acceder a sitios vedados a los turistas habituales. Son precisamente los capítulos dedicados a Atenas y al Monte Atos los que resultan más interesantes. Márkaris comparte con el autor sus impresiones, siempre lúcidas, sobre el urbanismo ateniense y la crisis. En la Acrópolis nos subimos a un andamio para contemplar los Propileos desde las alturas. En la Montaña Santa nos contagiamos de esa sensación de viaje en el tiempo que supone adentrarse en sus monasterios.

El Partenón visto desde lo alto de los Propileos

El resto del libro se resiente de lo apretado del itinerario y da la impresión de intentar abarcar demasiados destinos en poco tiempo. El autor describe los paisajes, las ciudades, los monumentos más significativos, busca los escenarios donde se rodaron películas como Zorba el griego, Los cañones de Navarone o Mamma Mia!, recuerda leyendas mitológicas, evoca el pasado histórico, pero no logra transmitir el alma de los lugares que visita. Sus conversaciones con camareros, recepcionistas de hotel y algún lugareño o extranjero suelen girar en torno a los efectos del turismo, en ocasiones sobre las consecuencias de la crisis, pero no sirven para revelar el carácter de los griegos actuales, tan a menudo ensombrecidos por la grandeza de su pasado a los ojos de los viajeros occidentales. Aunque el subtítulo del libro es Hombres, dioses y templos en la cuna de Europa, los hombres de a pie quedan en un segundo plano ante el peso de la historia. Al autor se le cuela además alguna que otra imprecisión histórica, etimológica y algunos errores en la transcripción de nombres propios. Se trata, por tanto de un libro un tanto desigual, donde destacan aquellos capítulos en los que el viajero se sale de la rutina de lo previsible. Hay que reconocer, no obstante, el oficio de Xavier Moret como cronista de viajes y su sincera admiración por los paisajes y el legado cultural griego.

 Xavier Moret


lunes, 24 de septiembre de 2018

Agamenón de Yannis Ritsos

La editorial Acantilado prosigue con la publicación, en edición bilingüe y con traducción de Selma Ancira, de los monólogos dramáticos de tema mitológico escritos por Yannis Ritsos (1909-1990). Los ocho títulos publicados hasta la fecha no siguen un orden cronológico. El último en aparecer ha sido Agamenón, compuesto entre 1966 y 1970, una época difícil para el autor, que volvió a sufrir arrestos y deportaciones por sus ideas políticas durante la dictadura de los coroneles. A pesar de las dificultades este fue uno de los períodos más prolíficos de su producción poética.


Con Agamenón Ritsos vuelve a ocuparse del drama de los Atridas, que ya le había servido de inspiración para otros dos monólogos: La casa muerta, fechado en 1959, y Orestes, redactado entre 1962 y 1970. En paralelo a la composición de Agamenón trabaja en Crisótemis, que también aborda la trágica historia de la casa real de Micenas. Se trata pues de un tema recurrente, al que Ritsos vuelve una y otra vez para presentarnos un nuevo enfoque y proyectar sobre el pasado mitológico las inquietudes que le ocupan en el presente.

