DIDASKALOS

DIDASKALOS

domingo, 16 de junio de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (IV): Filipo y Alejandro

 διδάξας οὖν αὐτοὺς περὶ τοῦ συμφέροντος
 καὶ παρορμήσας διὰ τῶν λόγων πρὸς τοὺς ἀγῶνας
θυσίας μεγαλοπρεπεῖς τοῖς θεοῖς συνετέλεσεν ἐν Δίῳ τῆς Μακεδονίας
 καὶ σκηνικοὺς ἀγῶνας Διὶ καὶ Μούσαις,
 οὓς Ἀρχέλαος ὁ προβασιλεύσας πρῶτος κατέδειξε

Tras mostrarles su utilidad y exhortarles con sus palabras al combate,
celebró magníficos sacrificios para los dioses en Díon de Macedonia,
y los certámenes teatrales en honor de Zeus y las Musas,
que había instituido Arquelao, quien reinó antes que él.

Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 17, 16, 3.

Díon, la ciudad sagrada de los macedonios, estaba situada a los pies del Olimpo, en la planicie que se extiende entre las montañas y el mar. Aquí se rendía culto a varias divinidades, principalmente a Zeus Olímpico y a las Musas, pero también a Deméter, Dioniso, Ártemis o Afrodita. El rey Arquelao instituyó a finales del siglo V unos juegos atléticos y teatrales que se celebraban periódicamente con una duración de nueve días. En época romana se estableció una próspera colonia de la que se conservan importantes restos. Actualmente Díon es un extenso parque arqueológico con dos zonas bien diferenciadas: los santuarios consagrados a los dioses y la ciudad, rodeada por una larga muralla. La visita al recinto se realiza por unos agradables senderos que permiten recorrer las ruinas, perfectamente integradas en la vegetación y en el paisaje. Llevamos ya tres días en la región del Olimpo, pero las nubes no nos han dejado divisar sus cimas. Poco después de franquear el edificio que da acceso al parque nos giramos para contemplar el panorama. Al fin se abre un claro entre las nubes y podemos disfrutar, por unos instantes, de la visión de las cumbres nevadas de la montaña de los dioses.


Entablamos conversación con un guía turístico que está esperando a un grupo de estudiantes. Al enterarse de que somos españoles nos cuenta que al día siguiente vuela hacia Málaga con otro grupo de adultos para visitar la Costa del Sol. A los griegos siempre les agrada encontrar extranjeros que hablen su lengua, pero cuando uno les explica que enseña además griego antiguo en un instituto de secundaria el asombro es mayúsculo. Casi todos reaccionan con un μπράβο!, esa expresión que ha tomado el griego del italiano para manifestar sorpresa y aprobación al mismo tiempo. Se sienten orgullosos de que su lengua, aunque sea en su forma antigua, sea tan apreciada más allá de sus fronteras.

Iniciamos la visita y, mientras estamos entretenidos leyendo un panel informativo, se acerca el grupo de jóvenes. Vienen desde Miconos y están realizando su viaje de estudios. El guía, antes de empezar la explicación, les comenta que enseño griego antiguo en un instituto de España. Los adolescentes y sus profesores me miran como si fuera un extraterrestre, al tiempo que se empiezan a escuchar varios μπράβο! Un tanto cohibido ante tanta admiración me veo obligado a improvisar unas palabras sobre las bellezas de la isla de Miconos, su museo arqueológico y las ruinas de Delos. Después de desearles un buen viaje proseguimos con nuestra visita.

Un riachuelo surge cerca de las ruinas del templo de Isis. Se trata del río Bafiras, asociado a la leyenda de Orfeo. Aunque la versión más extendida del mito afirma que el célebre músico murió en la región de Tracia, Pausanias recoge otra tradición que sitúa su muerte en las proximidades de esta ciudad de Díon. Las ménades, resentidas con Orfeo porque después de haber perdido a Eurídice rehuía el trato con ellas y no participaba en los rituales de Dioniso, lo asesinaron y despedazaron su cuerpo. Luego intentaron lavarse las manos ensangrentadas en las aguas del Helicón, que descendía desde el Olimpo. Pero el río no quiso ser cómplice de tan horrible crimen y ocultó su curso bajo tierra, para reaparecer precisamente aquí con el nombre de Bafiras.

El río Bafiras y el templo de Isis

Caminamos en paralelo al curso del río hasta llegar a los restos del altar de Zeus, el lugar más destacado del santuario, del que solo se conservan algunos sillares. En este recinto sagrado con vistas al Olimpo Filipo II de Macedonia celebró sus victorias militares, y su hijo Alejandro ofreció magníficos sacrificios al dios supremo, antes de iniciar su expedición a Asia.

El altar de Zeus con el Olimpo al fondo

Cerca del altar, entre los árboles, se distinguen los muros de un teatro de época romana. Un poco más allá, en campo abierto, se levanta el antiguo teatro griego. Estas modestas ruinas pueden presumir de ser el único teatro, junto con el de Dioniso en Atenas, que ha albergado el estreno de alguna obra de los tres grandes trágicos. En los últimos años de su vida Eurípides se retiró a la corte del rey Arquelao de Macedonia y, verosímilmente, representó aquí su obra perdida Arquelao y Las Bacantes. Ifigenia en Áulide, tragedia de la que hablamos al principio de nuestro viaje, también fue compuesta durante la estancia del autor en Macedonia, pero se estrenó póstumamente en Atenas.



