DIDASKALOS

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domingo, 9 de febrero de 2020

Qué queda de la noche. Cavafis en París

Durante los meses de mayo y junio de 1897 el poeta alejandrino Constantinos Cavafis (1863-1933) hizo un viaje por Francia e Inglaterra en compañía su hermano Yannis, más conocido por John en el círculo familiar. Después de llegar por barco hasta Marsella los dos hermanos viajaron a París y, desde allí, a Londres. De regreso volvieron a pasar unos días en la capital francesa, antes de tomar el barco que les llevaría de nuevo a Alejandría. Qué queda de la noche (Τι μένει από τη νύχτα) es una novela que recrea los tres últimos días del poeta en París. Su autora es Ersi Sotirópoulos, cuya novela Zigzag entre naranjos amargos hemos comentado en otra entrada de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ


En la primavera de 1897 Cavafis acaba de cumplir 34 años y lleva ya un tiempo trabajando en la Oficina de Riegos del Ministerio de Obras Públicas en Alejandría. Tan solo ha publicado algunos poemas en revistas y en hojas sueltas de escasa difusión. El viaje con su hermano le permite evadirse del ambiente de su ciudad natal y de la fuerte personalidad de su madre, con la que vive. La autora nos presenta a un Cavafis que siente la necesidad de dar un nuevo rumbo a su vida, de encontrar su propia voz como poeta, de liberarse de una sexualidad reprimida y culpable. La ciudad a la que llega todavía se encuentra conmocionada por el incendio del Bazar de la Charité y dividida en torno a la polémica del caso Dreyfus. El guía de los dos hermanos en estos tres días parisinos será Nicos Mardaras, un griego emigrado con el que se encuentran en un café, inquieto y locuaz personaje, un tanto cargante, buen conocedor de los asuntos mundanos de París y secretario informal de Jean Moréas, autor del que ya hemos hablado en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ en un par de ocasiones (aquí y aquí). Moréas, al que Cavafis ha enviado dos poemas para conocer su influyente opinión, se encuentra fuera de París, pero Mardaras les propone visitar su casa y su biblioteca.
Cómo ansiaba ver los libros que habían formado a aquel gran poeta, descubrir quiénes eran los escritores que lo habían educado, porque no era un simple poeta, sino un resorte de la vida intelectual, inspirador de movimientos literarios, quizá una de las dos o tres personas cuya opinión contaba de verdad en París.
En los siguientes días Mardaras se ofrece para acompañar a los hermanos Cavafis por los locales de moda parisinos, incluyendo el Arca, una casa de campo en las afueras de la ciudad, donde se organizan exclusivas veladas en las que se puede encontrar lo más exquisito y lo más bajo.

Cavafis en 1896

Excepto un par de breves capítulos escritos en primera persona, el libro está narrado en tercera persona por una voz omnisciente, que penetra en la mente del poeta para mostrarnos sus inquietudes, dudas y remordimientos. La autora construye así, desde dentro, un personaje lleno de matices que atraviesa un momento crucial de su vida. Las referencias a la obra cavafiana son continuas. En un sugerente juego literario imagina cómo se gestaron algunos de los temas y los poemas más célebres del autor alejandrino, como La ciudad o El dios abandona a Antonio. Nos sumerge, en suma, en el arduo trabajo que ha de afrontar todo creador, incluso los más geniales, hasta encontrar su estilo personal, su propia manera de conciliar el arte con la vida.
Algo le había pasado por la cabeza, la idea de que toda esta dificultad en la escritura podía no deberse a la escritura. Puede que no tuviera que ver con que su talento estaba aún en ciernes, sin cultivar. Quizá el problema estuviera en él, en su interior. La gran necesidad de ruptura en su poesía que sentía con tanta intensidad los útimos meses, el imprudente impulso de romper las normas -cuando no estaba preparado todavía, porque sabía que no lo estaba-, de deshacerse de los lirismos y florituras verbales, de quitarse de encima toda influencia de otros poetas y corrientes, de ser él mismo su propia corriente, quizá reflejara, a fin de cuentas, una necesidad de ruptura en su vida con todo lo que hasta entonces había sido su vida. Ruptura con las normas, las convenciones sociales. Se encontraba ante un enorme dilema. El consabido dilema. ¿Cómo podía alguien con una vida mediocre, conservadora, limitada, escribir grandes versos? ¿Hablar de grandes pasiones, de épocas de atrevimiento? Error. No debían confundirse aquellas dos cosas. La escritura saldría perdiendo. Pero, ¿cómo se podían distinguir?
Qué queda de la noche ha sido editado en español por la editorial Sexto Piso con traducción de Vicente Fernández González y Antonio Vallejo Andújar. La autora acudió a España para presentar la traducción de su libro y concedió sendas entrevistas a los periódicos El País y La Vanguardia.

Ersi Sotirópulos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid

viernes, 29 de noviembre de 2019

La inmortalidad de los perros

Hace ya un tiempo que comentamos Cuatro estaciones, un libro de poemas del escritor griego Costas Mavrudís (Tinos, 1948). Anunciábamos entonces la publicación en español de la colección de relatos que hoy nos ocupa, editada por Hoja de Lata con traducción de Ángel Pérez González.


La inmortalidad de los perros (Η αθανασία των σκύλων), que recibió en 2014 el Premio Nacional de Literatura griego en la categoría de Narrativa Breve, se compone de setenta y una microhistorias que rara vez exceden las tres páginas. Algunas son pura ficción, pero en la mayoría la ficción se mezcla con los recuerdos personales. Muchas otras son reflexiones a partir de una anécdota, una cita literaria o una noticia periodística. La literatura y el cine están muy presentes, al igual que la pintura y la fotografía, una obsesión personal del autor, fascinado por esas imágenes congeladas de un pasado huidizo, que él se esfuerza por restituir y fijar en sus obras. Hemos utilizado el término microhistorias porque nos parece el más neutro para abarcar la variedad de enfoques de un libro en el que las fronteras entre relato, ensayo y recuerdos permanecen difusas.