Yannis Ritsos
Como es habitual en estos monólogos una larga acotación inicial sitúa la acción. Agamenón acaba de regresar triunfante a Micenas, se escuchan los tambores y los vítores de la multitud, el aroma de las hojas de laurel pisoteadas se esparce por el ambiente. Desde lo alto de la escalera, cubierta por una alfombra púrpura, Agamenón se vuelve para saludar a su pueblo. Abajo, tirada en el suelo, Casandra vocifera profecías ininteligibles. Agamenón entra en palacio, se despoja del uniforme, deja su casco en el aparador y se recuesta en un lecho. Le acompaña su esposa, Clitemnestra, que muestra una actitud servicial, pero distante. A ella se dirigen las palabras de Agamenón.
Su esposa, bella, severa, imponente, se inclina con una humildad que no casa con su apariencia y le desata las sandalias. Él posa su mano izquierda sobre los cabellos de ella, cuidando de no estropear su precioso peinado. Ella se aparta. Se queda de pie, a cierta distancia. Él sonríe con aire lejano, cansado. Le habla. No se sabe si ella lo escucha.
Ἡ γυναίκα του, ὠραία, αὐστηρή, ἐπιβλητική, σκύβει, μέ μιάν ἀταίριαστη στό ὕφος της ταπεινοφροσύνη, νά τοῦ λύσει τά σανδάλια. Αὐτός ἀποθέτει τ' ἀριστερό του χέρι στά μαλλιά της, προσεχτικά μήν τῆς χαλάσει τήν ὠραία χτενισιά. Ἐκείνη ἀποτραβιέται. Στέκεται ὄρθια, λίγο πιό πέρα. Αὐτός χαμογελάει μακρινά, κουρασμένα. Τῆς μιλάει. Δεν ξέρεις, ἄν τόν ἀκούει.

Ritsos nos presenta a un Agamenón fatigado e indiferente ante las aclamaciones, que solicita a su esposa que le prepare un baño.

          Prepárame un baño caliente, muy caliente; -¿ya lo habías preparado?,
          ¿con hojas de lentisco y de arrayán? Recuerdo su olor,
          acre, tonificante -un abandono; como si de nuevo olisqueara
          la niñez con árboles, ríos y cigarras.

          Ἐτοίμασέ μου ἔνα ζεστό λουτρό, πολύ ζεστό· -τό ἐτοίμασες κιόλας;
          μέ φύλλα σκίνου καί μυρτιᾶς; Θυμᾶμαι τ' ἄρωμά τους,
          ἀψύ, τονωτικό -μιά ἐγκατάλειψη· σά νά ὀσμίζεσαι πάλι
          τήν παιδική ἡλικία μέ δέντρα, μέ ποτάμια, μέ τζιτζίκια.

Pero más que una fatiga física Agamenón experimenta una fatiga vital. No le interesa el botín, ni Casandra, ni el sexo. Se siente viejo y tampoco quiere reconocer los efectos del tiempo en el cuerpo de su esposa, así que rehúsa compartir el lecho con ella. Hay una sensación de renuncia a lo largo de todo el monólogo, de lamento por el tiempo perdido buscando la gloria. Resulta inevitable trazar paralelismos entre las palabras de Agamenón y la situación personal de Ritsos, frisando los sesenta años, con una salud delicada y de nuevo perseguido y recluido por sus ideas políticas. Agamenón evoca los largos años pasados en Troya, recuerda a Aquiles, a Patroclo, a los compañeros caídos, y se pregunta si valió la pena tanto sufrimiento, cuánto hubo de heroísmo y cuánto de secreto egoísmo en su lucha.

           Los otros cayeron -verdaderos valientes (pero, quién sabe,
           con cuánta amargura y cuánto miedo ellos también). No envidié su muerte.
           Y si encomié su heroísmo fue para ocultar
           mi secreta gratitud por estar aún con vida -nada heroico.

           Oἱ ἄλλοι πέσαν -σωστά παλληκάρια, (ὅμωως, ποιός ξέρει,
           μέ πόση πίκρα, πόσο φόβο κι αὐτοί). Δεν τούς τόν ζήλεψα τό θάνατό τους.
           Ἄν ἐγκώμιασα τόν ἡρωϊσμό τους, εἶταν γιά νά κρύψω
           τήν μυστική μου εὐγνωμοσύνη πώς ἐγώ ἀκόμη ζοῦσα -διόλου ἤρωας.

Otro tema recurrente en los monólogos de Ritsos es la incomunicación. El interlocutor asiste siempre en silencio a las palabras del protagonista, que parece que hablara para sí mismo, encerrado cada uno en su propio mundo.