Abandonando el espacio de los santuarios se entra en la ciudad propiamente dicha, que solo está excavada parcialmente. La mayoría de los restos son de época romana: unas magníficas termas, calles pavimentadas y lujosas mansiones. Después de recorrer las ruinas hay que acercarse al museo, situado en un amplio edificio fuera del parque, donde se conservan la mayoría de los hallazgos del yacimiento. Entre ellos destaca el gran mosaico que decoraba el triclinio de la llamada casa de Dioniso y un curioso instrumento musical, la hidraulis, precedente último del órgano, que utilizaba un mecanismo hidráulico ideado por Ctesibio de Alejandría para hacer pasar el aire por unos tubos de bronce.

Mosaico de la casa de Dioniso
Hidraulis de Díon

Al final de una mañana tan intensa de arqueología nada mejor que reponer fuerzas disfrutando de una típica comida griega en uno de los restaurantes que hay junto al museo. Desde aquí cogemos el coche para dirigirnos a nuestro próximo destino, unos kilómetros más al norte. Se trata de la localidad de Vergina, un tranquilo pueblo en el corazón de Macedonia, fundado en los años veinte para acoger a refugiados griegos procedentes de Asia Menor. En 1977 se produjo aquí uno de los descubrimientos más sorprendentes de la arqueología. Desde mediados del siglo XIX se habían sucedido las investigaciones en la zona en busca de los restos de la ciudad de Egas, la antigua capital del reino macedonio. Pero hubo que esperar a las excavaciones dirigidas por Manolis Andrónikos para que salieran a la luz las tumbas reales de Filipo de Macedonia y su familia, un hallazgo a la altura de los de Schliemann en Micenas o Howard Carter en Egipto.

Descubrimiento de la tumba de Filipo en las excavaciones de 1977

No hay muchos alojamientos en Vergina, ya que la mayoría de los visitantes vienen en excursiones de un día desde Tesalónica u otras localidades costeras. Nosotros nos vamos a alojar en un αρχοντικό, el equivalente griego de nuestras casas rurales. Una joven empleada nos abre la puerta, pero enseguida aparece la dueña del establecimiento, la Κυρία Αγγελική, una entrañable y bulliciosa anciana que vive en la planta baja de la casa. Antes de realizar cualquier trámite y darnos las llaves de nuestras habitaciones nos invita a sentarnos en la salita para agasajarnos con unos dulces, interesarse por nuestro viaje y entablar una agradable conversación de bienvenida.

A la mañana siguiente tendremos ocasión de comprobar que todo lo que derrocha en simpatía y hospitalidad nuestra anfitriona lo ahorra en calefacción. Somos los únicos huéspedes y nos recibe en el salón-cocina de su casa para ofrecernos un más que generoso desayuno. Ella va bien abrigada con un forro polar, pero nosotros, en mangas de camisa tenemos un poco de frío. A pesar de su cálida conversación y de que improvisa un obsequio para cada uno de nosotros, estamos deseando subir a la habitación para coger una prenda de abrigo. Una vez recuperadas las fuerzas y el calor nos disponemos a visitar el Museo de las tumbas reales de Egas. Es un edificio nuevo que respeta el emplazamiento original de las tumbas y se ha cubierto de tierra para simular el aspecto primitivo del túmulo. En la explanada de entrada hay varios grupos de niños y jóvenes. Estamos en la semana anterior a las vacaciones de Pascua, un período apropiado para las excursiones escolares.

Entrada al Museo de las tumbas reales de Egas

Dentro del museo está prohibido hacer fotografías, así que las que ilustran esta entrada a partir de ahora están tomadas de internet. Nada más franquear el control de acceso llama la atención la oscuridad que reina en el interior, invitando al visitante a tomar conciencia de que accede al espacio de los muertos, al reino de Hades. En contraste, las piezas expuestas están perfectamente iluminadas. Nos recibe una colección de estelas funerarias, algunas en relieve, otras pintadas, que se reutilizaron como relleno del túmulo.


Siguiendo el sentido de la visita nos encontramos con la llamada tumba de las columnas exentas, posterior a la de Filipo, que perteneció a un personaje lo suficientemente importante como para ser enterrado junto a las tumbas reales. Desgraciadamente el enterramiento fue saqueado en la Antigüedad, al igual que la tumba en forma de cofre situada un poco más allá. Aquí se encontraron los restos de un recién nacido y una mujer, que se ha identificado con Nicesípolis, la quinta esposa de Filipo. Lo que no pudieron llevarse los saqueadores fueron las magníficas pinturas que decoraban las paredes de la tumba, uno de los pocos ejemplos que conservamos de la pintura griega antigua. Tres de los muros estaban decorados con escenas que representan el episodio del rapto de Perséfone. En una de las paredes el dios de los muertos rapta a la hija de Deméter en presencia de Hermes, en otra aparece la diosa entristecida por la perdida de su hija, y en la tercera se distingue a las tres Moiras que tienen en sus manos el destino de los hombres. Supongo que por motivos de conservación no se puede acceder al interior de la tumba, así que hay que conformarse con contemplar las pinturas en una fiel reproducción que se expone en el museo.


La siguiente sección está dedicada a la tumba de Filipo II de Macedonia. Unas escaleras descienden hasta la fachada monumental, cuya visión sobrecoge al visitante. En torno a la puerta de mármol dos semicolumnas y un friso dórico que conserva su policromía original. En lo alto otro friso con una escena pintada de cacería, tan del gusto de la realeza macedonia, en la que se ha querido identificar a Filipo y a Alejandro entre los personajes.


