DIDASKALOS

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domingo, 15 de octubre de 2017

Cuatro estaciones de Costas Mavrudís

Costas Mavrudís (Tinos 1948) es una de las voces más personales de la poesía griega contemporánea. Aparte de traducciones ocasionales de sus poemas en revistas literarias, dos de sus poemarios han sido publicados completos en edición bilingüe griego-español. El préstamo del tiempo (Το δάνειο του χρόνου) fue editado en 2001 por Miguel Gómez Ediciones. Hoy comentamos Cuatro estaciones (Τέσσερις εποχές), publicado por Pre-textos en 2014. Ambos libros han sido vertidos al español por Vicente Fernández González, todo un referente en la traducción de poesía griega, galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de Traducción. La editorial asturiana Hoja de Lata acaba de editar además una colección de relatos del autor, La inmortalidad de los perros.


Cuatro estaciones está compuesto por catorce poemas que remiten a sendos recuerdos del autor relacionados con alguna de las estaciones del año. Los poemas no siguen, sin embargo, una secuencia cronológica ni están agrupados por estaciones, sino que responden al orden caprichoso de la memoria del poeta. Todos ellos hacen referencia a uno de los temas favoritos de Mavrudís: el tiempo, su lento e inexorable curso, y la obsesión por restituir el pasado y fijarlo en el poema. Un pasado que se muestra, no obstante, inasible, con lagunas que escapan al control del poeta.
Conocemos los hechos pasados, sí, pero ellos se muestran inescrutables (hay algo "en su lugar"), si quieres, la silueta de tiza en el asfalto donde cayó el cuerpo.
Ενώ λοιπόν γνωρίζουμε τα παλιά γεγονότα, εκείνα δείχνουν ανεξιχνίαστα (υπάρχει κάτι "αντ' αυτών"), μπορείς να πεις περίγραμμα της κιμωλίας στην άσφαλτο, εκεί όπυ έπεσε το σώμα.
A pesar de esa imposibilidad de volver realmente al pasado, el poeta se esfuerza por reconstruir minuciosamente sus recuerdos. Todos los sentidos están alerta para registrar hasta el más mínimo detalle: el aroma del alcohol y el eucalipto en la habitación del enfermo, el tintineo de una moneda al caer en una cabina telefónica, el tacto del pomo de porcelana de una puerta, la temperatura que marca el termómetro luminoso de una farmacia...

Costas Mavrudís

Según revela Vicente Fernández González en el prólogo de esta edición, Mavrudís es un coleccionista que acude los fines de semana a los rastros de Atenas y El Pireo en busca de objetos antiguos, objetos como los que aparecen en estos poemas y hacen despertar el recuerdo: viejas herramientas de un taller de zapatero, una edición de Madame Bovary anotada por el padre del poeta, postales y fotografías antiguas. Otras veces una llamada inesperada de teléfono, una consulta en una enciclopedia sobre el personaje que da nombre a una calle, o el olor que desprende la madera de un lápiz al ser afilado es el detonante que activa los mecanismos del recuerdo.

         Inesperadamente se presentó
         el ectoplasma del aula grande,
         el edificio y el cielo hundido antes de la lluvia.
         Afilaba yo primorosamente un lápiz
         embargado por su aroma de Bohemia.
         El maestro (gabardina beis inglesa
         hasta los zapatos) miraba la ventana.
         "¡Viene tormenta!", dijo.

         Αιφνιδιαστικά εμφανίστηκε
         το εκτόπλασμα της μεγάλης μας τάξης,
         το κτίριο κι ο χαμηλός ουρανός πριν τη βροχή.
         Έξυνα περίτεχνα ένα μολύβι
         έμπλεος στο βοημικό του άρωμα.
         Ο δάσκαλος (μπεζ αγγλική καμπαρντίνα
         ως τα παπούτσια) κοίταξε το παράθυρο.
         "Έρχεται καταιγίδα!", είπε.

Las paradojas del tiempo, la relatividad de lo que es pasado, presente y futuro es un tema recurrente. Por ejemplo en una Nochevieja en París, cuando un viandante a las tres de la madrugada le espeta al narrador del poema: "¡1977! Este año una vez fue futuro". O en otra de las piezas del libro, ambientada en una decadente ciudad balneario, metáfora del inexorable transcurrir del tiempo.