A pesar de la diversidad de las piezas incluidas en el libro, hay algo que tienen en común todas ellas: la aparición, o al menos la mención, de uno o más perros. A veces en un papel central, generalmente como elementos secundarios, en ocasiones pasando inadvertidos, reducidos a una alusión mínima ο marginal. Porque la idea que subyace a toda la obra, planteada ya desde el primer capítulo, es que los perros siempre están ahí, como testigos mudos y casi indiferentes de los asuntos humanos, ya sea en Las Meninas de Velázquez, o en fotografías personales; en películas como Viridiana, o en libros como El Gatopardo; vagando por una excavación arqueológica, o acurrucados en el asiento trasero de un coche; como pretexto para una separación amorosa, o como reclamo publicitario de un conocido sello discográfico.

 La voz de su amo. Francis Barraud

La segunda historia nos da la clave del título del libro. En ella el dueño de Hermes, un setter inglés de quince años, explica su teoría sobre la inmortalidad de los perros:
El perro, muy señor mío, ¡es inmortal! [...] No se mueren más que los que lo saben. [...] Hermes no tiene conciencia, ignora el final, igual que el bosque no sabe nada de la serrería. Dichoso de él. Ha vivido y se muere sin sospechar de su ausencia, sin saber nada del tiempo. De modo que cuando llegue el momento le aplicaré la eutanasia a un ser despreocupado, que es como decir inmortal.
Las historias se van sucediendo sin responder aparentemente a ningún orden preconcebido, aunque algunas parecen agrupadas en bloques. Así encontramos unas cuantas ambientadas en Tinos, la isla natal del autor, otro grupo está protagonizado por ancianos, y en la parte final hay tres relatos narrados por una voz femenina. 

Como bien afirma Vicente Fernández González, autor del prólogo a la edición española y buen conocedor de la obra de Mavrudís por haber traducido dos de sus poemarios, la narración en La inmortalidad de los perros vibra con concisión poética. Igual que un poema está cargado de referencias, evocaciones e imágenes concentradas en unos pocos versos, estas narraciones condensan, en el breve espacio de un par de páginas, reflexiones, recuerdos y ficciones que llevan de un tema a otro, de una situación a otra, de una cita a otra. Mavrudís se nos muestra como una especie de orfebre literario o prestidigitador de las palabras, capaz de convertir cada una de las piezas del libro, cuidadosamente elaborada, en una pequeña joya con varias historias en su interior, que se van desplegando ante la mirada cautivada del lector.

Costas Mavrudís

domingo, 17 de noviembre de 2019

El número 31328



1922. La Anatolia dulcísima como siempre; digna de  un soneto, o algo parecido. Todo era apacible y delicado aquel otoño. El enemigo había llegado a nuestra ciudad, Aivalí. Y en el puerto habían atracado barcos con pabellones americanos. La orden era que la mercancía deteriorada -los  niños y las mujeres- debían embarcar rumbo a Grecia. Pero que los hombres de entre dieciocho y cuarenta y cinco años partirían hacia el interior como esclavos en los batallones de trabajo.
Así comienza El número 31328 (Tο νούμερο 31328), subtitulado El libro del cautiverio (Το βιβλίο της σκλαβιάς), un relato autobiográfico en el que Ilías Venezis da testimonio de su dramática experiencia tras la catástrofe de Asia Menor. Ilías Venezis, seudónimo de Ilías Melos, fue uno de los prosistas más destacados de la llamada generación del 30 y vivió en carne propia las consecuencias de la derrota del ejército griego en 1922. Había nacido en Aivalí en 1904, así que cuando los turcos reconquistan la ciudad tiene dieciocho años y se ve obligado a separarse de su familia.

 Vista del puerto de Aivalí antes de 1922

Al principio intenta esconderse y más tarde escapar sobornando a los centinelas del puerto, pero es apresado y conducido a una cárcel improvisada en el sótano de una vivienda. Durante tres noches angustiosas consigue librarse de las purgas de prisioneros. Entonces comienzan las terribles marchas hacia el interior. Caminan semidesnudos, descalzos, padeciendo hambre y sed. Los que no pueden seguir el ritmo, agotados por el cansancio o  la enfermedad, son rematados por los soldados que los escoltan. Se inicia un rápido proceso de deshumanización. Cada uno solo piensa en aliviar como sea el sufrimiento que atormenta su cuerpo. Estas son sin duda las páginas más duras del libro, en las que el autor presenta con frialdad, casi con indiferencia, las escenas brutales de las que es testigo, como si hubiera perdido la capacidad de sentir compasión por el dolor ajeno.
 Las dos muchachas que se nos unieron en Pérgamo nos dieron un respiro. Andábamos sobre tierra sin cultivar, y a cada rato hacíamos un alto. Los soldados se las turnaban, volvían y comenzábamos de nuevo la marcha. Este aderezo nos venía bien. Podíamos descansar. Sin embargo, de nuevo hacia el mediodía, tuvimos que decir adiós aun compañero que cayó extenuado. Se había hecho sus necesidades encima y apestaba. La enfermedad se había cebado en él. No sé cómo se llamaba. ¿De qué servía saberlo?
A pesar de todo siempre queda un mínimo rescoldo de esperanza, incluso en las situaciones más difíciles. El protagonista y Aryiris, un antiguo compañero de colegio, se apoyan mutuamente para intentar resistir las penalidades. Otro de los prisioneros comparte con ellos los jirones de tela de saco con los que cubre sus pies. Por fin el grupo de Venezis se detiene en una localidad del interior de Anatolia y empieza a ser utilizado como mano de obra esclava. Los trabajos son duros y extenuantes, pero el hecho de librarse del sufrimiento continuo de las marchas hace que los prisioneros recuperen poco a poco su humanidad.
Entre nosotros, entre los veintitrés hombres, en cuanto nos abandonó la agonía de las caminatas, en cuanto tuvimos la certeza de que ya no nos moverían de allí, comenzó a producirse una curiosa efervescencia. Los cuerpos se reponían de su abandono e intentaban retomar una postura frente a la vida. Cada uno hacía por acercarse al otro; olíamos nuestros alientos como animales que husmean. Era un acercamiento lleno de reservas y de miedo, como cuando, por la noche, las fieras salen de sus antros porque tienen hambre, inquietas. De igual modo obrábamos nosotros.
Ilías Venezis en 1925