Hay que volver a subir las escaleras para recrearse, en la sala principal del museo, en todos los tesoros que se encontraron tras la puerta de mármol que sellaba la tumba. Después de su cremación los restos del rey fueron depositados en un cofre de oro, sobre el que se colocó una corona de roble también dorada. Todo ello se introdujo en un sepulcro de mármol que se hallaba en la sala principal de la tumba. En la antecámara otro sepulcro de mármol, con su cofre y su corona de oro, contenía los restos de otra esposa de Filipo, la princesa tracia Meda, quien, según las costumbres de su pueblo, se suicidó para acompañar a su esposo al Hades. Sobre los sepulcros se colocaron unos magníficos lechos de banquete, adornados con oro, marfil y piedras preciosas. En la estancia principal se encontró la lujosa armadura del rey, decorada con apliques de oro, junto al yelmo, la espada y el escudo, en cuyo centro se representaba en márfil la lucha entre Aquiles y Pentesilea. Esparcidos por el suelo o apoyados en los muros se hallaron los recipientes y utensilios de bronce utilizados en el baño ritual del difunto, y los restos de la pira funeraria.

Sala principal del museo

Cofre y corona de Meda

Resulta impresionante la cantidad y calidad de los objetos que se enterraron con el rey macedonio. Pero quizás lo que más llama mi atención son dos cabezas de marfil de poco más de tres centímetros. Se han identificado como fieles retratos de Filipo y Alejandro. Yo los he visto reproducidos muchas veces en libros de arte, vídeos y páginas de internet, pero no podía imaginarme que fueran tan pequeñas y que formaran parte del conjunto de figuras que decoraba uno de los lechos funerarios.



El museo depara aún una nueva sorpresa al visitante, otra tumba monumental que conserva prácticamente intacta su fachada y su policromía. Aquí fue enterrado Alejandro IV, el infortunado hijo de Alejandro y Roxana, a quien Casandro ordenó asesinar. Los objetos encontrados en el interior de la tumba se exponen en la última sección del museo.

Tumba de Alejandro IV

Un tanto aturdidos todavía por la magnificencia de los hallazgos de estas tumbas reales salimos al exterior, desde la penumbra del Hades a un mediodía luminoso de primavera, del mundo de los muertos al de los vivos. En la parte alta de la ciudad de Egas, sobre una extensa terraza que domina el paisaje circundante, Filipo mandó construir su palacio, un edificio que sirvió de modelo para las residencias de los monarcas helenísticos. Se encuentra cerrado al público, porque se están llevando a cabo labores de restauración y acondicionamiento, pero nos han dicho que en horario de trabajo los operarios permiten a los visitantes echar un vistazo desde fuera. Subimos por un camino de tierra hasta una explanada donde están aparcados varios coches, camiones y furgonetas. Un vigilante nos advierte de que no se pueden hacer fotografías y nos conduce hasta un pequeño andamio, desde el que se divisa la parte principal del palacio, en la que se afanan arqueólogos, restauradores y albañiles. Nos quedamos con ganas de pasear por los patios y contemplar los mosaicos que decoran las habitaciones, pero lo tendremos que dejar para otra ocasión. Descendemos de nuevo por el camino y nos fijamos con más atención en las modestas ruinas del teatro que había en la ladera, a los pies del palacio. Aquí tuvo lugar un suceso que cambió el curso de la historia del mundo antiguo. Mientras se celebraba la boda de Cleopatra, una hija de Filipo, el rey fue asesinado por un miembro de su escolta. En la confusión posterior al crimen el asesino fue ejecutado y Alejandro proclamado rey de los macedonios. Estas gradas, que hoy permanecen mudas al otro lado de la verja que nos impide acceder a ellas, fueron testigos de esos acontecimientos.

Palacio de Filipo en Egas

Teatro de Egas

De vuelta a nuestro alojamiento para descansar un rato me paro a conversar con la señora Anguelikí sobre nuestras visitas de la mañana. Me muestra con orgullo una vitrina que preside el salón de su casa en la que guarda reproducciones de diversos objetos relacionados con Filipo y Alejandro. Habla con emoción del sufrimiento del hijo que tuvo que contemplar cómo asesinaban a su padre en el teatro que acabamos de ver. Para que no merme su admiración por Alejandro me ahorro comentarle las sospechas de que él mismo pudiera estar implicado en el complot. Me enseña después una placa en la que está inscrito el juramento que Alejandro habría hecho en la ciudad babilonia de Opis, abogando por la igualdad de todos los hombres, sin distinción de raza u origen, medidos tan solo atendiendo a su virtud. Para ella Alejandro es casi un santo, un precursor de las ideas de Cristo. En realidad este supuesto juramento es invención de un autor decimonónico que lo incluyó en una novela histórica sobre el macedonio que tuvo cierta difusión en Grecia. La actitud de nuestra anfitriona es una muestra del magnetismo que sigue ejerciendo la figura de Alejandro, exaltada por el nacionalismo griego más allá de su dimensión histórica.