         Ciudades de la tercera edad con baños termales,
         seres que circulan
         procurándose una prórroga.
         Contemplan las barcas que parten
         sin sospechar la evidente metáfora.
         En sus dormitorios han vivido otros
         y, como ocurre en los hoteles y en la vida,
         siempre eres el siguiente y al mismo tiempo el anterior.

         Πόλεις της τρίτης ηλικίας με θερμά λουτρά,
         υπάρξεις που κυκλοφορόυν
         εξασφαλίζοντας παράταση.
         Κοιτάζουν τα πλοιάρια που αναχωρούν
         χωρίς να υποψιάζονται την προφανή μεταφορά.
         Στα υπνοδωμάτιά τους έχουν κατοικήσει άλλοι
         και, όπως συμβαίνει στα ξενοδοχεία και στη ζωή,
         πάντοτε είσαι ο επόμενος ενώ συγχρόνως προηγείσαι.

Son variados los escenarios en los que se desarrollan los poemas. Los recuerdos de infancia se suponen ambientados en la isla natal del poeta, pero otros se sitúan en París, Salzburgo, Lutraki o Badalona. El autor establece una especie de juego con el lector, al que interpela en varias ocasiones queriendo hacerle partícipe de sus recuerdos, pero sin revelar del todo cuánto hay de real y de ficticio en ellos. Y es que a veces lo fingido forma parte también del recuerdo, como ocurre con ese desconocido, tumbado plácidamente al sol en la playa de Badalona, al que el autor imagina en una noche de insomnio camino de la cocina, pasando ante la habitación de su hijo. El desconocido, sin saberlo, con la complicidad del lector, ha quedado cautivo en el poema, se ha instalado ya en el tiempo.
En ocasiones el poema parte de una fotografía, una imagen fija sobre la que Mavrudís proyecta el recuerdo, pero también su imaginación, para contar lo que pudieron hacer o sentir los personajes que allí aparecen. Es esta una de las potencialidades de la poesía, que instituye relatos en un lugar sin acontecimientos.


Desde el punto de vista formal Mavrudís adapta el poema a los cambios de ritmo narrativos. En una misma pieza se pueden alternar extensos pasajes de prosa poética, versos de extensión normal y versos mínimos, de una sola palabra o una sílaba. Es entonces cuando la cadencia del poema se reduce para marcar un momento especial y la percepción se agudiza para captar un detalle ínfimo. Como las partículas de polvo de tiza que caen despacio, de forma casi imperceptible, sobre los zapatos del maestro.

          el maestro con dedos blancos
          dibujaba en la pizarra una consonante
          se volvía miraba a la clase
          mientras
          in-
          grá-
          vi-
          da
          como
          polvo
          de
          e-
          ter-
          ni-
          dad
          ca-
          í-
          a
          len-
          ta-
          men-
          te
          la
          ti-
          za
          en
          sus
          za-
          pa-
          tos 

          ο δάσκαλος με άσπρα δάχτυλα
          ζωγράφιζε στον πίνακα ένα σύμφωνο
          γύριζε έβλεπε στην τάξη
          ενώ
          α-
          βα-
          ρής
          σαν
          σκόνη
          αι-
          ω-
          νιό-
          τη-
          τας
          έ-
          πε-
          φτε
          αρ-
          γά
          η
          κι-
          μω-
          λία
          στα
          πα-
          πού-
          τσια
          του

Utilización de la forma en ayuda del concepto, a modo de caligrama, y obsesión por el tiempo, imposible de manejar por mucho que el poeta se esfuerce por volver atrás y se resista a poner un punto final a sus poemas

          Nadie encuentra de nuevo 
          su lugar de antes.
          (...)
          En el helado Salzburgo o cualquier otra parte,
          sea o no Navidad
          todo
          al
          futuro
          avanza.
          En 
          una 
          dirección
          caminamos,
          (...)
          en el
          mismo 
          sentido
          vamos
          todos