La población turca se muestra hostil hacia los prisioneros, en represalia por las atrocidades cometidas por el ejército griego durante su retirada de Asia Menor. Pero también se producen gestos benevolentes. Un anciano les lleva restos de tabaco, una mujer les proporciona comida cuando están enfermos, un médico militar toma a su servicio al autor, que consigue así librarse por un tiempo de los trabajos más pesados.

Un día llegan tres nuevos prisioneros procedentes de Esmirna. Tienen en la muñeca una plaquita triangular metálica con un número en caracteres turcos. Venezis y sus compañeros los contemplan con envidia: están registrados con un número en algún lugar. En cambio ellos no figuran en ninguna lista. En cualquier momento pueden ser eliminados sin que nadie los eche de menos. Pasa el tiempo y el autor es trasladado a un nuevo destino en Magnesia, un campamento donde, después de varios meses, tendrá ocasión de lavarse y le afeitarán la cabeza. Allí recibe también con alegría su número personal.

        Nos conducen a una oficina.
        -¿Nombre?
        Se lo decimos. Los apellidos también.
        -Número 31328 -dice el escribano, y me da una placa con el número.
        La aprieto entre mis manos. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría!

Portada de la primera edición

Entra a formar parte de un amele taburu, un batallón de trabajo. Al frente de cada pelotón hay un çavus, un vigilante nombrado de entre los griegos que hablan turco. Aprovechándose de su posición privilegiada explotan a sus compatriotas y se comportan con más crueldad que la mayoría de los turcos. Algo parecido ocurrirá años más tarde en los campos de concentración alemanes con los temidos kapos, prisioneros designados por los nazis para estar a cargo de un barracón o un grupo de trabajo.

Los meses pasan, termina el invierno, aparecen las primeras flores, llega el verano y los prisioneros que aún sobreviven van perdiendo la esperanza de la liberación. Por otro lado, el sentimiento de revancha y odio de los turcos hacia ellos se va dulcificando. Los guardianes turcos también anhelan regresar a sus lugares de origen. Empiezan a compadecerse de los prisioneros y a percibir que tienen más cosas en común de lo que parece. Comparten con ellos el deseo de reencontrarse con los suyos y el odio hacia los oficiales y los colaboracionistas griegos, que han organizado una especie de mafia en el campamento.

Los trabajos del estado han terminado y los prisioneros tienen más tiempo para pensar en su situación. Con el ocio sobreviene la desesperación y algunos caen en la locura. A pesar de que ya se ha firmado la paz deben seguir confinados en el campamento. Un grupo de refugiados turcos procedentes de Grecia es alojado en unos barracones, separados del resto por alambre de espinos. Al llegar sienten resentimiento hacia los griegos, les insultan y les tiran piedras, pero acabarán por comprender que todos son víctimas de la guerra. Se establece entre ellos una complicidad especial, comparten la comida que les sobra e incluso los niños turcos pasan la otro lado de la alambrada para jugar con los prisioneros griegos.

Al fin llega la noticia de la partida. La esclavitud ha terminado, pero la alegría no es completa, porque ya no regresarán más a sus hogares en Anatolia. Un barco espera para llevarlos a Grecia. Desde Aivalí, el pueblo de Venezis, tres mil prisioneros habían partido hacia el interior. Solo veintitrés regresarán con vida.

Casa de Ilías Venezis en Aivalí

El relato de Venezis es directo, sobrio, descarnado, como corresponde a una experiencia tan dura vivida a una edad temprana, pero no destila odio ni pretende juzgar. No se trata de una historia de víctimas y verdugos, buenos y malos. A veces son los propios griegos los más despiadados con sus compañeros, y no es extraño que los turcos se muestren compasivos. La crueldad o los buenos sentimientos no son patrimonio ni de unos ni de otros. En demasiadas ocasiones y lugares, antes y después de 1922, el ser humano ha infligido dolor y tormento a sus semejantes. Como señala el autor en el prólogo a la segunda edición, el libro pretende dar testimonio de ese dolor.
En este libro no existe alma, ni hay margen para ningún viaje a lugares metafísicos. Cuando la carne es abrasada como se abrasa aquí, con hierro candente, esta se transmuta en una deidad todopoderosa, acallando cualesquiera otras consideraciones. Se podrá decir que ningún dolor es comparable al dolor moral. Esto lo dicen los sabios y los libros. Sin embargo, si salimos a las calles y preguntamos a los que pueden dar testimonio de esto, a aquellos cuyos cuerpos fueron atormentados mientras la muerte batía sus alas sobre sus cabezas -y es muy fácil encontrarlos, porque nuestra época se ha encargado de llenar el mundo de ellos-, si les preguntas, te dirán que no existe nada, nada más profundo ni más sagrado que un cuerpo que sufre tormento.
Este libro es una ofrenda a ese dolor.
En unos tiempos en los que algunas opciones políticas intentan relativizar el pasado y criminalizar al que es diferente es muy recomendable volver la mirada hacia libros como El número 31328 y a la amplia literatura sobre los campos de concentración y el gulag. Son la mejor prueba de las funestas consecuencias que se derivan del empeño en afirmar la propia identidad alardeando de patrias y banderas, mientras se alientan los odios entre grupos étnicos.