        Creo que no me estás escuchando; -parecería que tienes prisa. Cierto. sí todos tenemos 
                prisa
        de que el otro calle para poder hablar nosotros. Y cada uno de nosotros
        no oye sino sus propias palabras. ¿Qué importancia tienen las palabras? Sólo la acción
        se cuenta y cuenta, -como siempre subrayabas.
¿Crees que se habrá enfriado             
        el agua que me preparaste? No hace falta que vengas conmigo;
        podré arreglármelas solo -me acostumbré allá abajo; y quizá es mejor así.

        Θαρρῶ πώς δέ μ' ἀκοῦς· -σά νά βιάζεσαι. Μά, ναί, ὅλοι βιαζόμαστε
        νά σταματήσει ὁ ἄλλος, νά μιλήσουμε ἐμεῖς. Καί καθένας μας
        μονάχα τά δικά του λόγια ἀκούει. Τί σημασία ἔχουν τά λόγια; Μόνο ἠ πράξη
        μετριέται καί μετράει, -ὅπως τόνιζες πάντα.
Λές νἄχει κρυώσει             
        τό νερό πού μού ἐτοίμασες; Δέ χρειάζεται νἄρθεις μαζί μου·
        τά καταφέρνω μόνος μου -συνήθισα κεῖ κάτω· κ' ἴσως καλύτερα ἔτσι.

Crátera de figuras rojas con el asesinato de Agamenón. Boston Museum of Fine Arts.


Con sus frecuentes alusiones al baño Agamenón parece presentir su muerte inminente, e incluso conocer las intenciones de su esposa. Recuerda cómo le flaquearon las piernas al pisar la alfombra roja, por momentos se siente como un cadáver que se contempla a sí mismo, a su alrededor todo tiene la consistencia y la transparencia del vidrio y se apodera de él una extraña clarividencia que le permite vislumbrar lo que hay más allá de los objetos.

           Antes de poner la mano sobre el pomo de la puerta, antes de abrir,
           antes de entrar en la sala, ya he visto el canapé, las sillas,
           y el espejo que reproduce la imagen del muro opuesto con el cuadro
           de una antigua batalla naval. Antes de entrar en el baño 
           veo las hojas del arrayán flotar en el agua y las caras hinchadas
           de los vapores subir al techo y agolparse junto al tragaluz. Aun
           en el momento de mi muerte más o menos distingo.

           Πρίν βάλω τό χέρι μου στό πόμολο τῆς πόρτας, πρίν ἀνοίξω,
           πρίν μπῶ στήν αἴθουσα, ἔχω κιόλας δεῖ τόν καναπέ, τίς καρέκλες,
           καί τόν καθρέφτη πού εἰκονίζει τόν ἀπέναντι τοῖχο μ' ἔνα κάδρο
           κάποιας πανάρχαιης ναυμαχίας. Πρίν μπῶ στό λουτρώνα
           βλέπω τά φύλλα τῆς μυρτιᾶς νά ἐπιπλέουν στό νερό καί τά πρησμένα πρόσωπα
           τῶν ἀτμῶν ν' ἀνεβαίνουν στό ταβάνι, να συνωθοῦνται στό φεγγίτη. Ἀκόμη
           ὥς καί τήν ὥρα τοῦ θανάτου μου διακρίνω περίπου.

A pesar de las premoniciones Agamenón no se resiste a su destino. Al final del monólogo él mismo se levanta, resuelto, casi impaciente, y se dirige al baño.

Al baño, al baño               
            se va a enfriar el agua, ya se debe haber enfriado. Voy. Tú quédate; -no vale la pena. 
                    ¿Insistes? -Ven.

Στό λουτρό, στό λουτρό,               
            Θά κρυώσει τό νερό, θἄχει κρυώσει. Πηγαίνω. Ἐσύ μεῖνε· -δέ χρειάζεται. 
                    Ἐπιμένεις; -Ἔλα.