Siguiendo las huellas de Alejandro visitamos por la tarde otro lugar realmente emotivo a unos kilómetros de Vergina, el Ninfeo de Mieza. Aquí un Alejandro adolescente, antes de convertirse en rey y dar inicio a su leyenda, recibió durante dos años, junto con otros jóvenes de la nobleza macedonia, las enseñanzas de Aristóteles, el filósofo con cuyo rastro nos encontramos en Calcis al principio de nuestro viaje. Una estatua del estagirita se alza cerca del lugar donde aparcamos el coche.


Hay que caminar unos metros junto a un río, en medio de una vegetación exuberante, para llegar al Ninfeo, un espacio consagrado inicialmente a las ninfas que eran adoradas en unas cuevas excavadas en la roca. En torno a ellas se levantaron pórticos y otras construcciones. Todavía hoy se pueden distinguir en la roca originaria las marcas de la techumbre de los edificios. No cuesta imaginar al filósofo impartiendo sus enseñanzas mientras pasea con sus escogidos discípulos, o se sientan en los bancos de piedra.




Después de recrearnos en este idílico paraje todavía tenemos tiempo de acercarnos al antiguo teatro de Mieza. El mar tenía que ser visible desde aquí hace dos mil trescientos años, cuando los sedimentos fluviales no habían cubierto la llanura que se extiende ante nosotros. Sentados en las gradas, mientras el sol va poniéndose a nuestras espaldas, dirigimos la mirada hacia el este. Es el mismo paisaje que debió contemplar Alejandro con trece o catorce años, sin sospechar quizás que, poco después, sus pasos le llevarían en esa dirección hasta los confines del mundo conocido por los griegos.



Σχολὴν μὲν οὖν αὐτοῖς καὶ διατριβὴν τὸ περὶ Μίεζαν Νυμφαῖον ἀπέδειξεν,
ὅπου μέχρι νῦν Ἀριστοτέλους ἔδρας τε λιθίνους καὶ ὑποσκίους περιπάτους δεικνύουσιν.

Así que les concedió como escuela y lugar de estudio el Ninfeo junto a Mieza,
donde todavía ahora se muestran los asientos de piedra de Aristóteles y sus paseos a la sombra.

 Plutarco, Alejandro 7, 3.

martes, 4 de junio de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (III): Las montañas de los dioses

 δηρὸν γὰρ μάρναντο πόνον θυμαλγέ' ἔχοντες
Τιτῆνές τε θεοὶ καὶ ὄσοι Κρόνου ἐξεγένοντο,
ἀντίον ἀλλήλοισι διὰ κρατερὰς ὑσμίνας,
οἳ μὲν ἀφ' ὑψηλῆς Ὄθρυος Τιτῆνες ἀγαυοί,
οἳ δ' ἄρ' ἀπ' Οὐλύμποιο θεοί, δωτῆρες ἐάων,
οὓς τέκεν ἠύκομος Ῥείη Κρόνῳ εὐνηθεῖσα.

 Pues largo tiempo luchaban con doloroso esfuerzo
los dioses Titanes y cuantos nacieron de Cronos,
unos contra otros en duros combates,
unos desde el alto Otris, los ilustres Titanes,
otros desde el Olimpo, los dioses dadores de bienes,
a los que engendró Rea de hermosa cabellera tras yacer con Cronos.

Hesíodo, Teogonía 629-634.

A vueltas entre el mito y la historia habíamos dejado a Heracles en nuestra anterior entrada agonizante e intentando aliviar sus dolores en las aguas de las Termópilas. Unos kilómetros más allá se abre a la izquierda el valle en el que estaba situada la ciudad de Traquis. Enfrente se alza el macizo del monte Eta. Hasta la cumbre de esta montaña ordena Heracles que transporten su cuerpo moribundo, que lo coloquen sobre una pira y que le prendan fuego mientras aún conserva la vida. Entonces Zeus, su padre, hace resonar un trueno y una nube se eleva desde la pira, culminando así la apoteosis del héroe, que a partir de ahora se contará entre los inmortales.
No tenemos tiempo de subir por los valles del Eta, pero desde la llanura observamos la línea del tren que serpentea encaramada a la base de las montañas. Se trata de la vía principal que une Atenas con Tesalónica. Nos acercamos al pequeño pueblo de Gorgopótamos, porque aquí tuvo lugar uno de los sabotajes más célebres de la Segunda Guerra Mundial. En noviembre de 1942 Grecia estaba ocupada por los alemanes que utilizaban sus vías férreas para transportar suministros hacia el sur con destino al ejército de Rommel, destacado en el norte de África. La ocupación alemana de Grecia fue brutal, pero aun así los griegos mostraron una fiera resistencia contra el invasor. Con la ayuda de miembros del servicio de operaciones especiales británico, los guerrilleros griegos consiguieron volar el viaducto que salvaba el barranco de Gorgopótamos. En las represalias posteriores los alemanes ejecutaron a varios miembros de la población local. Tras la guerra el puente fue reconstruido y hoy es considerado monumento nacional.