El número 31328 fue publicado en español en 2006 por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, con cuidada traducción, introducción y notas de Manuel González Rincón.

domingo, 20 de octubre de 2019

Un recorrido poético por las islas griegas



Las islas son el regalo hecho al mundo en días de paz para su gozo
Con esta cita de María Zambrano, que constituye toda una declaración de intenciones, se abre Dibujar una Isla, el libro de poemas de Verónica Aranda, galardonado con el XX Premio de Poesía Ciudad de Salamanca y publicado por la editorial Reino de Cordelia. En las páginas que siguen la autora se entrega, en compañía de la persona amada, al gozo y al descubrimiento de algunas islas griegas, que son efectivamente un regalo, pero también un enigma que debe ser revelado.

                                                  Toda isla es un enigma
                                                  cuando lava y espuma
                                                  se entrelazan.
                                                  Cuando recolectamos en silencio
                                                  piedras turquesa
                                                  y emociones últimas.
                                                  Cuando declina abril
                                                  y hay cinturas esquivas,
                                                  cartas sin responder,
                                                  y unas salinas de un extraño rojo.

El itinerario poético de Verónica Aranda comienza por las islas del Egeo y su primer destino es Santorini, donde se pregunta si

                                                  Acaso la existencia 
                                                  es esta forma lenta
                                                                                de  bajar los peldaños
                                                  y divisar volcanes.

Míkonos, la isla que en los antros se embriaga / y aplica el carpe noctem, es un buen lugar para el encuentro amoroso.

                                                  Me buscas; estupor,
                                                  muy cerca de las yemas de los dedos.
                                                  El movimiento torpe
                                                  que se enquista en las ingles 
                                                  nos llena de archipiélagos.

Después de las islas más turísticas el recorrido prosigue por otras menos frecuentadas. Folégandros con su luz fresca de cal y aguamanil y su extraño aroma a sandía caliente invita a nadar y abandonarse en sus plácidas aguas.

                                                   Nado a crol
                                                                       y me alejo de la orilla;
                                                   me pierdo en la corriente 
                                                                                            primitiva del mar.
                                                   Soy una nadadora ensimismada.

Luz fresca de cal y aguamanil. (Foto de Alicia Andrés, tomada del blog de la autora)

En Milos la quietud se plasma en la forma en que los pescadores, / siempre meditabundos, / contemplan el fulgor de las medusas. En Kímolos, en un mediodía blanco / de textura porosa, la plenitud consiste en yacer y que me narres / historias de fareros. El periplo por las Cícladas culmina en Sifnos y Sérifos, donde las calas son una nueva invitación a entregarse a la voluptuosidad.

                                                   Si un pinar delimita
                                                   la voluptuosidad, sus tonos sepia,
                                                   decido no alejarme de las playas de fósiles.

Desde Sérifos un salto hacia el norte lleva a la autora hasta las Espóradas para contemplar, en Skiathos, las vistas desde la alcoba de Papadiamandis. En Skópelos sorprenden el paisaje y la vegetación, muy diferentes a los de las Cícladas, y la extraña forma de la isla.

                                                    Una isla imposible
                                                    de dibujar, con infinitos cabos,
                                                    limoneros frondosos y colinas
                                                    donde los monjes enloquecen.

El recorrido por el Egeo termina en Alónnisos, disfrutando una vez más de la suspensión del tiempo y del placer del baño.

                                                    Nado, constante, sobre los erizos
                                                    y sobre las incógnitas.
                                                    Un tiempo fértil se dilata
                                                    en las calas remotas.

En la segunda parte del libro la autora vuela hasta las islas del mar Jónico. La isla de Odiseo no está incluida en la ruta, pero desde el aire contempla su silueta y no se puede resistir a componer un breve poema, en el que evoca a Penélope, sola en el lecho conyugal, cansada de intentar averiguar el paradero de su esposo.

                                                    Sobrevolamos Ítaca.
                                                    Penélope se arropa con dos sábanas.
                                                    Un viejo mapamundi
                                                                                      reposa sobre el lado
                                                    vacío de su lecho.

Las referencias geográficas son ahora menos precisas. Solo se mencionan expresamente tres destinos: Corfú, Paxos y el paraíso diminuto de Antípaxos.

                                                    No recuerdo
                                                    la forma de la isla,
                                                    solo el sabor del vino de Antipaxos,
                                                    solo tus hombros tensos
                                                    en ese paraíso diminuto.

Antípaxos

En el resto de los poemas del Jónico, sin una localización exacta, hay lugar para el desencuentro amoroso, la reconciliación y una cierta sensación de fatiga, de pasión que se apaga, de viaje que toca a su fin.

                                                    El tiempo es troje en ruinas;
                                                    algo más que una vid en ese espacio
                                                    donde ya es autoengaño
                                                    lo que era deseo.