Como ocurría en las tragedias clásicas, fuera de la escena se desarrolla el sangriento desenlace, del que da cuenta la acotación que cierra la obra: se rompe el silencio con una nueva profecía de Casandra; se escucha ruido de tambores y trompetas; un hombre entra en la sala con una espada ensangrentada, coge el casco que está sobre la consola y vuelve a salir; aparece finalmente Clitemnestra, pálida, esbelta, muy bella (ὠχρή, ὐψυλή, πανέμορφη).

Clitemnestra (1893). John Collier. Guildhall Art Gallery.


martes, 19 de junio de 2018

Razones para amar el griego (antiguo)

El liceo classico es el itinerario más antiguo y uno de los más exigentes y prestigiosos de la escuela secundaria italiana. En sus cinco años de duración el estudio del latín y el griego ocupa un lugar destacado. El griego clásico es una de las asignaturas más temidas por los estudiantes, que tienen que enfrentarse a una prueba de traducción para superar el examen de madurez que les permite obtener el título. Andrea Marcolongo (Milán, 1987) pasó por las aulas del liceo classico y experimentó los mismos sinsabores, temores y dificultades que sufren la mayoría de sus compañeros ante el estudio del griego, aunque quedó atrapada por esta lengua y más tarde completó los estudios de Filología Clásica. Según ella misma confiesa siendo una jovencita me enamoré del griego antiguo; el amor más largo de mi vida, en resumidas cuentas. No mucho más tarde, con apenas 30 años, Andrea Marcolongo nos habla de esa historia de amor personal por el griego antiguo en su libro La lengua de los dioses (La lingua geniale).


La propia autora, en el prólogo a la edición española, describe su libro como un relato revolucionario del griego antiguo y explica el enfoque que ha pretendido darle:
La lengua de los dioses no es un manual tradicional, un ensayo académico, una clase impartida desde lo alto de la tarima: es una síntesis del alma a través de una lengua antiquísima como la griega que, sin embargo, no ha sido nunca tan moderna.
Ciertamente no nos encontramos ante un libro convencional. Su autora, que también se considera rara, muy rara, se centra en lo que el griego tiene de irremediablemente distinto para intentar comprenderlo. Va recorriendo a lo largo de los capítulos esas rarezas que hacen del griego una lengua fascinante: su forma de expresar el deseo y el aspecto, su distinción de géneros y números, la anarquía ordenada de los casos o la dificultad de conocer con certeza cómo se pronunciaba. Y sabe hacerlo de una manera apasionada, provocadora y siempre original. En un estilo en el que resuenan los ecos del oscuro Heráclito recurre con frecuencia a frases sentenciosas, que expresan de un modo rotundo y un tanto enigmático algunas de las particularidades de la lengua griega. Sirvan de muestra estos ejemplos:
El tiempo, nuestra cárcel: pasado, presente y futuro. Pronto, tarde, hoy, ayer, mañana. Siempre. Nunca.
El aspecto servía para expresar cómo y qué cosa nace de cada comienzo y de cada final.
Estamos lingüísticamente mudos y no sabemos decir nada sin tiempo.
El griego, gramaticalmente hablando, contaba hasta tres; uno, dos, dos o más.
Cuando una lengua se convierte en la lengua de todos, se convierte de hecho en la lengua de nadie.
No menos originales son los ejemplos que utiliza para intentar hacernos comprender ciertas sutilezas de la lengua griega que no tienen correspondencia exacta en nuestras lenguas. Así, para ilustrar las diferencias aspectuales del verbo φεύγω (huir), la autora nos mete en la piel, en la cabeza y sobre todo en la lengua de un tabernero del Pireo del siglo V a.C. que observa cómo dos borrachos intentan irse sin pagar de su establecimiento.