 El puente de Gorgopótamos tras su voladura en 1942

Desde Gorgopótamos nuestra ruta cambia de sentido. Nos dirigimos ahora hacia el este para bordear el golfo Maliaco. La isla de Eubea, omnipresente desde el inicio del viaje, vuelve a estar casi a tiro de piedra. A la izquierda de la carretera se levanta otra enorme montaña. Se trata del monte Otris, desde el que los Titanes, comandados por Cronos, se enfrentaron a Zeus y sus hermanos, que se habían hecho fuertes en la cumbre del Olimpo, bastantes kilómetros más al norte. La Teogonía de Hesíodo relata el violento combate de padres contra hijos, tíos contra sobrinos, luchando por hacerse con el gobierno del cosmos. En esta batalla primordial resuena el mar, se convulsiona la tierra, las montañas vibran desde su base, el estruendo llega hasta lo más profundo del Tártaro. Finalmente resultan vencedores Zeus y sus hermanos, que ejercerán su poder desde el Olimpo, mientras que la cima del Otris queda desierta de dioses. 
Seguimos bordeando el macizo montañoso girando poco a poco hacia el norte, donde se extiende la gran llanura de Tesalia. Pasados unos kilómetros nuevas montañas se divisan a nuestra derecha: el monte Pelión, al que volveremos al final del viaje, y el monte Osa, escenario de otra batalla primigenia. Desde su cumbre los Gigantes intentaron el vano desafiar el poder de los dioses Olímpicos. 
Entre el monte Osa y las estribaciones del sur del Olimpo se abre un estrecho valle por el que discurre el río Peneo. La moderna autopista atraviesa las montañas mediante larguísimos túneles, pero merece la pena desviarse por la antigua carretera para disfrutar del paisaje del valle de Tempe, plagado de referencias mitológicas. Fue aquí donde una flecha de Eros hirió el corazón de Apolo, que se sintió inmediatamente enamorado de la bella Dafne. Ella había sido herida a su vez por otra flecha con punta de plomo, que producía el efecto contrario. El dios persigue a la ninfa que intenta escapar por todos los medios. Cuando está a punto de ser alcanzada invoca la ayuda de su padre, el dios río Peneo, que se compadece de ella y la transforma en el árbol del laurel. Hay varios aparcamientos a los lados de la carretera para contemplar las vistas del valle. Desde uno de ellos se puede cruzar el río por un puente peatonal que conduce a la ermita de Ayia Paraskeví. Las lluvias del invierno y de la primavera hacen que el Peneo fluya hoy con fuerza por el fondo del valle.




Otra célebre persecución amorosa tuvo lugar en estas orillas. Aristeo, hijo de Apolo y padre de Acteón, intentaba alcanzar a Eurídice, la esposa de Orfeo. Mientras huye por la espesura del bosque una serpiente muerde a la joven, que muere por efecto del veneno. Orfeo lamentó la pérdida de su amada con cantos tan conmovedores, que se le autorizó a descender hasta el mundo de los muertos para rescatarla, aunque, como sabemos, su impaciencia hizo que la perdiera para siempre. Volveremos a encontrarnos con Orfeo en otro momento de nuestro viaje. Pero no todo es mitología en este valle. Junto a la ermita un monumento recuerda a los guerrilleros griegos caídos en otro sabotaje contra un tren que transportaba tropas nazis durante la ocupación alemana.
A la salida del valle entramos en la región de Pieria, una división administrativa de Macedonia, limitada al oeste por el imponente Olimpo y al este por el Egeo. Nos volvemos a apartar de la ruta principal para ascender por una carretera sinuosa hasta Palaios Panteleímonas, un pequeño pueblo situado en las estribaciones del Olimpo. Aunque no llueve el cielo continúa cubierto y la montaña de los dioses nos oculta sus cumbres entre las nubes.


La mayoría de estos pueblos de montaña quedaron semiabandonados cuando su población empezó a emigrar a las grandes ciudades o se trasladó a la costa, aprovechando el desarrollo del turismo. Hoy en día Palaios Panteleímonas vuelve a resurgir gracias a la iniciativa de algunos artesanos y arquitectos que han restaurado las casas en ruinas o construido otras nuevas respetando el estilo tradicional. Nos lo cuenta un artesano mientras trabaja en su taller, que hace también las veces de tienda. Se ha trasladado aquí desde Tesalónica para montar su pequeño negocio, pero se ve obligado a residir en la costa, donde viven más niños y hay una escuela para su hija, servicios médicos, supermercados, etc. Excepto en períodos de vacaciones y en fines de semana Palaios Panteleímonas es un pueblo prácticamente desierto. Hoy es lunes. Paseando por sus calles encontramos tan solo un par de tiendas de recuerdos abiertas, un parroquiano que atraviesa la calle principal en ciclomotor y unos perros que sestean junto a la palza de la iglesia.




Todo el centro está ocupado por tiendas, bares y restaurantes que hoy están cerrados. En un soleado fin de semana de primavera el pueblo debe presentar un aspecto muy diferente, atestado de terrazas llenas de clientes y con los expositores de las tiendas invadiendo parte de la calle. Es el drama de tantos pueblos condenados a desparecer: para revivir tienen que vender su alma al turismo y renunciar a su modo de vida tradicional. Se convierten en pintorescos decorados, pequeños centros comerciales abiertos donde comprar algún recuerdo, comer platos típicos y sacar unas fotos. Es el precio que hay que pagar para no acabar abandonados y en ruinas.


Descendemos de nuevo hacia la costa disfrutando de unas magníficas vistas de la franja litoral que se extiende al este del Olimpo. Nos vamos a alojar un par de días en la localidad de Leptokaryá, en un pequeño hotel junto a la playa. Antes de llegar a la puerta la joven recepcionista sale a recibirnos con una sonrisa, haciendo gala de esa sincera hospitalidad con la que los griegos tratan a los visitantes. El nombre del hotel nos trae recuerdos del inicio de nuestro viaje.