Pero el libro no se cierra con el final del viaje. En una tercera parte titulada Dibujar una casa, la autora delinea con sus versos los esbozos de varias casas. O quizás se trate más bien de una sola casa, multiforme, que cambia de aspecto para cobijar los distintos estados de ánimo que suscita la relación amorosa. En uno de ellos, La casa equilibrio, encontramos una alusión a las construcciones tradicionales de las Cícladas.
                                                     
                                                    No hacer muchas preguntas
                                                                                           y asomarse a los días
                                                    desde una balaustrada
                                                    que tiene el blanco exacto de las cícladas.

Con Dibujar una Isla Verónica Aranda nos regala una poesía directa, breve, sincera, a menudo transparente, pero no siempre sencilla. Para el amante de Grecia tiene el valor añadido de que la mayor parte del libro nos transporta líricamente a la luz, los aromas, los sonidos y los paisajes de las islas griegas.

Verónica Aranda

sábado, 28 de septiembre de 2019

Una versión diferente en cómic de la leyenda de Troya

Llevamos casi diez años publicando en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ reseñas sobre comics inspirados en la leyenda troyana. Algunas de esas entradas se cuentan entre las más leídas del blog. Por aquí han pasado, sobre todo, adaptaciones de la Odisea: el clásico de Pérez Navarro y Martín Saurí, que data de los años ochenta; una versión destinada al público escolar; la serie de tres volúmenes titulada Ulises, del francés Sébastien Ferran, y un tomo de Clásicos Ilustrados Marvel con guion de Roy Thomas. La Ilíada no ha atraído tanto la atención del mundo de la historieta, pero en su día comentamos la adaptación de Marvel y una versión manga de la Ilíada y la Odisea en un solo volumen. Más allá de los poemas homéricos un par de comics han pretendido abarcar el ciclo troyano completo: La guerra de Troya, que cierra la trilogía sobre el tema firmada por Roy Thomas para Marvel, y La Edad de Bronce, un ambicioso proyecto inconcluso de Eric Shanower.

En general todas estas obras siguen fielmente la versión tradicional del mito y lo adaptan con mayor o menor fortuna al lenguaje del cómic. Pero hoy nos ocupamos de una obra con un planteamiento diferente. Sus autores se sirven de los personajes y situaciones de la leyenda troyana para construir un argumento novedoso. Se trata de la serie Troya, con guion de Nicolas Jarry y dibujos de Erion Campanella Ardisha, publicada en español por Yermo Ediciones en dos volúmenes.



En el primer episodio, titulado El pueblo del mar, arrancan los hilos argumentales que se irán desarrollando a lo largo de la obra. Hécate, una misteriosa mujer hija de la Luna, acude al oráculo de Delfos para consultar a la Pitia sobre el enfrentamiento que se está gestando entre Zeus y su padre Cronos. Entretanto, Aquiles con sus mirmidones intenta conseguir armas de hierro en Egipto y busca a Tindáreo, el rey de Esparta, con el que trama una alianza para oponerse al poderoso Agamenón. Pero Tindáreo y su ejército han sido aniquilados por una fuerza misteriosa, que ha dejado el campo de batalla cubierto de cenizas negras. La misma amenaza se cierne desde el este sobre el imperio hitita, por lo que su rey decide solicitar la ayuda del faraón de Egipto.

Es normal que en este tipo de obras el rigor arqueológico y filológico quede en un segundo plano y se puedan colar en una historia ambientada en el siglo XIII a.C. elementos arquitectónicos y de cultura material propios de épocas posteriores. Al fin y al cabo el mismo Homero tenía sus dudas sobre cómo podían los héroes de sus poemas combatir desde carros tirados por caballos. Pero en este caso las alarmas saltan desde la primera página, cuando vemos una recreación de la Acrópolis de Atenas de época clásica para ilustrar lo que se supone que es el oráculo de Delfos. Llama también la atención encontrar cúpulas y minaretes en las ciudades de Egipto y del imperio hitita, o una representación de Anubis y una especie de minotauro egipcio en la tumba de Tindáreo en Esparta.





Pero dejemos a un lado de momento los escrúpulos arqueológicos para que la trama siga su curso. Tras la muerte de Tindáreo su hija Helena es coronada como reina de Esparta. A la ceremonia acuden los principales reyes de Grecia y dos jóvenes príncipes de Troya, Paris y Héctor. La nueva reina se verá obligada a renunciar a su amor por Aquiles para ceder ante las razones de estado. Podemos comprobar cómo los principales personajes del ciclo troyano van apareciendo en el cómic, pero las piezas se encajan de manera diferente para conformar un puzle totalmente nuevo.



Más allá de intrigas políticas y alianzas matrimoniales el complot orquestado por Cronos para arrebatarle el poder a Zeus va tomando forma. Los misteriosos ejércitos que atacan el imperio hitita están a su servicio, al igual que las Erinias, unas siniestras guerreras que intentan intervenir en los asuntos de los hombres. Hécate, conocedora de los planes de Cronos, va en busca del centauro Quirón. A ellos se unirá Aquiles, rechazado por Helena. Entre los tres tratarán de encontrar la manera de frenar el avance de las fuerzas de Cronos en El secreto de Talos, el segundo capítulo de la serie.



Por su parte, Helena decide seducir a Paris para escapar del matrimonio con el malvado Menelao. En el tercer capítulo, Los misterios de Samotracia, los dos amantes llegan a Troya, mientras que Hécate, Quirón y Aquiles se dirigen a la isla de Samotracia para consultar a la Gran Madre. En una nueva licencia arqueológica de los autores las monumentales estatuas que aparecen a la entrada del santuario están inspiradas en la cultura precolombina.