La autora y la portada de la edición italiana

Los dos últimos capítulos tienen un enfoque un tanto diferente. El titulado Pero entonces, ¿cómo se traduce? se centra en la experiencia concreta del estudio del griego en la enseñanza secundaria italiana. A pesar de estar plagadas de jugosas anécdotas, estas páginas dejan un sabor agridulce por el terror, el pánico, el miedo pavoroso que provoca este auténtico hueso de asignatura entre los estudiantes del liceo classico. Recurriendo a la hipérbole, la ironía y el sentido del humor, Marcolongo apela a la camaradería del superviviente, al viejo adagio de lo que no te mata te hace más fuerte, pero se echa en falta algo de espíritu crítico ante unos métodos de enseñanza tan contrarios a los principios del aprendizaje natural de las lenguas. Como se afirma en el libro es terrible la situación de quien no entiende una cosa, pero le han dicho que debe amarla. No obstante, la autora parece alinearse con los que defienden el valor formativo de esa supuesta disciplina mental que se derivaría del estudio del latín y el griego desde una perspectiva meramente gramatical, enfocada a la traducción. Por suerte en la misma Italia y también en España se está volviendo la vista hacia otra metodología nada nueva, la que aplicaron hace ya quinientos años los humanistas, quienes mayor competencia han demostrado en estas lenguas al margen de los antiguos griegos y latinos.

Examen de madurez del liceo classico

En el capítulo final se hace un recorrido por la historia de la lengua griega desde sus orígenes indoeuropeos hasta nuestros días. En esto el griego también es original, es la lengua documentada con una historia más larga, la única lengua de Europa que ha seguido cambiando dentro de sí misma sin cambiar a otra cosa distinta de ella. Es en esta última parte donde las opiniones de la autora resultan más discutibles, porque parece presentar la evolución desde el griego clásico en adelante como un largo proceso de decadencia, hasta el punto de sugerir, en contra de lo que se afirmaba más arriba, una fractura en la época de la κοινή, a partir de la cual se podría hablar del griego antiguo como de una lengua muerta. Los datos de la exposición nos parecen confusos e imprecisos, y las afirmaciones de Marcolongo un tanto gratuitas, confundiendo las tendencias puristas del aticismo, el griego bizantino o la más reciente καθαρεύουσα, con la evolución real de la lengua. Da la impresión de que el griego moderno es una lengua artificial, creada en el siglo XIX, después de la Guerra de Independencia, que toma préstamos gramaticales y léxicos del griego antiguo. Como si la lengua popular, la δημοτική, no fuera el auténtico y legítimo vehículo de expresión del pueblo griego, eslabón último de una larguísima tradición que se inicia con las tablillas micénicas.
Hoy el verdadero reto, no sólo lingüísticamente hablando, está en la voluntad de reconstruir una lengua por fin moderna que sirva a todos los griegos para entender y hacerse entender dentro de sus propios confines y sobre todo fuera de Grecia. [...] De hecho Grecia habla hoy un griego moderno que toma prestados gran parte de sus elementos del griego antiguo para recalcar al mundo la identidad de un pueblo que tiene el pasado cultural más imponente del mundo occidental.
Esta sorprendente cita incide en cierta visión despectiva que una parte de la filología clásica suele mostrar hacia la lengua y la cultura de la Grecia medieval y moderna, y que es consecuencia tanto del desconocimiento, como de una idealización excesiva de la Grecia clásica. Ya a los viajeros cultos del XVIII y del XIX les costaba reconocer que sus admirados Pericles o Demóstenes tuvieran algo que ver con los rudos habitantes que encontraban en sus recorridos por Grecia. Nosotros, sin embargo, creemos que resulta estéril hacer cortes con bisturí y poner barreras en la historia de una lengua; que más que de un griego antiguo y otro moderno habría que hablar de un griego eterno, la lengua de Homero, Arquíloco, Safo, Platón o Sófocles, pero también la de Solomós, Cavafis, Kazantzakis, Elitis o Dimulá.