A la mañana siguiente nos levantamos mirando al Olimpo, que sigue privándonos de la visión de sus cumbres, cubiertas de nubes. Tomamos la carretera que asciende desde la costa y, después de pasar por el pueblo de Litóchoro, nos adentramos en el corazón del macizo montañoso por la espectacular garganta de Enipeas.

Garganta de Enipeas

La carretera termina en el paraje llamado Prionia. A partir de aquí más de seis horas de exigente caminata conducen a la cumbre del Olimpo. En esta época del año es necesario venir equipado para andar sobre la nieve y el hielo, así que nos conformamos con ascender tan solo un tramo del sendero hasta las fuentes del arroyo Enipeas. En el trayecto nos cruzamos con unos excursionistas españoles que nos advierten de la presencia de unos llamativos animales que se mueven torpemente entre la hojarasca y la tierra húmeda.



Veremos más salamandras a lo largo de la jornada. De momento volvemos sobre nuestros pasos para realizar otra ruta más asequible que desciende desde Prionia por el barranco de Enipeas. El recorrido alterna pinares, hayas y acebos, y discurre junto al arroyo, cruzándolo en varias ocasiones.


El sendero prosigue hasta Litóchoro, pero nosotros vamos a llegar solo hasta Άγιο σπήλαιο, la cueva santa, una oquedad en la pared de la que brota un manantial y en la que la tradición afirma que estuvo retirado San Dioniso, el primer monje que practicó el ascetismo en estas montañas. Una modesta capilla se levanta en el lugar en el que vivió el santo.


Cruzamos al otro lado del río para regresar a Prionia, pasando por el monasterio que fundó San Dioniso en el siglo XVI. Actualmente está siendo restaurado y no se puede visitar. Como tantos otros monasterios griegos fue siempre un foco de resistencia contra los invasores. Por eso lo atacaron los turcos en el siglo XIX y los alemanes en el XX.

Antiguo monasterio de San Dioniso

Al atardecer regresamos a Leptokaryá, que tiene ese aire entre decadente y fantasmal de las localidades costeras fuera de temporada. Caminamos junto a la playa buscando algún local abierto donde cenar. La mole del Olimpo, omnipresente, sigue cubierta de nubes. Hemos venido hasta aquí tras las huellas de la mitología, pero hoy la belleza natural de los parajes que hemos recorrido ha hecho que nos olvidáramos por momentos de que estábamos paseando por la montaña de los dioses.

 ... ἥ γ' ἀνεδύσετο κῦμα θαλάσσης.
ἠερίη δ' ἀνέβη μέγαν οὐρανὸν Οὔλυμπόν τε.
εὖρεν δ' εὐρύοπα Κρονίδην ἄτερ ἥμενον ἄλλων
ἀκροτάτῃ κορυφῇ πολυδειράδος Οὐλύμποιο·

... Ella emergió de las olas del mar.
Temprano ascendió al ancho cielo y al Olimpo.
Encontró al Cronida de luenga mirada sentado aparte de los otros
en la más alta cumbre del Olimpo de muchas crestas.

Homero, Ilíada I, 496-499

lunes, 27 de mayo de 2019

Tras las huellas del mito y la historia (II): Heracles y las Termópilas

  ὦ ξεῖν', ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε
κείμεθα τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι.

 Extranjero, anuncia a los lacedemonios que aquí
yacemos por obedecer sus órdenes.

Simónides de Ceos

Calcis, o Chalkida, es una ciudad moderna y cosmopolita. Está estratégicamente situada en el punto más estrecho del Euripo, el canal que separa Eubea, la segunda isla más grande de Grecia, del continente. Son apenas cuarenta metros salvados por un puente, en el que el tránsito de coches y peatones es continuo. En cierto sentido Eubea es una isla que ha dejado de serlo por obra de este puente, igual que el Peloponeso ha dejado de ser una península desde que existe el canal de Corinto. Paradojas de la caprichosa geografía de Grecia. Un animado paseo marítimo, lleno de bares, hoteles y restaurantes, sigue la línea de costa y conforma la vista más caracterísitica de la ciudad. Llegamos a Calcis al atardecer. El día, que había amanecido radiante, se ha ido cubriendo de nubes. Al fondo se distingue la cumbre nevada del Dirfis, la montaña más alta de Eubea.

Vista de Calcis desde el puente que la une al continente.

Se produce aquí un curioso fenómeno que ya llamó la atención de los antiguos. Una corriente de agua, que puede alcanzar los once nudos, fluye constantemente por el estrecho, pero cada seis horas el flujo se detiene y cambia lentamente de dirección. Por efecto de las mareas, las dos grandes masas de agua encerradas en el golfo norte y el golfo sur de Eubea intercambian parte de su caudal, como si se de una gigantesca clepsidra se tratara. Por la noche, en los momentos de encalmada, el puente se abre para permitir el paso de veleros y barcos pequeños, y Eubea vuelve a ser una isla. Hasta aquí suele venir el equipo griego de piragüismo en aguas bravas para entrenar aprovechando la fuerza de la corriente. El cielo se ha ido cubriendo cada vez más y ha empezado a chispear. El paseo ha quedado vacío de viandantes. Desde la terraza de nuestro hotel se divisa el puente y la corriente del Euripo.

La corriente del Euripo y el puente de Calcis bajo la lluvia.