          Κανέις δεν ξαναβρίσκει
          την παλιά του θέση.
          (...)
          Στο παγωμένο Ζάλτσμπουργκ ή αλλού,
          Χριστούγεννα ή όχι,
          όλα
          στο
          μέλλον
          προχωρούν.
          Σε
          μια
          κατεύθυνση
          βαδίζουμε,
          (...)
          στην 
          ίδια
          ευθεία
          όλοι
          πάμε
 
Salzburgo

sábado, 7 de octubre de 2017




viernes, 29 de septiembre de 2017

Algo va a pasar, ya lo verás

Κάτι θα γίνει, θα δεις es el título griego de una colección de relatos de Christos Ikonomou, publicada en español por Valparaíso Ediciones con traducción de Maila García Amorós. La edición original griega apareció en 2010, poco después de desatarse la crisis de la deuda, pero cuando ya eran evidentes sus devastadores efectos sobre la sociedad.


Las catorce historias que componen el volumen están ambientadas en Nicea, Pérama, Keratsini, Drapetsona, Koridalós..., barrios del extrarradio de Atenas y El Pireo donde la recesión económica y el desempleo han hecho estragos en estos años. Son historias de supervivientes que conviven con la miseria, la marginalidad y la explotación, pero que aprietan los dientes y se esfuerzan por mantener la dignidad y no ceder a la desesperación. Como la joven abandonada por su pareja, que acaba de marcharse llevándose todos sus ahorros; el muchacho que hace guardia por las noches en las escaleras de su edificio para proteger el barrio de unos maleantes; el padre que siente en el estómago las punzadas del hambre y sale a buscar comida para su hijo; esos jubilados que hacen cola de madrugada ante el ambulatorio de la Seguridad Social; una pareja amenazada de desahucio; o el camarero que cuenta historias a sus clientes en una noche de apagón.

Portada de la edición griega
El relato titulado Sangre de cebolla tiene una relación especial con España. Su protagonista trabaja en una fábrica de cubitos de hielo:
Mijalis, el tipo que salía a hacer los repartos se lo tomaba muy en serio. Decía que pocos trabajos eran tan duros como el suyo. Cogía un cubito de esos con un agujero en el medio -ladrones los llamábamos- y se lo metía en el puño. En cuestión de segundos el cubito empezaba a derretirse. En dos minutos era ya agua. En cinco había desparecido.
¿No es terrible? me preguntaba. Hacer algo que sabes que inmediatamente después va a dejar de existir. ¡Qué inhumano!
Mijalis está fascinado con España. Ha aprendido español de forma autodidacta, admira la poesía de Miguel Hernández y sueña con visitar algún día el país. 
Decía que encontraría a una española de ojos brillantes y dientes blanquísimos y viajarían juntos por todo el país. Irían a la tierra de Don Quijote a ver los molinos y los inmensos viñedos. Bajarían a las orillas del Guadalquivir y subirían a Sierra Nevada e irían a todas las ciudades que Mijalis sólo había visto en el mapa, pero cuyos nombres prometían: Badajoz, Almendralejo, Villafranca de los Caballeros. Sueños. Sueños. Para personas como nosotros los sueños son como los cubitos, tarde o temprano se derriten. Pero no le decía nada.
En un entorno cada vez más deshumanizado los personajes de Ikonomou luchan por mantenerse a flote aferrándose a un sueño, aunque sea una quimera que al final se derrite, o aunque haya que proyectarlo hacia el pasado, como se lamenta otro de sus protagonistas:
Miro a mi hijo y en vez de mirar hacia adelante, miro hacia atrás y siento una gran vergüenza, como si la nostalgia fuera un crimen. No hago más que soñar con el pasado. Sueño con cómo sería todo si las cosas hubieran sido de otra manera. Pero es una locura, ¿verdad? Se supone que tienes sueños para el porvenir no para el pasado, ¿no es así?
Sin caer en el sentimentalismo Christos Ikonomu consigue con este libro componer un mosaico de historias en las que, a pesar de su crudeza, la confianza en la dignidad humana logra imponerse a la desesperanza.

Christos Ikonomu

 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Empezando con el alfabeto griego

Un año más empezamos el curso aprendiendo el alfabeto griego, esa especie de código secreto que nuestros alumnos tienen que dominar cuando se inician en el estudio de la lengua griega. Las letras griegas tienen un poder especial: la primera y la última simbolizan el principio y el fin, muchas se utilizan en física y matemáticas, se puede hacer un alfabeto completo con marcas comerciales, alguna incluso te puede llevar hasta una isla; pero su uso básico es el de transcribir una de las lenguas más antiguas del mundo. Para aprender los trazos de las letras resulta útil este vídeo de un compañero de Canarias.