La lengua de los dioses, que lleva el subtítulo Nueve razones para amar el griego, ha sido publicado en español por la editorial Taurus. Hay que elogiar la labor de los traductores, Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda, que vierten fielmente del italiano el libro de Marcolongo, mostrando al mismo tiempo buen conocimiento de la terminología filológica y familiaridad con el griego antiguo. A pesar de algunos aspectos discutibles no se le puede negar a La lengua de los dioses la frescura, originalidad y, sobre todo, el amor que transmite por una lengua que merecería ser reconocida como patrimonio inmaterial de la humanidad.
No existen lenguas muertas o no muertas; lo que existe son lenguas fecundas, tan fértiles como el griego, que forman parte de vuestra lengua materna, tan potentes que forman parte de vosotros mismos.

sábado, 5 de mayo de 2018

Una maqueta del Partenón construida por los alumnos del Instituto (II)

A finales del curso 2011-2012 comentamos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ el trabajo de nuestro compañero Rafa Cepeda y sus alumnos del programa de diversificación. Presentaban entonces la maqueta del Partenón, en la que habían estado trabajando durante dos años. Faltaban todavía por pintar y pegar las esculturas de los frontones, que habían sido también minuciosamente reproducidas por los alumnos. A la vuelta del verano, con la llegada de la siguiente promoción, quedó pendiente el remate de la maqueta para dejar paso a un nuevo proyecto. 
Ahora, coincidiendo con la celebración del 25 aniversario del Instituto, ha llegado por fin el momento de terminar el trabajo. En la exposición sobre la actividad del centro a lo largo de este cuarto de siglo las maquetas de Rafa y sus alumnos no podían faltar. De hecho han sido una de las piezas estrella. Las esculturas del Partenón se han llenado de vivos colores y se han encajado con precisión de orfebre en el espacio triangular de los frontones. No falta el más mínimo detalle: el cetro de Zeus, la lanza de Atenea, el tridente de Poseidón o la doble hacha de Hefesto. El resultado habla por sí solo.





En los siguientes enlaces al blog de Rafa Cepeda se pueden ver más detalles de las distintas fases del proceso de elaboración de la maqueta: trabajo inicial, construcción y fase avanzada.

miércoles, 4 de abril de 2018

Los héroes felices

Vea Kaiser es una joven escritora austriaca que ha cosechado notable éxito con sus dos primeras novelas. Los héroes felices es la más reciente y ha sido publicada en español por Alianza de Novelas. Su título original en alemán es Makarionissi oder Die Insel der Seligen, que se podría traducir por Makarionissi o la isla de los bienaventurados.


Los héroes felices es la historia de una familia griega a lo largo de cinco generaciones, y transcurre en paralelo a los principales acontecimientos que han sacudido Grecia desde mediados del siglo XX hasta nuestros días: la ocupación alemana y la guerra civil, la dictadura de los coroneles y el exilio político, la emigración económica, el desarrollo turístico y la crisis financiera actual. Pero no se trata de una novela histórica, ni de una crónica de la sociedad griega en el último siglo, sino de una novela de personajes, de una novela coral. En el centro de la trama se sitúan Eleni y Lefti, dos primos cuyo matrimonio ha sido prefijado desde la cuna por su abuela para salvaguardar la pervivencia de la familia. Sin embargo, estos planes iniciales se revelarán difíciles de cumplir en un mundo cambiante, teniendo en cuenta además el carácter y las circunstancias de los dos protagonistas.
La historia se va construyendo a partir de episodios más o menos extensos entre los que se intercalan largas elipsis temporales. Por lo general los cambios bruscos en la línea argumental vienen determinados por los encuentros y desencuentros sentimentales de los personajes, que provocan en ocasiones reacciones un tanto melodramáticas. En este sentido la novela está próxima a lo que se suele llamar drama romántico, encasillado habitualmente bajo la etiqueta poco afortunada de literatura de mujeres.