A pesar de su aspecto moderno Calcis es una ciudad con una larga historia. Por su posición privilegiada fue, junto con Eretria, la polis más importante de Eubea en la Antigüedad. En los siglos VIII y VII a.C. destacó como una de las grandes impulsoras del proceso de colonización. En el norte del Egeo la península Calcídica tomó su nombre de las colonias fundadas por ciudadanos de Calcis. La colonia griega más antigua de Italia, Cumas, fue también una fundación calcidia, al igual que Regio, en el estrecho de Mesina, o Zancle y Tauromenio, en Sicilia. Desde este pequeño rincón del Egeo los habitantes de Calcis se extendieron por todo el Mediterráneo, en busca de nuevas tierras y de nuevos mercados, pero llevando consigo su lengua, sus tradiciones y su cultura. Se podría afirmar que las letras que aparecen en esta pantalla proceden en última instancia de Calcis, ya que fue la variante del alfabeto griego utilizada en Cumas la que adoptaron, primero los etruscos y luego los latinos, para transcribir su propia lengua.
Pero Calcis, además de tierra de emigración, ha sido también tierra de acogida. Su vecino más ilustre fue Aristóteles. Tras la muerte de Alejandro Magno, abandonó Atenas por temor a los sentimientos antimacedonios que se despertaron en la ciudad y se retiró a Calcis. Haciendo alusión a la condena de Sócrates dijo que se marchaba para evitar que los atenienses cometieran un nuevo atentado contra la filosofía. Una cabeza del filósofo sobre una columna jónica recibe al visitante nada más cruzar el puente que une la ciudad con el continente. Otro busto en bronce delante del ayuntamiento recuerda que Aristóteles murió aquí en el año 322 a.C.



A la mañana siguiente Calcis nos despide con un fuerte aguacero. Parece que el tiempo no nos va a acompañar en esta jornada. Cruzamos el puente y conducimos en dirección noroeste bordeando el golfo norte de Eubea. La isla se va alejando para volver a acercarse al continente en uno de sus extremos. Entre las nubes y la lluvia se distingue el monte Ceneo, en cuya cumbre Heracles habría ofrecido un sacrificio a Zeus en agradecimiento por haber conquistado la ciudad eubea de Ecalia. Antes había enviado a Traquis, en el continente, donde le esperaba su esposa Deyanira, parte del botín y prisioneros de guerra. Entre ellos se encontraba la hermosa Yole, la hija del rey, de la que se había encaprichado Heracles. Deyanira, herida por los celos, le envía a su esposo una túnica impregnada en la sangre del centauro Neso. Tiempo atrás, antes de morir por las flechas de Heracles, el centauro le había aconsejado a Deyanira que guardara un poco de su sangre, porque le podría servir como filtro de amor en el caso de que su esposo dejara de quererla. En realidad la sangre de Neso es un poderoso veneno que actúa como el fuego si se expone al calor o a los rayos del sol. El heraldo Licas es el encargado de llevarle a Heracles la túnica envenenada. Ataviado con ella, el héroe se dispone a oficiar el solemne sacrificio. Cuando el calor del altar se transmite a la túnica unos terribles dolores se apoderan de Heracles. Enfurecido con su heraldo, que le ha traído el funesto regalo, lo agarra de un pie y lo arroja desde lo alto del monte. Los restos de su cuerpo esparcidos en el mar forman las islas Licades, esos pequeños islotes en el extremo de Eubea que contemplamos ahora por la ventanilla del coche.
Unos kilómetros más adelante un indicador de la autopista nos anuncia el desvío a las Termópilas, el escenario de uno de los episodios más glosados de la historia de Grecia. El paisaje ha cambiado notablemente desde la Antigüedad. Los sedimentos del río Esperqueo han rellenado el golfo Maliaco y han modificado la línea de costa. El terreno por el que transitamos era mar en el siglo V a.C. Junto a la carretera antigua se levanta el monumento a Leónidas erigido a mediados del siglo XX.

 


Parece que el tiempo nos concede una tregua. Después de tanta lluvia apenas chispea. Bajamos del coche y nos recreamos en el paisaje. Estas escarpadas laderas cubiertas de vegetación se levantaban a escasos metros de la costa en el año 480 a.C. Era el lugar ideal para que los griegos pudieran bloquear el avance del inmenso ejército persa que Jerjes hacía marchar desde el norte. Si el traidor Efialtes no hubiera revelado a los persas un paso entre las montañas quizás el curso de la guerra habría sido diferente.


El caso es que Leónidas, a pesar de que sabía que la victoria era imposible, decidió quedarse con sus trescientos espartanos y ganarse así la gloria de los siglos venideros. Para ser justos hay que recordar que junto a ellos cayeron los novecientos ilotas que les servían de escuderos. También se quedaron bajo coacción cuatrocientos tebanos que, según cuenta Heródoto, se pasaron a los persas en cuanto tuvieron ocasión. Pero quizás los más olvidados de toda esta historia sean los setecientos hoplitas de la ciudad beocia de Tespias, capitaneados por Demófilo, que decidieron luchar hasta el final junto a los espartanos. Su sacrificio es aún mayor si tenemos en cuenta que estos setecientos soldados constituían la práctica totalidad de las fuerzas de la ciudad. Desde los años noventa un pequeño monumento situado junto al de Leónidas corrige este olvido histórico.