Tras la huida de Helena, los griegos que siguen a Agamenón emprenden los preparativos para navegar hacia Troya, pero no encuentran vientos favorables. Las oscuras fuerzas que mueven los hilos de los acontecimientos exigen el sacrificio de Ifigenia, la hija de Agamenón. A estas alturas del cómic ya nos vamos acostumbrando a que los elementos de la leyenda original se traten de una forma novedosa al insertarse en la trama.



En el último capítulo, Las puertas del Tártaro, todas las líneas argumentales convergen y los protagonistas principales acuden a la ciudad de Troya: el rey hitita, que a lo largo de la historia ha intentado poner a salvo a su pueblo con ayuda de los egipcios; el ejército griego, comandado por Agamenón, y el trío formado por Hécate, Quirón y Aquiles, que en las costas de Troya se reúnen con Patroclo y los mirmidones. Aparece por fin Cronos en escena, pero no con el aspecto con el que había sido presentado ocasionalmente a lo largo de la obra, cuando se hacía alusión a sus luchas pasadas, sino caracterizado como un típico villano de Marvel, con barba de varios días.




Llega el momento de la lucha final en torno a Troya y encontramos los personajes y episodios conocidos: la muerte de Patroclo, el combate entre Héctor y Aquiles, el caballo que libera a las fuerzas enemigas en el interior de la ciudad... Pero, como hemos dicho más arriba, esas mismas piezas, cambiadas de orden y con elementos nuevos, conformarán un cuadro completamente diferente al transmitido tradicionalmente.


En general la serie es un tanto irregular, con pasajes brillantes y otros más convencionales, tanto en el dibujo como en el guion. He de confesar que he experimentado sensaciones encontradas mientras leía Troya. Al principio desconcierto y, a veces, hasta indignación por las recreaciones de algunos escenarios y determinadas licencias del argumento; decepción también porque un episodio tan significativo como el combate entre Héctor y Aquiles se resuelva en apenas tres viñetas. Pero reconozco, por otro lado, la libertad de todo creador para innovar a partir del material transmitido y, en este sentido, los autores consiguen un resultado francamente original. La historia, con sus titubeos iniciales, con sus luces y sus sombras, termina por funcionar y logra enganchar al lector.

martes, 3 de septiembre de 2019

La Grecia eterna

Es normal poner etiquetas a las distintas etapas de la historia de un país y hablar, por ejemplo, de la España antigua, la España medieval o la España moderna. En el caso de Grecia, sin embargo, la distinción entre Grecia clásica y Grecia moderna no siempre es inocente y responde a una mera clasificación cronológica. Quizás porque el período más valorado e influyente de su historia se remonta a la Antigüedad, muchos estudiosos se han empeñado en trazar una frontera infranqueable que niega cualquier tipo de continuidad cultural y étnica entre los griegos antiguos y los modernos. Como si estos últimos fueran una especie de indignos sucesores, que habitan el mismo territorio que sus gloriosos antepasados y hablan una forma evolucionada de su prestigiosa lengua, contaminada con elementos extraños. Para superar esa tendenciosa dicotomía entre Grecia clásica y Grecia moderna a mí me gusta utilizar la expresión Grecia eterna. Ese es precisamente el título del libro que hoy comentamos.


La Grecia eterna no es un libro reciente. Fue publicado en 1908 y la editorial Renacimiento lo reedita ahora en su colección Los Viajeros con presentación de Aurora Luque. Su autor, Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), fue un personaje peculiar. Nacido en Guatemala, emigró a Europa donde entró en contacto con los círculos literarios de París y Madrid. Fue nombrado cónsul de su país en Francia y llegaría a ser condecorado con la Legión de Honor por su promoción de la cultura francesa y su labor como corresponsal durante la Primera Guerra Mundial. Escritor prolífico, cultivó la ficción, la crítica literaria y, sobre todo, el periodismo. Sus crónicas internacionales, que cubren lugares tan variados como Rusia, Japón, Egipto, China o Palestina le valieron el título de príncipe de los cronistas. Buena prueba del prestigio de Gómez Carrillo es el hecho de que su libro sobre Grecia fuera traducido un año después al francés con prólogo de Jean Moréas, autor del que ya hablamos en otra ocasión en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ. Fue conocido también por su vida bohemia y mujeriega. Estuvo casado, entre otras, con la célebre actriz y cantante Raquel Meller y se le llegó a relacionar con la entrega a las autoridades francesas de la espía Mata-Hari.