Vea Kaiser

Al igual que los personajes, los escenarios de la novela son también muy variados: Hildesheim, una pequeña ciudad industrial alemana, Chicago, Zurich o Sankt Pölten, ciudad natal de la autora en Austria. Pero los polos en torno a los que gira la novela son dos lugares de ficción: Varitsi, un remoto pueblo de montaña griego, cercano a la frontera con Albania, y Makarionissi, una isla con forma de escarabajo volador en el Jónico, que se convertirá en el hogar de buena parte de la familia.
La novela está dividida en nueve cantos, como si de una obra épica se tratara. Aunque son frecuentes las referencias a las viejas leyendas del pasado griego, con las que la matriarca de la familia gustaba de entretener a sus nietos, la vida de los protagonistas no tiene aparentemente mucho de heroico. Y es que la autora se siente más atraída por otro tipo de heroísmo. En lugar de centrarse en esos héroes que jamás mostraban debilidad alguna, no se rendían nunca y se mantenían fuertes hasta el último aliento, prefiere contarnos la historia del héroe que asume las circunstancias, comprende sus errores antes de que sea demasiado tarde y muestra debilidad para ayudar a sanar las heridas de otros.
Los héroes felices es pura literatura de entretenimiento sin mayores pretensiones, una novela con los ingredientes necesarios para mantener enganchado al lector durante más de 400 páginas, una lectura ideal, en suma, para unas vacaciones como las que acaban de pasar.


Videopresentación de El Librero MX

domingo, 18 de marzo de 2018

Tras las huellas de Heródoto

Hay viajes largamente anhelados, muchas veces pospuestos, que se convierten casi en una obsesión. Un libro suele estar en el origen de esos viajes. Un libro cuyo argumento, autor o protagonista nos causa una profunda impresión. Un libro al que volvemos periódicamente, que nos sugiere nuevas lecturas y despierta nuestro deseo de recorrer los lugares en los que está ambientado, o en los que se ha gestado. Cuando el viaje por fin se hace realidad no suele defraudar, porque el viaje empezó hace ya tiempo, porque los lugares visitados nos resultan ya familiares, porque nuestra mirada se ha ensanchado con las lecturas previas y lo que vemos nos depara una emoción intensa. Uno de esos viajes es el que nos narra Antonio Penadés (Valencia, 1970) en Tras las huellas de Heródoto, publicado por la editorial Almuzara en su colección Sotavento.


Según cuenta en la introducción Antonio Penadés descubrió a Heródoto de manera casual, cuando con 17 años preparaba los exámenes de Selectividad en una biblioteca pública. Para relajarse se puso a hojear un gastado ejemplar de la Historia de Heródoto que encontró en la sección de fuentes antiguas.
El viejo tomo me hizo olvidar durante un par de horas el examen de Filosofía del día siguiente y me provocó una reflexión acerca del autor de esa magna obra. Aquel griego del siglo V a.C. me atrapó sin darme cuenta, acaso porque había algo especial en su tono, en su modo de narrar sus vivencias y de describir lo que otros le habían contado, cuidando siempre al máximo la anécdota y el detalle, que me convenció de hallarme ante un hombre honesto ocupado en desentrañar la verdad y, por tanto, capaz de profundizar con todos sus matices en el alma humana.
Llegado el verano el autor tuvo tiempo para ampliar sus lecturas y fue entonces cuando surgió la idea de viajar a los lugares que Heródoto describe en su Historia. Pero el proyecto no se materializaría hasta años después, cumplidos ya los 40. El recorrido se inicia en Halicarnaso, la actual Bodrum, ciudad natal de Heródoto y va ascendiendo por la costa occidental de Asia Menor, deteniéndose en las prósperas ciudades de la antigua Jonia: Mileto, Priene, Éfeso, Focea. Incluye un salto a la isla griega de Samos e incursiones al interior de Anatolia para visitar enclaves como Afrodisias, Hierápolis y Sardes. El viaje termina en Estambul, después de pasar por Pérgamo, Troya y la región de los Dardanelos.