Paro el enclave más emotivo relacionado con la batalla no son estos monumentos modernos, un tanto grandilocuentes. Hay que cruzar al otro lado de la vieja carretera y ascender una pequeña colina que casi pasa desapercibida. Aquí es donde se retiraron los griegos en la última fase de la contienda. Los arqueólogos han encontrado gran cantidad de puntas de flechas, esas que no dejaban ver el sol a los combatientes. En la cumbre se levantó en su día un león de piedra en honor a Leónidas, del que no queda ningún resto. Actualmente una modesta placa de piedra rojiza reproduce el célebre epigrama de Simónides de Ceos en recuerdo de los espartanos caídos. El lugar tiene algo de mágico. Por mucho que sepamos que la literatura y la tradición han adornado y engrandecido la significación de la batalla, en lo alto de esta pequeña colina, rodeados por este paisaje de mar y montañas, ante este sencillo monumento, un pequeño escalofrío nos recorre la espalda.




En el siglo I el filósofo y místico Apolonio de Tiana visitó las Termópilas. Se cuenta que sus acompañantes, viendo las cumbres de alrededor, se pusieron a discutir sobre cuál sería la montaña más alta de Grecia. Entonces Apolonio ascendió a esta colina para afirmar que era la montaña más elevada, porque los que habían muerto aquí luchando por la libertad habían hecho que su altura sobrepasara la cumbre del Eta y la de muchos Olimpos.
Descendemos de nuevo hacia la carretera y nos acercamos a un curso de agua humeante que discurre por la base de las montañas. Se trata de los manantiales de aguas termales sulfurosas que dan nombre al lugar: Termópilas significa en griego puertas calientes. La humedad y el frescor que ha dejado la lluvia en el ambiente hace que el vapor resulte todavía más visible. Es momento de aparcar un momento la historia para volver a la mitología. Habíamos dejado hace unos párrafos al pobre Heracles retorciéndose de dolor en el monte Ceneo de Eubea. Su hijo Hilas se encarga de transportarlo en parihuelas hasta Traquis, en el continente, donde Deyanira, desesperada por haber provocado sin quererlo el sufrimiento de su esposo, se ha quitado ya la vida. Antes de llegar pasan junto a unos manantiales de agua fresca que surgen del corazón de las montañas. Heracles se sumerge en ellos intentando calmar el fuego que le consume, pero lo único que consigue es contagiar su calor a las aguas, que desde entonces siguen desprendiendo vapor. Hoy algunos bañistas intentan aprovechar sus cualidades curativas.



Al ascender por el curso del torrente hasta la fuente última del manantial pasamos junto a una zona ajardinada y unos edificios de apartamentos, situados a escasos metros de las aguas termales. Unos niños juegan al balón, se ven algunos hombres de rasgos árabes y la discreta presencia de un coche de policía. En los balcones de obra de los edificios se observan unos ingeniosos añadidos, construidos con madera y lonas para ganar más espacio. Da la impresión de que estos antiguos apartamentos han sido ocupados por nuevos inquilinos que apenas caben en ellos. Nuestras dudas se despejan cuando seguimos avanzando y nos encontramos unos grandes contenedores con el logotipo de ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados. Se trata de un asentamiento de desplazados sirios, refugiados que se han quedado desde hace unos años varados en mitad de ninguna parte, poniendo a prueba la capacidad de acogida de una Grecia en crisis, y sacándole los colores a una Europa siempre dispuesta a exigir que se pague la deuda, pero remisa a la hora de hacer cumplir sus propios compromisos. Un nuevo escalofrío nos recorre la espalda al ver ante nosotros, aquí en las Termópilas, el verdadero rostro de la guerra, al darnos cuenta de quiénes son los auténticos héroes de la historia. No son los reyes, los generales o los soldados, entrenados para matar o morir, por muy altos que sean los ideales que los mueven. Son estos hombres, mujeres y niños  que han visto cómo su mundo se derrumbaba, que han tenido que abandonarlo todo para buscar una nueva oportunidad lejos de su tierra. El verdadero heroísmo no se demuestra en el campo de batalla, reside en la capacidad de las víctimas de cualquier guerra, de cualquier violencia, para levantarse y empezar de nuevo. Nos acordamos ahora de las compasivas palabras de Deyanira en Las Traquinias de Sófocles cuando contempla a las cautivas enviadas a Traquis como botín de guerra.

 ἐμοὶ γὰρ οἶκτος δεινὸς εἰσέβη, φίλαι,
ταύτας ὁρώσῃ δυσπότμους ἐπὶ ξένης
χώρας ἀοίκους ἀπάτοράς τ' ἀλωμένας,
αἳ πρὶν μὲν ἦσαν ἐξ ἐλευθέρων ἴσως
ἀνδρῶν, τανῦν δὲ δοῦλον ἴσχουσιν βίον.
ὦ Ζεῦ τροπαῖε, μή ποτ' εἰσίδοιμί σε
πρὸς τοῦμὸν οὕτω σπέρμα χωρήσαντά ποι,
μηδ', εἴ τι δράσεις, τῆσδέ γε ζώσης ἔτι.

 Una terrible compasión me ha entrado, amigas,
al ver a estas desdichadas en tierra
extraña vagando, sin casa, sin padres,
las que antes de hombres libres quizás
provenían, y ahora llevan una vida servil.
¡Zeus de las derrotas, que nunca te vea
marchando así contra mi descendencia,
y si lo haces, que al menos yo ya no viva!

Sófocles, Las Traquinias, 298-305