Se pueden memorizar más fácilmente los nombres de las letras aprovechando varias canciones sobre el alfabeto. El mismo propósito tiene el bingo del alfabeto griego, que reelaboré hace unos años a partir de una idea de Mario Díaz. Este curso he preparado un nuevo material que comparto ahora en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ: un cuestionario en Kahoot! con el que revisar el alfabeto de una forma lúdica y divertida.

 

martes, 12 de septiembre de 2017

Lecciones de democracia

La democracia surgió del alma de los griegos, que desde Homero y Hesíodo habían comprendido que la vida de cada ser humano es única y más valiosa que cualquier tesoro o cualquier ambición. Surgió de su afán por defender lo inherente al hombre, de su incesante búsqueda de lo universal, y del convencimiento de que la idea de justicia y el impulso de la voluntad habitan por naturaleza en cada uno de los seres humanos. La democracia surgió de una búsqueda a tientas de algo sin precedentes, surgió de un arduo proceso de toma de conciencia, de conciliación y de renuncia, anterior y ajeno a las victorias sobre los persas. Y el logro fue enorme: nunca la opinión de un hombre común tuvo tanto peso político.
Leandro es un hombre común, un ateniense que la víspera de la batalla de Maratón vuelve de hacer su guardia. Quedan dos horas para el amanecer de una jornada decisiva en la que la joven democracia pondrá a prueba su fortaleza. En torno a las hogueras del campamento los soldados descansan. Uno de ellos despierta sobresaltado por una pesadilla. Se inicia una conversación sobre el significado de las visiones enviadas por los dioses. Leandro empieza a contar su historia.


Leandro es un personaje de ficción cuya vida corre en paralelo al intrincado proceso por el que los atenienses, a finales del siglo VI a. C., inventaron algo nuevo: la ciudadanía.
Hasta aquel momento el hombre no había sido nunca ciudadano. Existían en el mundo culturas piramidales, de poder concentrado en un rey-dios o repartido entre una casta, pero no culturas de ciudadanía. La ciudadanía nació en este lugar, con aquellos que, por vez primera, se reconocieron mutuamente como partícipes de un "poder indefinido", de una ἀόριστος ἀρχή que emana de la esencia política de la propia sociedad, que está siempre vigente en el conjunto de sus miembros, y de la que cada uno de ellos es legítimo portador activo cuando se pronuncia en la asamblea o en los tribunales. Fue así, con este pacto consciente, como nació la democracia. 
La apacible vida de Leandro toma un rumbo inesperado cuando con dieciséis años se despide de su padre y emprende un viaje para cerrar un trato comercial en el Quersoneso.


Su regreso a Atenas coincide con la fiesta de las Panateneas, en la que Hiparco, uno de los tiranos, va a ser asesinado. A partir de entonces se desencadenan los acontecimientos y ya nada volverá a ser igual.



El relato de Leandro va captando el interés de los soldados acampados, que se arremolinan alrededor del fuego, entre ellos una pareja singular, el fornido Cinégiro y su hermano, que con el tiempo será uno de los poetas trágicos de Atenas.


Leandro prosigue con su historia y rememora su estancia en Delfos, donde acude después de salir huyendo de la convulsa Atenas. En el santuario de Apolo es testigo de oscuras intrigas y conoce a un personaje controvertido y a la vez decisivo para la historia de la democracia: Clístenes.


Por los recuerdos de Leandro van desfilando las grandes figuras de la historia ateniense. Como el sabio, poeta y legislador Solón, con el que arranca el lento camino hacia la democracia.
En los días de Solón, el proceso que con el tiempo acabaría conduciendo a la democracia se puso en marcha a raíz de una desigualdad económica que generaba una injusticia social. El poeta intentó crear un sistema para que los ricos no pudieran abusar de los pobres, intentó desvincular el poder de la riqueza y vincular la soberanía al individuo; intentó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política; e intentó, sobre todo, que la libertad dejara de estar supeditada a la posesión de recursos.