Enrique Gómez Carrillo

Cuando Gómez Carrillo viaja a Grecia, en los albores del siglo XX, se encuentra un país que ha experimentado una intensa transformación desde su independencia del dominio turco, apenas setenta años antes, y que todavía no ha alcanzado las fronteras que hoy conocemos. La crónica se inicia cuando el barco en el que navega el autor atraviesa el estrecho de Mesina y se adentra en lo que él llama el mar de la Odisea. Pasa de noche junto a las Islas Jónicas, que apenas se distinguen en la oscuridad, pero le sirven de pretexto para lanzar una primera andanada contra la ciencia alemana, la geografía y la filología, que ponen en duda que la Ítaca actual pueda ser la patria de Ulises.
La geografía es una demoledora de leyendas, casi tan absurda como la filología. Para probar lo que se propone, no sólo ha cambiado el sitio de las islas, de los puertos, de los mares, sino que ha llegado a decir que Ulises, el divino Ulises, encarnación del alma helénica, fue, no un griego, sino un fenicio.
Gómez  Carrillo no viaja solo, lo hace en compañía de un tal Mauricio, que será su interlocutor a lo largo del recorrido y con el que intercambiará opiniones y puntos de vista sobre diversos temas. Una vez en tierra, el trayecto entre el Pireo y Atenas les sirve para descubrir la luz, el cielo y el paisaje del Ática y establecer semejanzas con el de España. Ya en Atenas el autor se sorprende por encontrarse con una ciudad moderna, con un pequeño París, de amplias avenidas y edificios neoclásicos.
¡Atenas, la nueva Atenas que ha resucitado de una muerte milenaria, la Atenas libre, fuerte y docta soñada por Byron, hela aquí! En verdad, yo nunca me la figuré tal cual hoy aparece en mis primeras peregrinaciones callejeras. A fuerza de oír hablar de su esclavitud, la creí vestida a la oriental, con trapos violentos y joyas vistosas.
Es una ciudad elegante, animada, lujosa, limpia, rica y digna. Por ninguna parte un mendigo, ni una tienda sórdida, ni un grupo andrajoso. En este sentido, Roma es más oriental que Atenas.
Atenas es occidental, como una ciudad de Francia, como una ciudad de España.
-Parece -me dice Mauricio- una capital de provincia francesa, poblada por españoles.
La avenida Panepistimíu y la Academia Nacional a principios del siglo XX

La plaza Sίntagma en 1901

Siguen un par de capítulos sobre la raza eterna y el alma nacional, conceptos que nos resultan un tanto trasnochados, pero en los que se apoya el autor para defender la continuidad cultural entre la Grecia antigua y la moderna. Su mente traza fácilmente similitudes entre los griegos actuales y los estereotipos clásicos. El heroísmo demostrado durante la Guerra de Independencia contra los turcos es parangonable a las hazañas de la Antigüedad. En otro capítulo, titulado El alma pagana, insiste en la supervivencia del paganismo en algunos aspectos de la religiosidad moderna: los dioses griegos han traspasado sus poderes e intercambiado su figura con los santos cristianos; Asclepio ha sido sustituido por la Virgen de Tinos.

Como todo viajero occidental Gómez Carrillo se siente atraído por los restos del pasado clásico, pero se acerca a ellos con una mirada distinta a la del arqueólogo, el filólogo o el académico, ante cuyas teorías ya hemos visto que experimenta cierta prevención. La Antigüedad se despoja del frío academicismo universitario y se vuelve más humana y cercana, cuando uno contempla los escenarios donde se desarrolló.
Toda antigüedad, vista desde aquí, se trueca en una época palpitante que nos interesa, no por su impasible y olímpica lejanía, no por su armoniosa blancura de mármol, no por su carácter majestuoso, sino, al contrario, por su vigor, por su intensidad, por su vida. Lo que nuestros doctos profesores nos presentan cual una era sobrehumana, fue la más humana de las eras. Por eso fue la más grande. Por eso sus vestigios, convertidos en reliquias de mármol o en recuerdos de poesía y de aventuras, están más presentes que los vestigios aún no enterrados de siglos cercanos.
En cualquier caso el autor es buen conocedor de la cultura clásica. Sus visitas al Cerámico, Eleusis, Micenas, Epidauro o Corinto, más que minuciosas descripciones de los restos arqueológicos, le suscitan reflexiones diversas sobre las costumbres del pasado, en las que se muestra deudor de ese academicismo que tanto critica. A diferencia de otros viajeros contemporáneos el esplendor de los restos y las leyendas antiguas no eclipsa su curiosidad por otros períodos de la historia de Grecia. Un par de capítulos se ocupan de la literatura medieval, el ciclo de Diyenís, las canciones de los kleftes y las leyendas populares.

Portada de la edición original

Teniendo en cuenta la personalidad de Gómez Carrillo no podían faltar en el libro unas páginas dedicadas a la vida mundana de la capital griega y a las mujeres atenienses, cuya elegancia es equiparable a la de las parisinas. Se siente fascinado por las antiguas figurillas de terracota, las famosas tanagras, en las que encuentra un precedente de la moda femenina de su tiempo. Le llama la atención la bulliciosa vida de los cafés, toda una institución social donde los griegos se reúnen para hablar y discutir desde la mañana a la noche sin apenas consumir.
Venid todos a Atenas si queréis saber lo que es el amor perpetuo del café... Porque aquí no hay horas determinadas para reunirse alrededor de las mesitas de mármol. Desde el amanecer los lugares donde se bebe están llenos de gente. Pero cuando digo se "bebe" me expreso mal. En los cafés griegos no se bebe. Se habla, se discute, se perora. Yo no sé cómo los cafeteros no se arruinan. Cada velador pertenece a un grupo, y en cada grupo hay una persona que pide una copa de raki o una taza de moka. Los demás toman agua clara y pronuncian claros discursos. El interior de los establecimientos, por grande que sea, resulta estrecho para la concurrencia desde las diez o las once de la mañana. Después del almuerzo, las aceras se pueblan de mesitas. El café invade la calle. La charla llena la ciudad.
Café Licurgo de la plaza Mitropóleos en 1907