Vista de Bodrum, la antigua Halicarnaso

Como dice Gisbert Haefs en el prólogo del libro, Heródoto es mucho más que el padre de los historiógrafos, es el padrino de todos los narradores. Podríamos añadir que es también el antecesor de los reporteros, cronistas de viajes o autores de novela histórica. Por mucho que se le haya reprochado a Heródoto su credulidad y falta de rigor metodológico, desde las primeras páginas de su obra cautiva al lector revelándose como un espléndido contador de historias. Se nos muestra además entre líneas como un personaje cercano por su curiosidad, su mentalidad abierta, su modestia y honestidad. No es de extrañar que haya servido de guía e inspiración a un periodista como Ryszard Kapuściński, que le rindió tributo en su libro Viajes con Heródoto, y ahora a Antonio Penadés, que destaca dos virtudes fundamentales del autor de Halicarnaso.
Cuando profundicé en la obra de Heródoto me fascinaron, sobre todo, dos facetas suyas: su afán por acumular conocimientos y su respeto por el otro. Me impresionó esa curiosidad que profesaba hacia las distintas sociedades, pueblos y tribus diseminadas por Europa, Asia y África, ya fueran sus costumbres, sus sistemas políticos, los accidentes orográficos, su historia, las técnicas medicinales, sus leyendas y ritos religiosos, los vestidos, el clima... Parecía interesarle absolutamente todo.
Mas sorprendente aún es su respeto por el otro, un aspecto íntimamente aparejado a la sabiduría. Heródoto muestra en todo momento una exquisita consideración hacia los pueblos que describe en su obra, lo que constituye un hecho inédito, algo desconocido para sus coetáneos. Ni siquiera en época clásica tardía o helenística surgió un solo autor que llegara a adoptar tan valerosa y noble actitud.


Antonio Penadés nos ofrece en este libro un recorrido histórico-literario por las tierras de Asia Menor, donde cristalizaron algunos de los logros más destacados del espíritu griego. La visita a las ruinas de las antiguas ciudades da pie a extensas digresiones sobre los personajes que allí vivieron y los hechos que allí acontecieron. Es una fórmula que recuerda a otra crónica de viajes sobre Grecia, Corazón de Ulises de Javier Reverte. El de Penadés es un viaje solitario y personal, y en su libro consigue transmitir muy bien la emoción que sintió al encontrarse en determinados lugares. Como en Sardes, donde, sobreponiéndose al vértigo, se encarama a lo más alto de la ciudadela para divisar el valle del Pactolo y evocar las sensaciones que debió experimentar Jerjes al contemplar su enorme ejército dispuesto para conquistar Grecia. O en la península de Micale, cuando, tras perderse por carreteras y caminos secundarios, encuentra los modestos restos, apenas unas gradas ocultas entre matojos, del santuario de Panionion, lugar de reunión de la antigua confederación de ciudades jonias. El autor nos descubre además deliciosos enclaves de la costa de Anatolia, como Focea o Asos, en los que el tiempo transcurre lento y apacible, ajeno al peso de la historia.

Puerto de Focea

Teatro de Asos

Donde el libro flojea un poco es en relato de los avatares del viaje. Se echan en falta esas anécdotas, encuentros y conversaciones jugosas que sirven para caracterizar el espíritu de un lugar y aportan un encanto especial a las buenas crónicas de viajes. Probablemente por las dificultades de comunicación, porque el viajero se halla ensimismado en la evocación del pasado, o porque se visitan muchos lugares en poco tiempo, la realidad de la Turquía actual aparece como un marco pintoresco al que se hace referencia tan sólo de manera ocasional. El encuentro casual en Estambul, al final del viaje, con un turco que ha residido varios años en España le ofrecerá al autor la posibilidad de profundizar algo más en la Turquía contemporánea. En cualquier caso, lo que no se le puede negar a Antonio Penadés son sus cualidades como divulgador y su profundo amor por Grecia, a la que se ha aproximado desde el ensayo, los artículos periodísticos, la novela histórica (El hombre de Esparta) y ahora desde esta sugerente crónica de viajes.

Antonio Penadés