El tirano Pisístrato no es presentado con rasgos muy negativos, pero sus hijos Hipias e Hiparco, el reaccionario Iságoras y su aliado, el rey espartano Cleómenes son personajes grotescos, cercanos a la caricatura.





También los dioses tienen su papel en la historia. Atenea se aparece en sueños a Leandro en varias ocasiones para darle consejo y mostrarle el camino. Apolo y Dioniso, razón y frenesí, son dos polos opuestos y complementarios, los motores del cambio que se opera para instaurar la democracia.



Pero a partir del impulso de los dioses el mérito de construir el estado democrático es de los hombres.
El Estado nació como una organización orientada a defender el interés común y los derechos individuales frente a los intereses particulares y la arbitrariedad de las familias poderosas y de sus instrumentos de dominio. Es decir, desde el primer paso, el Estado comenzó a construirse como un Todos frente a un Ellos.

Clístenes (...), con su reforma, creó una nueva sociedad sobre la cual era posible imaginar que llegase a arraigar la igualdad política. Fue un triunfo declarado de la igualdad sobre la identidad. (...) La identidad era una herencia involuntaria, determinante y, a menudo, excluyente; la igualdad, en cambio, era una conquista, y sólo sobre ella podría construirse la ciudadanía.


Desde dos aproximaciones muy diferentes, los dos libros de los que están tomadas las imágenes y las citas de esta entrada nos hacen reflexionar sobre el significado y vigencia de la antigua democracia ateniense. El primero es una novela gráfica, publicada por Alianza editorial con dibujos de Alecos Papadatos y color de Annie Di Donna, el mismo equipo responsable de Logicomix. El guión es del propio Papadatos en colaboración con Abraham Kawa.


El segundo es un cautivador ensayo de Pedro Olalla, quien sabe hacer hablar como nadie a las ruinas y los paisajes de Grecia. En Grecia en el aire (Acantilado 2015) nos ofrece un recorrido físico e intelectual por los lugares de Atenas en los que se forjó la democracia, un paseo que arranca en la colina de las Ninfas y en la Pnyx, se detiene sobre todo en el ágora y se prolonga por el Cerámico hasta la Academia. Pero no se trata tan sólo de un itinerario arqueológico y un documentado estudio sobre la democracia antigua. En unos días en los que muchos dan lecciones de democracia, atribuyéndose la etiqueta de demócratas de un modo excluyente, el libro de Pedro Olalla va más allá, acude a los orígenes e intenta sacudir las conciencias reflexionando sobre la distancia que nos separa de los antiguos atenienses y lo lejos que estamos de alcanzar sus logros.
Veintiséis siglos después, no sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que el objetivo único de los poderes que ahora nos gobiernan no parece ser otro que ese: esclavizar de facto a la humanidad a través de la deuda.
El paseo prosigue por el ágora levantada en tiempo de los romanos, cuyo concepto de ciudadanía, diferente al de los griegos, está en la base de los estados actuales.
La ciudadanía griega fue para quien la tuvo una exigente prerrogativa de acción, de implicación y de responsabilidad política; la ciudadanía romana, en cambio, fue para la mayoría de quienes la ostentaron una mera salvaguarda de garantías jurídicas sin derecho a la participación real en la política. Desde entonces somos más ciudadanos romanos que griegos, y las "democracias" que ha habido hasta hoy en día descienden mucho más de la sangre del republicanismo romano que de aquel denodado proyecto ateniense cuyo nombre -atrevámonos a decirlo- se permiten seguir usurpando.
El destino final es la plaza de Sintagma, donde se levanta el Parlamento griego, el antiguo palacio real ante el que se congregó el pueblo en 1843 para arrancar del rey Otón el compromiso de una Constitución. La misma plaza en la que se alza el ciprés junto al que se suicidó el farmaceútico Dimitris Christoulas, el epicentro de las protestas de los últimos años en contra de memoranda, decretos y recortes, un lugar apropiado para evocar el recuerdo de Antígona.
Antígona nos descubrió algo tan sorprendente y tan rotundo como que la democracia necesita para su supervivencia de la desobediencia civil. Siempre que concibamos la democracia como una creación en desarrollo y no como un hecho consumado, tenemos que aceptar el potencial de esa desobediencia como alerta contra el conformismo, como cuestionamiento permanente de legitimidad, y, más aún, como lícito recurso colectivo para atajar la nefasta tendencia política a que la ética sea sustituida por el derecho. (...) Esa desobediencia se convierte en alarma y en llamada al diálogo para buscar nuevo consenso sobre la legitimidad moral de la ley; se revela como fuerza vivificadora que hace avanzar la democracia; y, lejos de erigirse en su enemiga, se erige lealmente en su conciencia.
En Sintagma culmina este recorrido por el espacio y el tiempo, esta invitación a la acción, a aceptar la herencia y el desafío de la antigua democracia ateniense, a asumir que no se puede construir un mundo diferente sobre una sociedad indiferente.