El libro se cierra con una curiosa reflexión final sobre los motivos por los que algunos viajeros experimentan cierta desilusión al contemplar la Acrópolis y el Partenón. Es el caso de Chateaubriand, Lamartine, Gautier y el propio Gómez Carrillo.
Si existe en el mundo un santuario que no impresiona con la brusca exaltación, es la Acrópolis. [...] La roca del santuario sólo nos inquieta, obligándonos a recogernos para interrogarnos mentalmente y para examinar los motivos de nuestra desilusión momentánea. Porque aunque no siempre queremos confesárnoslo a nosotros mismos, la desilusión existe, la desilusión es una realidad dolorosa.
La Acrópolis es el santuario de Atenea, la diosa de la razón, perfecta y distante. En contra de lo esperado su visión no provoca una emoción inmediata. Por eso el viajero siente esa frialdad cuando se halla frente a su templo y necesita un tiempo para interiorizar su grandeza.
Más tarde, contemplando desde este mi balconcillo lejano la apoteosis del templo en la claridad de la aurora, he llegado poco a poco a comprender la grandeza divina de la pobre columnata en ruinas. Y lo mismo que el gran Renan, he dicho en voz baja, sin exaltarme, mi oración ante la Acrópolis:
"¡Diosa de los ojos verdes, bendita seas!..."
Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico

El libro de Enrique Gómez Carrillo puede parecer anticuado en ciertos aspectos y alejado de nuestra sensibilidad, pero es un testimonio valioso sobre la sociedad griega de la época y los intereses de quienes recorrían Grecia a principios del siglo XX, muy diferentes a los de los visitantes actuales, que rehúyen el bullicio de la capital en busca de pintorescos destinos de sol y playa. Sea como fuere, siempre ha habido, hay y habrá viajeros que acudan a la irresistible llamada de la Grecia eterna.

Otros testimonios interesantes sobre la Grecia de finales del XIX y principios del XX:

domingo, 14 de julio de 2019

Casandra y el Lobo


Casandra es una niña griega de buena familia. Tiene institutrices inglesas y reside en un barrio distinguido de Atenas, junto al palacio real. Observa el mundo de los adultos con mirada infantil, un tanto ingenua.
En el palacio viven el rey, la reina y el resto de la familia. En la puerta grande, para cuidarlos, tienen niñeros con faldas blancas y gorritos arrugados de color rojo. Por todos los alrededores, unos policías relucientes vigilan los muros para que no se escapen ni el rey, ni la reina ni sus hijos. De todas formas a ellos les da exactamente igual, porque tienen un jardín enorme para jugar.
Casandra vive con sus abuelos, miembros de la alta burguesía, que se relacionan con generales, embajadores y poetas. La abuela Safo ejerce de matriarca y su fuerte personalidad eclipsa la de los demás.
Yo no sé de qué barriga he salido. Puede que naciera de la abuela. La abuela ha parido a toda la gente de la casa. Creo que parió incluso al general y, cuando a veces la llamo "papá", le sale hasta bigote debajo de la nariz.
A Casandra todo le parece un juego: la afición a la bebida de la tía Patra, o las tendencias depresivas del tío Jarílaos.
Fui con la abuela a visitar a la tía Patra, que estaba en el hospital. Según entendí, bebía mucho de un jugo amarillo que quemaba. Nosotros también teníamos en el salón, en unas botellas.
Un día el tío Jarílaos desapareció. Lo estuvieron buscando mucho tiempo, hasta que lo encontraron en Batis, en la arena, debajo del mar. Tenía una piedra atada al cuello con un cordel para que no se le perdiera.
Su madre vive en París y la niña pasa temporadas con ella. La figura del padre ausente aparece solo cuando lo onírico y lo imaginario predominan en los recuerdos de Casandra. La cocinera Faní y el camaleónico criado Petros ejercen una influencia especial sobre ella, al descubrirle un mundo opuesto al de la rígida moral de la clase acomodada.

Lo que podría parecer un cuento infantil, por el estilo y la voz narrativa, es en realidad una mirada demoledora sobre la sociedad griega de los años setenta, sobre la infancia, la educación, la injusticia social o los abusos sexuales. Casandra y el Lobo (Η Κασσάνδρα και ο Λύκος) es un libro desconcertante, de fronteras difusas, en el que se confunden lo real y lo imaginario, el sueño y la vigilia, lo lúdico y lo trágico, la demencia y la cordura, el bien y el mal. El contraste entre la sinceridad e inocencia con la que la protagonista presenta sus vivencias y la crudeza de lo que cuenta hacen que el lector se revuelva incómodo en la butaca. Es una sensación parecida a la que experimenté hace unos años al ver en el cine la película Canino de Yorgos Lanthimos. La pequeña Casandra pone en cuestión nuestras certezas de adultos, nos muestra en el espejo a nuestros propios monstruos, nos hace dudar de si el lobo del cuento merece nuestro miedo o nuestra compasión.
Corría a su cuarto con el libro bajo el brazo y se lo tendía con ternura.
El primer dibujo era un lobo que abría la boca y se tragaba siete jugosos cerditos.
Me daba lástima por él. ¿Cómo podía tragarse tantos a la vez? Siempre se lo decía y se lo preguntaba. Entonces él me metía su mano velluda en las braguitas blancas y me tocaba. Yo no sentía nada aparte de calor. El dedo iba y venía y yo miraba al lobo. Jadeaba y sudaba. No me molestaba mucho, la verdad.
Ahora, cuando me acarician, siempre pienso en el lobo y siento lástima por él.
Portada de la edición inglesa de la obra
Margarita Karapanou (Atenas 1946-2008) es la autora de este inquietante libro que fue prohibido en Grecia durante la dictadura de los coroneles y se publicó antes en inglés que en griego. Su madre, Margarita Liberaki, fue una renombrada escritora y dramaturga griega, que vivió buena parte de su vida en París y se relacionó con grandes figuras de la literatura, como Camus o Ionesco. La infancia de la autora transcurrió entre Grecia y París y sirve de inspiración para el mundo recreado en Casandra y el Lobo. En 2017 la editorial Ardicia ha editado la obra en español con una cuidada traducción de Julia Osuna Aguilar.

Margarita Karapanou