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Más libros de navegantes por Grecia

Es inevitable sentir nostalgia después de volver de un viaje largamente deseado. El único remedio para esa afección del espíritu es el regreso (νόστος) a los lugares visitados. Cuando eso no es posible siempre queda el consuelo de la memoria, poner por escrito y compartir los recuerdos del viaje. En cierto modo el viaje recordado es un nuevo viaje, diferente del original, transformado por la distancia, el tiempo transcurrido y los caprichos selectivos de nuestra memoria. Hay además otra forma de regreso, que consiste acudir a los testimonios de quienes visitaron los mismos lugares. Así he podido volver a Grecia este verano, recorriendo las páginas de los libros de tres navegantes que conocen bien sus mares. De los Mil viajes a Ítaca de Ana Capsir, un libro muy especial, ya he hablado en una entrada anterior. Hoy toca comentar otros dos. El primero y más recomendable es La isla olvidada de Lluís Ferrés Gurt, publicado por la Editorial Juventud.

Un destino es la excusa para iniciar un viaje. Una isla misteriosa en el otro extremo del mar es más que una excusa, es una razón difícilmente resistible. Y con un velero listo para partir no hay que pensarlo dos veces. Hay que zarpar y desear, como dijo Kavafis, que el viaje sea largo, que el camino sea sinuoso, cosa fácil, ya que la isla se halla en el otro extremo del Mediterráneo y para alcanzarla hay que cruzar este mar laberíntico tan apropiado para el merodeo y en el que lo difícil es evitar detenerse en los recodos del camino y demorarse en los puertos y fondeaderos para hablar con las gentes y saborear los momentos. Hay que apresurar la salida y retrasar la llegada, evitar los atajos. Merodear, esa es la palabra. Pero no como un nómada que hace del camino su única razón de vida, sino como un viajero que va, sin prisa, hacia alguna parte. 
Estas líneas de la introducción resumen el objetivo del viaje que se narra en La isla olvidada, un viaje que parte de la daliniana cala de Port Lligat, en la costa catalana, para terminar en la pequeña isla de Saría, al norte de Kárpathos, en aguas del Egeo. Como revela el subtítulo del libro se trata de un periplo por el Mediterráneo modesto, que elude a propósito las grandes ciudades de este mar y los destinos turísticos más frecuentados. El velero de Lluís Ferrés se detiene en pequeños islotes de la costa oeste de Cerdeña y en el enclave de Tabarka, en el litoral tunecino, antes de recorrer las aguas poco profundas del canal de Sicilia y buscar el rastro de islas que aparecieron y desparecieron como resultado de la actividad volcánica de la zona. El periplo continúa por la costa siciliana recalando en islas solitarias o agrupadas en los pequeños archipiélagos de las Égadas o las Eolias. El paso del estrecho de Mesina, morada legendaria de Escila y Caribdis, marca el tránsito hacia el mar Jónico. Allí es inevitable la parada en Ítaca, la isla de Odiseo, antes de rodear el Peloponeso para adentrarse en el Egeo, el paraíso para el enfermo de islomanía, el territorio en el que cualquier navegante libre de esta fijación acabará contrayendo la enfermedad. Folégandros, Síkinos, Amorgós, Astipalea, Leros, Nísiros, Chalki y Kárpathos son las escalas en las que se demora el barco del autor antes de llegar al destino deseado, la pequeña Saría.
Cada isla es un mundo, con una vida y una historia propias. El libro de Lluís Ferrés entabla un hermoso diálogo con el presente y el pasado de este mar sorprendente. Desde tiempos remotos diversos pueblos han ejercido su dominio más o menos largo e intenso: minoicos, micénicos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, venecianos, genoveses, berberiscos, turcos... Todos ellos han dejado su huella, pero al autor le interesan más algunas actividades que han marcado el pasado reciente y que están a punto de desaparecer. Nos enteramos así de cómo la tonnara, la pesca del atún con almadraba, era hasta hace poco el motor de la economía de algunas islas del Tirreno. Descubrimos el bisso, la seda del mar, un asombroso material obtenido de las fibras con las que la nacra, una especie de enorme mejillón, se fija al fondo del mar. Su proceso de fabricación se ha transmitido como un valioso secreto entre las mujeres de la isla de Sant'Antioco. La extracción de coral en Tabarka o la pesca de esponjas en Chalki son otras actividades casi desaparecidas, que fueron hasta hace poco la clave de su prosperidad. 
Ruinas de castillos encaramados en las alturas, remotos monasterios en lugares imposibles, antiguos balnearios decimonónicos abandonados, o cárceles que albergaron años atrás a peligrosos capos de la Mafia son algunas de las construcciones que salen al encuentro del velero y dan testimonio del paso del tiempo. Como los modestos restos de edificaciones de diversas épocas que aún pueden verse en Saría, la isla felizmente olvidada, el destino último de este fascinante viaje a través del Mediterráneo.


Antonio Vicario es otro navegante, buen conocedor de los mares de Grecia. Pero su libro El mar acogedor, publicado por Bohodón Ediciones, no es una crónica de viajes, sino una colección de relatos un tanto desigual. El autor elabora seis piezas de ficción partiendo de noticias de prensa, notas, recuerdos y reflexiones personales. Todas ellas tienen una relación más o menos directa con el mar y se desarrollan en su mayoría en islas como Hidra, Egina, Ítaca o Santorini. Entre sus protagonistas encontramos gentes de mar: capitanes, cocineros, familias de armadores venidas a menos..., pero también a un anciano arqueólogo exiliado que regresa a su patria, o a la variopinta comunidad de extranjeros afincados en una isla griega. Las historias suelen estar salpimentadas con una tórrida pasión amorosa y se resuelven con algún suceso trágico que marca el destino de los personajes. Se trata, en suma, de una lectura amena y ligera, sin mayores pretensiones, que cuenta para nosotros con el aliciente de estar ambientada en Grecia.



lunes, 17 de julio de 2017

Mil viajes a Ítaca

A finales de 2010 descubrí en internet una luminosa ventana abierta a los mares de Grecia. A través de ella no sólo se contemplan espléndidas vistas, también se puede escuchar el sonido del viento, el rumor de las olas, retazos de conversaciones y melodías de canciones. Llega hasta nosotros el olor del salitre, de los pinos y los cipreses, o el aroma de algún plato cocinado con mimo en una taberna junto al mar. La responsable de mantener abierta esa ventana para que nuestro ordenador se inunde periódicamente con los colores, sonidos, aromas y sabores de Grecia es Ana Capsir, autora del blog Navegando por Grecia.


Ana Capsir es bióloga, navegante y viajera. Descubrió Grecia hace más de veinte años y se enamoró del país, donde reside una parte del año. Decidió compartir sus recuerdos y vivencias en un blog, cuyas entradas han sido recopiladas recientemente por Ediciones Casiopea en forma de libro con el título de Mil viajes a Ítaca.


Para los que visitamos habitualmente Navegando por Grecia es un placer releer de un tirón las entradas que han ido apareciendo estos años en el blog. Quienes no lo conozcan tienen ahora la oportunidad de descubrir a una autora con una voz y un estilo muy personales, que hacen inconfundibles sus historias. A pesar de su brevedad y aparente sencillez los relatos de Ana son fruto de una cuidadosa elaboración. Están cocinados a fuego lento, con una buena dosis de ternura y admiración hacia los griegos, y condimentados con ironía, sentido del humor y una pizca de nostalgia, a la que se añaden en ocasiones unas gotas de amargura ante los padecimientos que ha traído la crisis en los últimos tiempos.


El material del libro está organizado de acuerdo con un criterio geográfico, aprovechando que cada entrada se relaciona con alguna de las múltiples islas que pueblan los mares de Grecia. La primera parte está dedicada a las islas del Egeo, la segunda a las del Jónico y la tercera al Peloponeso, que al fin y al cabo es una isla, no sólo por su etimología, sino también físicamente desde que el canal de Corinto lo separa de la Grecia continental.
La autora confiesa en varias ocasiones su pasión por las islas, a las que se aproxima con afán de coleccionista, aunque no baste con una sola visita para desvelar todos sus secretos.
Yo soy coleccionista de islas griegas y si en algún momento vislumbrara la posibilidad de finalizar mi colección, ¿qué haría?, pues volver a empezar por la primera, porque en cada visita son inexplicablemente diferentes, como los naipes de los trileros.
Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue finalmente a abrirse como una granada madura para mostrarte sus frutos más dulces. Si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres aún verde.


Se equivocará quien pretenda encontrar en el libro una guía exhaustiva de las islas visitadas. El lector no hallará descripciones detalladas de paisajes, pueblos pintorescos, ruinas o museos. Esta ruta evita a propósito los lugares más frecuentados por el turismo. A cambio tendrá el privilegio de atracar en islas minúsculas, habitadas por una pareja apartada del mundo o por un pope centenario. Rememorará la historia de amor de María Callas en la isla de Skorpios. Asistirá a un concierto de la diva en la vecina Lefkada, en el que un joven pianista de 18 años lucha por mantener a raya sus nervios. Recorrerá las islas del golfo Sarónico saltando de taberna en taberna. O sencillamente se dejará arrastrar por el cúmulo de sensaciones que puede llegar a suscitar un plato de aceitunas, degustado en un pequeño puerto del Peloponeso. Partiendo de un recuerdo, una breve anécdota o una conversación, la autora va construyendo a retales su particular visión de Grecia.
Aparte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones, porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes.


La última parte del libro está dedicada a la isla de Lefkada (Leúcade por su nombre clásico), en especial al pueblo donde la autora compró y rehabilitó una vivienda para convertirla en su hogar en Grecia. Las historias relacionadas con la casa y con sus singulares vecinos de Evgiros se encuentran entre las más suculentas del libro. Especialmente memorable es el diálogo platónico que mantiene con el electricista, el fontanero y el albañil para intentar conseguir que se pongan de acuerdo y terminen de una vez por todas la obra. En estas páginas Ana Capsir despliega sus dotes narrativas para acercarnos a personajes tan entrañables como Vangelis, el pescador que busca una novia que no esté muy gorda; Ioanna, la panadera que hornea el pan como si de un ritual mágico se tratara; Takis, el mecánico desastrado, capaz de encontrar una solución a casi cualquier problema; o las taberneras, confidentes y amigas Vula y María. Ellos son los verdaderos héroes del libro, los griegos que no dejan de sorprendernos por su naturalidad, por su forma peculiar de disfrutar de la vida y por su capacidad de autogestión para salir adelante incluso en las circunstancias más adversas.
Pocos peros se le pueden poner al libro, aparte de algún despiste ocasional por hacer referencia a una foto o canción que aparecían en el blog, pero que aquí se omiten. Aliquando bonus dormitat Homerus, como dijo el poeta. Más llamativos son algunos deslices en la acentuación, que se podrían haber subsanado con un buen trabajo de corrección de pruebas por parte de la editorial. Sin embargo, Ediciones Casiopea se gana inmediatamente nuestra indulgencia por el mimo que pone en el envío del libro, cuidadosamente envuelto, atado con un cordel y con una invitación a viajar.


Y es que el libro de Ana Capsir es un auténtico regalo para todos los amantes de Grecia, con páginas a la altura de lo mejor que se haya escrito en español sobre este país. Después de leerlo nos quedamos como esos gatos de un puerto de las Espóradas, congregados en el muelle olfateando el rastro que deja un delicioso guiso de calamares mientras la Maga se adentra en el mar.


 La mayoría de las imágenes que ilustran esta entrada están tomadas del blog de la autora, Navegando por Grecia, donde se pueden seguir degustando nuevas historias.